Ayer me jubilé, doctor. Quizás no tenga nada que ver con mi diagnóstico, pero yo se lo cuento por las dudas. Y para que me entienda. Fui encargado de una librería durante 31 años. De la librería “Los puntanos”, porque los dueños son dos hermanos de San Luis. Estuve trabajando para ellos 31 años. 31 años tiempo completo. Sin feriados, sin fines de semanas, sin almuerzos de Día del padre. Imagínese lo que es no poder disfrutar de un día al aire libre en tanto tiempo. Salvo en vacaciones, claro, pero no es lo mismo. 31 años trabajando de lunes a lunes de 10 a 20. Imagínese. Todo por mantener a mis seis pibes. No fue la vida que hubiera elegido, pero tampoco me arrepiento. Pudo haber sido peor. Usted me entiende. Por eso ahora que todos mis hijos ya son grandes y pueden vivir por sus propios medios, pude jubilarme tranquilo para ocuparme de mí. Y empecé por un viejo y postergado anhelo: salir a andar en bicicleta… Espere, doctor, escúcheme, por favor.
Vivo desde los 23 años en Capital Federal, pero yo nací y me crié en Mercedes, provincia de Buenos Aires, capital nacional del salame. Mi casa quedaba en las afueras de la ciudad, sobre una calle de tierra. Yo andaba todas las tardecitas en bicicleta por esa calle. Esperaba que bajara el sol y me trepaba a la bici. Me gustaba pedalear de frente a ese sol enano, de las siete de la tarde más o menos, que si miraba al horizonte me dejaba ciego. Entreabría los ojos mientras mis manos apretaban del manubrio y mis piernas se movían como las ruedas, sin principio ni fin. ¿Ahora entiende por qué empecé por la bici? Ya le voy a decir qué tiene que ver todo esto con su visita. Espéreme, sea usted también paciente. Yo esperé 31 años, imagínese.
¿Ve esa bicicleta que está ahí? La compré la semana pasada. La tuve hibernando en este balcón cinco días. Cada noche antes de irme a dormir, la venía a ver y me imaginaba cómo me sentiría ahora, después de montarla. Mire lo que son las cosas. La miraba y me subía, pero aún no podía pedalear ni ver el sol.
Como le decía, hoy es mi primer día como jubilado. Más temprano estuve escuchando la radio y tomando mates. Desde las últimas vacaciones en Mar de Ajó que no estaba tan tranquilo. ¡Cuánto hacía! Después, en la última agonía de la tarde, a la usanza de la infancia mercedina, agarré la bicicleta, la metí con esfuerzos, eso sí lo reconozco, en el ascensor y me fui a andar. Pensé que las plazas seguían siendo los espacios óptimos para la práctica al aire libre, pero al llegar a la que está acá a la vuelta supe que si no cambiaba de idea iba a atropellar a cualquiera de los que estaban holgazaneando en el pasto. No me quedó otra que soltarme a andar en la calle. Sé que ahora hay bicisendas, pero así no era como lo imaginé. Preferí ir por la calle, bordeando la vereda derecha, como había visto tantas veces a otros. Es cierto que hacía mucho que no practicaba deporte, pero en ningún momento me sentí mal. No tuve miedo nunca. Tampoco me agité. Ni un bocinazo recibí, se lo juro. Sólo estaba preocupado en encontrar ese sol bajito que ciega y pinta las cosas como una película antigua. Va a pensar que estoy loco, doctor, pero estaba más pendiente de eso que de disfrutar de andar nuevamente en bicicleta. Iba despacio, siguiendo los haces de luz. Pero el sol asomaba y se replegaba a cada momento, era un torero y yo el pobre toro siguiendo la manta roja. Y los edificios sacaban altura como si fueran patovicas. Belgrano tiene un altísimo promedio de árboles, ése era uno de los motivos por los que me instalé en este barrio cuando vine de Mercedes. Pero a veces la naturaleza atenta contra sí misma. La cuestión es que el sol, eso que yo llamo sol, no aparecía por ningún lado.
Llegué hasta Villa Urquiza. Ahí dejé de buscar. Dije basta por hoy, demasiado. Ya un poco cansado, es cierto, volví a mi casa. Tampoco en el camino de regreso encontré la suavidad de esos rayos. Me di por vencido aún vencido, desoí la enseñanza de Almafuerte. Estaba frustrado, aunque hasta ese momento no tuve ningún inconveniente físico. Ya había planeado irme mañana a la Costanera, ahí lo encontraría seguro. Pero pasó algo impensado, doctor. Llegué a mi casa, vine a dejar la bicicleta al balcón y acá mismo, acá donde estoy parado ahora, encontré ese sol del que tanto le hablo. Lo encontré viejo como mi anhelo, a nueve pisos de altura, pero estoy seguro de que era el mismo de mi infancia en Mercedes. Me di cuenta porque lo miré a los ojos y, por fin, el sol me encegueció... Bueno. Después de eso, no me acuerdo más nada. Cuando me desperté, habían pasado casi dos horas. Estaba tirado en el balcón con la remera empapada, pero sin ningún golpe ni moretón. Por eso lo llamé.