jueves, 29 de septiembre de 2011

SUSANA G.

En su sueño, ella seguía siendo la más linda de la división. Solo tenía el pelo un poco más oscuro y corto, un nuevo peinado. En el resto de los detalles nada había cambiado. Los ojos pardos de águila venenosa seguían allí. Su boca más bien rosa y fina, fresca y perdida entre sus pecas, esa boca también arrugada aún relucía. Todo estaba intacto. Hasta la voz era la misma: grave sin perder elegancia, como de cantante de tango. Al despertarse, Gustavo quedó absorto de que todo estuviera intacto. Se mantuvo recostado un minuto más y se levantó bruscamente de la cama con la musculosa mojada de sudor y el ligero ronquido de Nelly imperturbable.
Bien pudo tratarse de una pesadilla: si había un tramo que quería borrar de su historial, si fuera posible de un plumazo, era el Secundario. En esos años, Gustavo la había pasado mal, y de eso le había quedado buena memoria. Cosechó algunos amigos desde su guardapolvo machacado por la plancha de su mamá, pero esos pocos, a lo sumo tres, también sufrían los constantes avatares de los más rebeldes y populares, que eran los mismos. Ni siquiera esa coraza propia de una tribu en desventaja le aplacó el sufrimiento que le generaba una burla, una ironía, ser siempre el último elegido en el puntín, aburrirse en los recreos, no ser invitado a los bailes y, mucho más, ser inadvertido por Susana. Si hay que ser totalmente sinceros, ése era el gran escollo de su adolescencia: que para ella escucharlo fuera lo mismo que escuchar caer una hoja al suelo.
No le costó demasiado tiempo descifrar por qué, después de traerlo en sueños, el recuerdo de Susana se mantuvo inquieto a lo largo del día, en un trámite en la farmacia y hasta cuando le envolvían los huevos en la carnicería. La idea emergió como un capricho imposible de extirpar de la cabeza, aunque al principio le sonara a locura. ¿55 años después? ¿Para qué? Pero Gustavo quería ver qué se traía entre manos el paso del tiempo, ya estaba aferrado a la esperanza de que la experiencia le haya agrandado el talle para otra oportunidad. Quería ver cómo se tratarían ahora, cómo se hablarían. Eran muchas las preguntas como para quedarse con la duda.
A medida que fue afirmándose en la certeza de que sí, realmente iría a la búsqueda de Susana y no había vuelta atrás, su lucidez le ofrecía migajas que la memoria guardaba entre telarañas. Por ejemplo, sus desayunos de café con leche, sus viajes en colectivo al colegio, Adelia, la profesora de Matemática, su pelo largo hasta la cintura y sus tareas. Tardó cinco días en dar con el paradero de su compañera de curso. Recordaba que su apellido era Gutiérrez, y que su padre, quien seguramente ya estaba muerto, era odontólogo. Lo demás era tarea de investigación. 
El primer paso fue revisar todas las agendas, pero en ninguna encontró algún Gutiérrez. Después de una derrota inicial sin sorpresas (bien sabía todo lo que le había costado enterrar aquella época), empezó el verdadero trabajo de campo: tomó la guía telefónica, encontró 423 Gutiérrez y los fue llamando, uno a uno, cada tarde que Nelly se juntaba a jugar a la canasta con sus amigas. 87 Gutiérrez a los que llamó decían conocer una Susana septuagenaria. De esas, 53 estaban muertas y 34 vivas. Quedaron en carrera las que tenían al menos un hermano varón, como a Gustavo también le sonaba, pero solamente encontró una Susana Gutiérrez que además había tenido un padre odontólogo.
-No me acuerdo bien a qué colegio fue mi mamá, pero sí, mi abuelo era dentista -confirmó en un una charla telefónica Miriam, la hija de Susana, quien además de la dirección del geriátrico donde la encontraría, le hizo un resumen de los años que estuvieron entre paréntesis desde que terminaron el Secundario. Su madre había estudiado odontología como su padre, pero al tercer año de carrera la parió y dejó los claustros y los libros para dedicarse a ella y su marido. Gustavo quedó con la boca abierta al enterarse de la noticia. No lo sorprendió que se haya casado con otro hombre, algo lógico de acuerdo a su naturaleza, sino quién era ese hombre:
-Mi papá se llama Santiago, se conocieron con mamá en el colegio. Usted lo debe conocer, entonces –le contó Miriam a Gustavo, quien inmediatamente recordó al silencioso y meditabundo compañero de banco por el que no hubiera dado ni dos pesos. Lo que era todavía más increíble es que, a la larga, el mismo Santiago le haya dado a Susana dos hijos más y el peor disgusto: dejarla.
-No sé si usted lo estimaba, pero terminó siendo un cretino. Nos abandonó cuando yo tenía 14 años –completó Miriam. Del otro lado, el tubo de Gustavo temblaba. Igualmente, Santiago no fue el único hombre en su vida, restringida a la crianza de sus hijos y a las atenciones a sus maridos. Luego se casó con un marino mercante y tuvo una hija más.
Antes de ir a visitar a Susana, Gustavo se tomó dos días de preparación. Fue a la peluquería, se compró un pantalón (en un hecho que despertó cierto asombro en Nelly) y por último, casi antes de abrir la puerta de calle, se perfumó. Se tomó un colectivo, ingresó al geriátrico y encontró a Susana Gutiérrez, en un amplio patio, sentada en una silla de ruedas tejiendo. La mujer del sueño le había dado paso a una real, más arrugada que aquella joven de piel tersa y llana, también más baja y ancha de caderas, pero con la misma identidad en su expresión. Por todos lados sí, pero por sus ojos los años no habían podido pasar, pensó Gustavo. De lo que había perdido registro, después de tantas décadas, era de un importante lunar cerca de la comisura de su boca que le agregaba aún más personería a su encanto. Se acercó caminando lentamente, con timidez, acompañado por una enfermera:
            -Mire, Susana, vinieron a verla.
Susana dejó de apuntar a una lana azul y sus trabajadores ovillos, y se centró en su visitante.
-Hola, Susana. ¿Cómo estás? –dijo Gustavo en voz bajísima.
-Se llama Gustavo y es un amigo suyo de la infancia –intentó orientarla la enfermera.
-No te conozco -dijo Susana en un tono seco y rígido.
La enfermera hizo una mueca y le dio un beso en su pelo que partía a la mitad canas y tintura color aserrín. Casi al oído le dijo a Gustavo “tiene Alzheimer, pobrecita” y se despidió:
-Bueno, los dejo solos, que deben tener mucho para conversar.
A Gustavo lo animó esta versión mucho más mansa de Susana y le habló de su hija y el colegio. A pesar de que siguió insistiendo con que no lo conocía, ella empezó a escuchar con atención, despreocupada pero interesada, las historias que él le contaba sobre su vida, la de ella y pequeñas reminiscencias juveniles no del todo fidedignas, dicho sea de paso. El primer mes la visitó una vez por semana. Le llevaba bombones, flores o masitas, según el clima. Al notar el entusiasmo de Susana cada vez que llegaba, impulsado por los comentarios de las enfermeras acerca de qué alegre se la veía desde conocerlo, comenzó a ir todas las tarde que Nelly se juntaba a jugar a la canasta con sus amigas. O sea, casi todos los días. Había veces en que, además de conversar y observarse, se daban la mano.
-¿Y vos quién sos? No te conozco –le decía cada tanto Susana como la primera vez que los presentó la enfermera. Gustavo sonreía al escuchar esa frase, que a la vez entendía como un código propio. Incluso siguió escuchándola, y sonriendo, después de que, uno de esos días de júbilo en plena jubilación, mientras esperaba la señal de un semáforo, un señor de boina y anteojos se le puso delante y lo llamó por su nombre:
-¿Gustavo Celaya?
-Sí. ¿Nos conocemos? –preguntó Gustavo, desconfiado.
-Claro, ¡soy Santiago Lemos, su compañero de banco en el San Martín! ¿No se acuerda?
-¿Santiago? ¿Usted?
-Sí –contestó el hombre, algo emocionado-. Bueno, pasaron muchos años y muchas cosas, es entendible que no me reconozca.
-Ssssí… Pero me acuerdo de usted, Santiago. Sé quién es –dijo Gustavo sin poder ocultar un tono serio producido por el impacto.
-Bueno, ¡qué alegría entonces! ¿Y qué fue de su vida? –dijo Santiago y le extendió la mano.
-Bien –contestó Gustavo al tiempo que también respondía el apretón de manos-. Me jubilé hace poco. Estudié Administración, trabajé en varias empresas, me casé, tuve hijos, nietos…
-Ah, ¡no puede quejarse!
-La verdad es que no. ¿Y usted?
-Yo también me casé y tuve nietos –contó Santiago.
-Mire qué bien… Me alegro… ¿Varias veces?
-No, por ahora tengo uno solo –dijo Santiago.
-Qué bien… Mi pregunta en verdad era si se había casado varias veces –aclaró Gustavo.
-Ah, no. Una sola vez. Y enviudé.
-¿Enviudó? –interrogó sobresaltado.
-Sí, ya van a ser dos años…
-Lo lamento mucho –dijo de manera automática, sin escucharse: su mente estaba ocupada en develar si había otro Santiago en el curso que había borrado de su memoria, o si le estaba mintiendo. Y se desahogó:
-A mí me habían contado, hace un tiempo, que usted estuvo casado con Susana Gutiérrez.
-¿Qué? ¿Susana Gutiérrez? –preguntó Santiago con el ceño fruncido y los ojos achinados.
-Sí, nuestra compañera de colegio –lo acorraló Gustavo.
-¿Usted dice la chica de ojos verdes y pelo castaño? ¿La linda?
-Sí, esa misma –acató con nerviosismo.
-¡Nooo, hombre! Pero no se llamaba Susana Gutiérrez: era Susana Gómez… Yo me casé con Ramona Maraschi, mi vecina –corrigió Santiago a su viejo amigo, a quien le bastó escuchar “Gómez” para resignarse con alivio y sin fisuras a su implacable equivocación.
-¿Yo casado con Susana Gómez? -se asombró Santiago-. ¿Y quién le fue con ese cuento, Don Gustavo? Seguro que alguno de los sinvergüenzas que nos hacían la vida imposible, ¿no?

jueves, 15 de septiembre de 2011

FLORES Y ESPINAS

¿Hasta dónde iba esa gente tan temprano para morir? ¿Hasta dónde puede tener jurisprudencia el destino en casos así? ¿Hasta dónde tenía que llegar el chofer del colectivo para no esperar una barrera a media asta con otras vidas a sus hombros? ¿Hasta dónde no fuimos cómplices de su urgencia con nuestro propio ritmo cotidiano? ¿Hasta dónde recordó a su mujer y a sus hijos? ¿Hasta dónde no tuvo demasiada desgracia?
¿Hasta dónde es necesario despertarse, desayunar, almorzar, merendar, cenar y dormirse con las imágenes (desde todos los ángulos) del escalofriante choque de dos trenes y un colectivo? ¿Hasta dónde viajan las filmaciones de las cámaras de seguridad de la Policía Metropolitana?
¿Hasta dónde hace acordar al caso Candela? ¿Hasta dónde es creíble que de un día para el otro los choques estén de moda? ¿Hasta dónde irán los que huyeron por las ventanas?
¿Hasta dónde le cabe de responsabilidad al Estado tal sorpresiva despedida del mundo? ¿Hasta dónde representa de su presupuesto completar la obra de túneles en todos los pasos a nivel de las ciudades más presurosas del país? ¿Hasta dónde hace falta gastar esa plata por accidentes evitables? ¿Hasta dónde fue falta de previsión gubernamental? ¿Hasta dónde fue falta de previsión personal?
¿Hasta dónde se habrá escuchado el impacto? ¿Hasta dónde recordarán los testigos? ¿Hasta dónde le compete al hombre que dejó la barrera huérfana antes de que lo reemplazaran? ¿Hasta dónde será cierto que eso fue realmente así? ¿Hasta dónde, si fue así, no delata su pertenencia a esta sociedad?
¿Hasta dónde nos cuesta esperar un minuto? ¿Hasta dónde se van a seguir fabricando autos? ¿Hasta dónde llegará nuestra conciencia después de esta lección? ¿Hasta dónde dejará de ser un tema de actualidad? ¿Hasta dónde era de día y hasta dónde era de noche a esa hora en Flores? ¿Hasta dónde habrán visto los bomberos? ¿Hasta dónde escribirán historias de llanto los trenes?
¿Hasta dónde importa la distinción entre medios de transporte “más” y “menos” seguros? ¿Hasta dónde respiran quienes se bajaron en Caballito y Floresta? ¿Hasta dónde pueden indagarse las explicaciones de un horror? ¿Hasta dónde existen?