martes, 30 de agosto de 2011

QUE PAREZCA PERIODISMO

Que vendan tartamudos los teclados de computadoras
Que se me plante un árbol de moras

Que alguien cante una canción mala
Que ordenen repatriar los desastres
que se fugaron de una noche de ajo
y sorbos picantes

Que una bandera flamee dada vuelta
Que secuestren una aspirina
Que sean tan blancas las nubes
que no necesiten lavandina

Que nos regalen una esperanza
Que se prenda fuego un vagón
Que nos roben la esperanza

Que tenga un orgasmo una monja
Que se burlen eternamente de la luna
Que el marrón sea verde
Que caiga una avalancha en la tribuna

Que sepan inventar una rima
Que se le vea un moco al ministro
Que los supermercados abran de noche
Que de la madrugada quede registro

Que no suene ridículo ni siniestro
Que vuelva a caer nieve en Villa Crespo
Que las estrellas lleven una doble vida
Que el reloj se quede sin pila

Que se derrumbe el edificio
Que una esponja entienda de dinosaurios
como una piedra al aire de delirio

Que una voz resulte molesta
Que el viento venga sin ese temor de verano
si es posible a la hora de la siesta

Que saquen una hoja
Que escriban lo que se les antoja
Que hagan una noticia

Que los peces se junten a jugar al póker
Que no me digan que no los conocen

Que ayer y hoy no sea lo mismo
Pero que pase algo
y parezca periodismo

miércoles, 17 de agosto de 2011

ALGUIEN GANA LA LOTERIA

Tiempo de pisar las veredas que mueven tus piernas
De aceptar como compañero de ruta al recuerdo
De preguntarle cuánto tiene de demora al futuro
Será mejor escupir las cenizas que muerdo

No voy a escarbar ni rapiñar
Voy a permitirme olfatear
Dejaré en la calle la vista suelta
Pondré en remojo mi tranquilidad
La suerte nos encontrará de vuelta

Ignoraré los semáforos y los carteles
Estaré más atento a la gente, a las caras, a las ropas, a los caminares
A las pestañas que andan en bicicleta
A los árboles que se peinan con flequillo
A los colectivos que se comen las uñas
A cierto pelo amarillo

Simularé sorpresa
"¿Qué hacés por acá?"
"¡Tanto tiempo!"
Azar de bisutería
¿Por qué no?
Cada tanto alguien gana la lotería

Voy a pisar las veredas que mueven tus piernas
No voy a escarbar ni rapiñar
Seré un perro perdido
Con las patas a la deriva
El hocico moqueado
Y orejas con puntería
¿Quién dice que no?
Cada tanto alguien gana la lotería

viernes, 12 de agosto de 2011

FLECHAS

I

Y
no
fui
puro
aquel
martes

Aparecí
iracundo
Ametrallé
fulminante
Sangraste
verdades
Abatida
caíste

Adiós
Chau
Vos
Yo




II

¿O
yo
soy
mago
acaso?

Volvés
seguido

Aparecés
apócrifas
madrugadas

Alborotás
cotorras
jóvenes
lunas

Comés
días

Sos
mi
¿y?




III

A
la
una
dije
estoy
ahices

Próximo
Llegando
Anuncialo
Cerquísima
Aguardame
Esperame
Quedate
Mirame
Reite

Juná
Voy
yo
y…

viernes, 5 de agosto de 2011

ATARDECER EN CABALLITO

Suele tener mala fama, pero mi debut fue una amable experiencia. Nunca antes había ido solo. Más por pereza que por considerarlo una aventura emocional riesgosa o un entretenimiento para compartir. Tardé 28 años en salir de mi casa, caminar cinco cuadras, subir una escalera mecánica y comprar en la boletería únicamente una entrada. “Buenas tardes, caballero. Por el pasillo de la derecha, fila E”, me dijeron como si subiera a un micro de larga distancia mientras me la cortaban.
A mi ingreso, la sala tenía ya la mitad de los asientos ocupados, las luces prendidas a medias tintas y la pantalla gris. Para bajar los cuatro escalones que me separaban de mi butaca, debí esquivar a una pareja canosa que le pedía a la acomodadora más detalles de sus ubicaciones. “Asientos 2 y 3 son estos, ¿no?”, preguntó la señora, que cargaba en su hombro una cartera del tamaño de una valija que también tuve que esquivar. Casualmente otra consulta en continuado me sirvió de guía para saber dónde debía alojarme yo. Mi hilera estaba completamente vacía, así que caminé a mi butaca llanamente, sin esos rodeos de rodillas que el cine comparte en su ritual con la platea de un teatro o de un estadio de fútbol.
Me saqué primero la mochila, después la campera, la bufanda y al final los guantes. Apoyé la mochila en el suelo y la ropa sobre mi regazo. Me acomodé. Saqué los anteojos y una sonrisa de sorpresa al ver a la portera de mi edificio acariciando la melena de oveja de su cabeza de ñandú. Hablaba atentamente con otra señora. Por suerte, estaba lejos y, esta vez, no parecía curiosa en lo que sucedía a sus espaldas.
La colonia de abuelos fue mayoría en la sala, ampliamente local. Por eso se daba licencia para moverse como en un jardín de infantes. Ofrecían inquietudes tiernas que les daban a las acomodadoras un tono de enfermeras. Comprobé que, aunque la temática inicial eran sus ubicaciones, también había otro tipo de intereses: a qué hora terminaba la película, si era subtitulada o traducida, a qué volumen iba a estar el sonido, por decir algunos. Sin ir más lejos, un señor de bigotes que se sentó a mi derecha recibía una rueda de auxilio eléctrica en su oreja izquierda. Al principio creí que era de los míos y estaba solo, porque limitaba con la pared, pero después se puso a conversar con dos personas sentadas delante de él. Era bastante grande y tal vez lo subestimé: no me imaginé que luego sacaría un paquete de pochoclos y empezaría a repiquetear maíz en su boca.
Las parejas también prevalecían, principalmente las que rondaban los cincuenta años y conservaban el apetito por los placeres artísticos. El club de los solitarios no contaba con muchos socios: un par de veinteañeros más cerca de los veinte que de los treinta y alguna que otra señora.
Un grupo de adolescentes gritaba y se reía, pero en el medio había tanto ruido de voces y pochoclos que no se lo escuchaba del todo. Bien podría haber sido amigo de ellos el chico que se sentó dos asientos a mi izquierda, a poco de que la pantalla se prendiera para promocionar los próximos estrenos. Debía estar en el último año del Secundario y llegó con su casi seguro papá, un hombre calvo que pisoteaba los 40 años y estaba divorciado, según inferí de un comentario del chico sobre la madre. Se hablaban con la confianza recíproca de padres e hijos que ya no viven juntos. Pero el hombre, que vestía campera de cuero, controlaba celosamente la desfachatez de su hijo. “Vos llegás ir a esa fiesta y cobrás”, escuché y simulé estar concentrado sólo en la pantalla. Fueron comentando una a una las películas prometidas para las siguientes semanas. Opinaban de las mujeres, destacaban los efectos especiales, recordaban las trayectorias de los actores y al final daban su veredicto sobre si las verían o no. No coincidieron en ninguna. Tampoco se pusieron de acuerdo sobre las mujeres.
            Las pocas luces restantes se despidieron empequeñeciéndose, como si la película que empezaba fuera un viaje en tren. La sala se silenció y los espectadores reforzaron su atención a la pantalla, menos el vecino derecho, muy preocupado todavía en la caza de los pochoclos más azucarados. Sé que durante toda la historia acudió aparatosamente una y otra vez a su balde. También que el padre se rió en varias escenas y le hizo comentarios aislados a su hijo. Creo que uno fue sobre un auto antiguo. Creo, no podría asegurarlo. Hacía rato que mi paisaje había cambiado del atardecer de Caballito a la medianoche de París.