miércoles, 29 de junio de 2011

YIRA YIRA

No hay vida menos conmovedora que la de un millonario con la monotonía del triunfo asegurada y la vaca atada. Algo así era River hasta hace algunos años para un tercer ojo: un burgués afortunado, un acomodado de rutina de película aburrida. Acaso desde que empezó a aceptar sus defectos y a dejar de creerse más que el tipo al que le remataron la casa y se quedó en la calle, también vino a mostrarse más amigable. Por eso, aunque hoy lo muerda un dolor, el descenso lo va a engrandecer.
Se acabaron el derroche, la casa con pileta y el auto importado. Ahora habrá que vivir en departamento, levantarse temprano con el diario bajo el brazo y hacer cola para buscar trabajo. Y viajar en colectivo, claro. En el peor de los casos serán algunos años. La exótica vida de Ascenso le durará un suspiro. Su patrimonio, sus recursos, el despertar fraternal de sus hinchas y, fundamentalmente, la revolución de su debacle (mezcla de Mayo francés con Apocalipsis) son pruebas contundentes para aseverarlo.
En un tiempo no muy lejano volverá a ser poderoso y de buen pasar, pero ya no será el mismo. Un bautismo de sábados por la tarde le enroscará la cabeza y le desatornillará el corazón. Volverá a su residencia de lujo honradamente más imperfecto. Más humano y hasta más querible. Y la primera copa que levante cuando salga de festejos tendrá más razones de brindis que nunca en sus 110 años.
A la vista de los dos sobrevivientes del círculo selecto de los invictos (Boca e Independiente), su desgracia será una deshonra de clase. El hincha de River deberá resignarse sin despecho a ese orgullo de no haber besado nunca la lona, de no haber sentido ese trueno en el pecho que han dado en llamar descenso. Si su mirada recae sobre su propio destino, la experiencia será de aprendizaje y nutritiva.
Cuando vuelva al séquito de privilegio, al principio le sonará hiriente que el vecino de siempre, que lo notará cambiado y se perturbará con su semblante más romántico y menos frívolo, le recuerde su paso por esos suburbios que conoce sólo por fotos. Pero al fin y al cabo su orgullo apelará a la única arma permitida en las canchas del fútbol (la pasión) y tendrá cicatrices de sobra como para defender su honor. Y ahí habrá que ver quién gana la pulseada.

viernes, 17 de junio de 2011

LLAMADO A LA SOLIDARIDAD

Me quedan dos consuelos: mi respiración y vos.
Solo pretendo que me mojes,
que me digas en la cara todo lo que tenés para decir.
Que lluevas,
que no sólo duela.

¿Hace falta tanto color, tanto sol?
Un poco de respeto, lluvia.
Un poco de piedad.
Invitá amablemente a sus casas a esos monstruos que se pasean con sus sonrisas de la mano por el asfalto que debieras regar.

Robate la escena.
Cantá.
Bailá.

Si es necesario, vení con ese trueno descapotable y fanfarrón en el que viajás a veces.
Vení con quien quieras, pero vení.
Golpeá un poco la ventana,
despabilate.
Date una vuelta por este barrio.
Quiero escuchar qué música preparaste para este día que tiene como único luto una botella de plástico naufragando sobre el suelo.

Un electrocardiograma no me sirve, 
me va a decir cualquier cosa,
no te hagas la desentendida.

Dale, lluviecita, no me digas a mí caprichoso.
¿Vos acaso no lo sos?
Las plantas también se van a regocijar de tu llegada,
así fuera sólo para una visita de médico.

¿Serás tan generosa de entender que sólo espero que completes la tarea,
que sueltes las ramas flojas y remuevas sin ahorros
para que,
si el asunto se pone muy feo,
después pase la grúa,
se lleve los árboles caídos
y en cuestión de semanas,
meses,
años,
a los sumo siglos,
aquí no haya pasado nada?

jueves, 9 de junio de 2011

LA GOTA

Aunque parezca lo contrario, nunca había estado tan convencido de que eso que sentía podía llamarse amor. Fernando era un tipo enamorado, inobjetablemente. Y tenía sus motivos: Paula era una belleza irreprochable, de gestos suaves, pensamientos abrazadores y una paciencia magistral. Sus piernas fueron la delicia del Liceo 2 durante cinco años y si bien Fernando no era ajeno a los torbellinos que generaba, su temporada de pubertad hacía base en el campo del fútbol. No es que no se daba espacio para sus emociones sexuales, tuvo un par de pinchaduras en el corazón y alguna que otra chica en carpeta, pero su lugar para el amor estaba reservado exclusivamente a nombre de Tigre. Sus aventuras más extremas de ánimo tenían siempre como acompañante a su club de fútbol, y a sus amigos de cancha, en el más numeroso de los ejemplos.
Empezaron a salir años después de su egreso. En el Secundario miraban para distintos lados. Paula soñaba con ser actriz, llegar a Hollywood y protagonizar una película con Al Pacino. Se había anotado en dos escuelas de teatro, pero por una u otra razón siempre abandonaba. Su futuro, tiempo después, la ubicó como administradora de una escuela de maquillaje y de algún modo la reivindicó con su adolescencia. En ese entonces, apenas se dedicaba a aprobar materias y a crecer.
Todavía hoy Fernando intenta acordarse del momento en que se decidió a pedirle casamiento. De lo que estaba seguro era que Paula le gustaba mucho más que Ana, su único antecedente de noviazgo. "Esto es el amor", se decía. Se rendía por su boca de caramelo (como la llamaba) y se entendían como grandes hermanos; aunque, en el plano más trascendental, lo que lo había conquistado de ella era su iluminado talento para no molestarlo con sus partidos de fútbol. En rondas de amigos, sacaba pecho de que no le recriminara ni hasta un San Telmo-Armenio (y eso que no le gustaba el fútbol). Ambas indiferencias a Fernando le cerraban como campera de flaco, prefería que fuera así a que coincidiera con su fanatismo. “Para compartir, hay un montón de otras cosas”, razonaba. Sin exactitud, creyó que después de tan buenas vacaciones por el Sur, podía ponerle llave a la tranquera y firmar contrato eterno con esa mujer.
-Parece que fue ayer que te fui a hablar en el bar -le recordó Fernando mientras se cambiaba para ir a trabajar, como queriendo reeditar un idilio. Se ajustó la corbata frente al espejo y reforzó la escena. Le gustaba arrancar el día con charla. Después, en el subte había que quedarse mudo y aguantar el aliento rodeado de aprietos y caras con lagañas.
-¿Tu hermana va a venir al final? -continuó.
-¿A dónde?
-¿Al casamiento? -preguntó al borde de la ironía.
-Ah… No sé, dijo que lo iba a decidir a último momento.
-Te juego a que no viene.
-¡Ey, qué mala onda! -retrucó Paula, todavía en la cama y con más sueños por venir.
Fernando se juramentó conservar el buen humor y pasó de tema, como si se tratara de un álbum de fotos viejas. Entre comentarios sobre el salón de fiestas que habían reservado, chequeó pelo y rostro en el espejo y eligió no afeitarse luego de acariciarse la barba mientras orinaba. Le dio dos mordiscos a una medialuna de manteca sobreviviente del domingo, bebió jugo de manzana y llevó su rutina a la calle.
En el trabajo tuvo una jornada tranquila, sin sobresaltos a excepción de una reunión que lo había aburrido por completo e ignoró como si se tratara de un programa de moda. Era 23 de septiembre -lo recuerda bien- y después de enseñar electrodomésticos a cuantas personas se lo demandaran, volvió a su casa con un ramo de flores.
La recepción de Paula a su llegada y a esa enjazmineada caricia que le quiso regalar como para descorchar la semana previa al casamiento, le pareció a Fernando sólo comparable con aquel recibimiento en el debut en la Copa Sudamericana contra San Lorenzo. Emocionado, regocijado de su suerte, se abrazó a su mujer. La deseó íntegra. La tuvo frente a frente, ojos a ojos, a primerísimo primer plano, con su respiración sonando como un ventilador, y la observó detenidamente buscando la extrañación de una obra de arte. Empezó por sus orejas -las saludó con simpatía-, se reconoció entre sus pestañas, aplaudió su boca y, después de una serenata a su nariz, recaló en sus ojos. Y se quedó ahí, quieto, paralizado… Al abrir la puerta de entrada de sus pupilas, sintió encontrar otros muebles, otras paredes, otras luces. Quitó intempestivamente sus manos de la cintura de Paula, se echó hacia atrás dos pasos y volvió a descubrir, aún a la distancia, las banderas que dibujaban sus ojos. Se dio vuelta, ya horrorizado, y corrió hacia al baño. Se encerró.
Mientras del otro lado de la puerta escuchaba a Paula preguntarle si le pasaba algo, si se sentía bien, trató de sospechar el padecimiento de un trastorno extraño en su vista, de creer que eso que había visto bien, de cerca y de lejos, e incluso -ahora que se daba cuenta- otras tantas anteriores veces, no era en realidad los colores de los ojos de su mujer. Pero no hubo caso: eran marrones, no negros como su inocencia le había mentido tan descaradamente durante años y años. Imaginó compartir con esos ojos toda la vida y le dio un calambre en el estómago. Cavando más, imaginó a un discípulo de su sangre heredando esa mirada con las insignias de Platense y tuvo que sujetarse de la pared y sentarse en cámara lenta para no desplomarse sobre el inodoro.
-Uff -suspiró al tiempo que se quitaba del dedo anular su alianza de compromiso y una gota de sudor le barnizaba la sien.