viernes, 5 de agosto de 2011

ATARDECER EN CABALLITO

Suele tener mala fama, pero mi debut fue una amable experiencia. Nunca antes había ido solo. Más por pereza que por considerarlo una aventura emocional riesgosa o un entretenimiento para compartir. Tardé 28 años en salir de mi casa, caminar cinco cuadras, subir una escalera mecánica y comprar en la boletería únicamente una entrada. “Buenas tardes, caballero. Por el pasillo de la derecha, fila E”, me dijeron como si subiera a un micro de larga distancia mientras me la cortaban.
A mi ingreso, la sala tenía ya la mitad de los asientos ocupados, las luces prendidas a medias tintas y la pantalla gris. Para bajar los cuatro escalones que me separaban de mi butaca, debí esquivar a una pareja canosa que le pedía a la acomodadora más detalles de sus ubicaciones. “Asientos 2 y 3 son estos, ¿no?”, preguntó la señora, que cargaba en su hombro una cartera del tamaño de una valija que también tuve que esquivar. Casualmente otra consulta en continuado me sirvió de guía para saber dónde debía alojarme yo. Mi hilera estaba completamente vacía, así que caminé a mi butaca llanamente, sin esos rodeos de rodillas que el cine comparte en su ritual con la platea de un teatro o de un estadio de fútbol.
Me saqué primero la mochila, después la campera, la bufanda y al final los guantes. Apoyé la mochila en el suelo y la ropa sobre mi regazo. Me acomodé. Saqué los anteojos y una sonrisa de sorpresa al ver a la portera de mi edificio acariciando la melena de oveja de su cabeza de ñandú. Hablaba atentamente con otra señora. Por suerte, estaba lejos y, esta vez, no parecía curiosa en lo que sucedía a sus espaldas.
La colonia de abuelos fue mayoría en la sala, ampliamente local. Por eso se daba licencia para moverse como en un jardín de infantes. Ofrecían inquietudes tiernas que les daban a las acomodadoras un tono de enfermeras. Comprobé que, aunque la temática inicial eran sus ubicaciones, también había otro tipo de intereses: a qué hora terminaba la película, si era subtitulada o traducida, a qué volumen iba a estar el sonido, por decir algunos. Sin ir más lejos, un señor de bigotes que se sentó a mi derecha recibía una rueda de auxilio eléctrica en su oreja izquierda. Al principio creí que era de los míos y estaba solo, porque limitaba con la pared, pero después se puso a conversar con dos personas sentadas delante de él. Era bastante grande y tal vez lo subestimé: no me imaginé que luego sacaría un paquete de pochoclos y empezaría a repiquetear maíz en su boca.
Las parejas también prevalecían, principalmente las que rondaban los cincuenta años y conservaban el apetito por los placeres artísticos. El club de los solitarios no contaba con muchos socios: un par de veinteañeros más cerca de los veinte que de los treinta y alguna que otra señora.
Un grupo de adolescentes gritaba y se reía, pero en el medio había tanto ruido de voces y pochoclos que no se lo escuchaba del todo. Bien podría haber sido amigo de ellos el chico que se sentó dos asientos a mi izquierda, a poco de que la pantalla se prendiera para promocionar los próximos estrenos. Debía estar en el último año del Secundario y llegó con su casi seguro papá, un hombre calvo que pisoteaba los 40 años y estaba divorciado, según inferí de un comentario del chico sobre la madre. Se hablaban con la confianza recíproca de padres e hijos que ya no viven juntos. Pero el hombre, que vestía campera de cuero, controlaba celosamente la desfachatez de su hijo. “Vos llegás ir a esa fiesta y cobrás”, escuché y simulé estar concentrado sólo en la pantalla. Fueron comentando una a una las películas prometidas para las siguientes semanas. Opinaban de las mujeres, destacaban los efectos especiales, recordaban las trayectorias de los actores y al final daban su veredicto sobre si las verían o no. No coincidieron en ninguna. Tampoco se pusieron de acuerdo sobre las mujeres.
            Las pocas luces restantes se despidieron empequeñeciéndose, como si la película que empezaba fuera un viaje en tren. La sala se silenció y los espectadores reforzaron su atención a la pantalla, menos el vecino derecho, muy preocupado todavía en la caza de los pochoclos más azucarados. Sé que durante toda la historia acudió aparatosamente una y otra vez a su balde. También que el padre se rió en varias escenas y le hizo comentarios aislados a su hijo. Creo que uno fue sobre un auto antiguo. Creo, no podría asegurarlo. Hacía rato que mi paisaje había cambiado del atardecer de Caballito a la medianoche de París.

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