Aunque parezca lo contrario, nunca había estado tan convencido de que eso que sentía podía llamarse amor. Fernando era un tipo enamorado, inobjetablemente. Y tenía sus motivos: Paula era una belleza irreprochable, de gestos suaves, pensamientos abrazadores y una paciencia magistral. Sus piernas fueron la delicia del Liceo 2 durante cinco años y si bien Fernando no era ajeno a los torbellinos que generaba, su temporada de pubertad hacía base en el campo del fútbol. No es que no se daba espacio para sus emociones sexuales, tuvo un par de pinchaduras en el corazón y alguna que otra chica en carpeta, pero su lugar para el amor estaba reservado exclusivamente a nombre de Tigre. Sus aventuras más extremas de ánimo tenían siempre como acompañante a su club de fútbol, y a sus amigos de cancha, en el más numeroso de los ejemplos.
Empezaron a salir años después de su egreso. En el Secundario miraban para distintos lados. Paula soñaba con ser actriz, llegar a Hollywood y protagonizar una película con Al Pacino. Se había anotado en dos escuelas de teatro, pero por una u otra razón siempre abandonaba. Su futuro, tiempo después, la ubicó como administradora de una escuela de maquillaje y de algún modo la reivindicó con su adolescencia. En ese entonces, apenas se dedicaba a aprobar materias y a crecer.
Todavía hoy Fernando intenta acordarse del momento en que se decidió a pedirle casamiento. De lo que estaba seguro era que Paula le gustaba mucho más que Ana, su único antecedente de noviazgo. "Esto es el amor", se decía. Se rendía por su boca de caramelo (como la llamaba) y se entendían como grandes hermanos; aunque, en el plano más trascendental, lo que lo había conquistado de ella era su iluminado talento para no molestarlo con sus partidos de fútbol. En rondas de amigos, sacaba pecho de que no le recriminara ni hasta un San Telmo-Armenio (y eso que no le gustaba el fútbol). Ambas indiferencias a Fernando le cerraban como campera de flaco, prefería que fuera así a que coincidiera con su fanatismo. “Para compartir, hay un montón de otras cosas”, razonaba. Sin exactitud, creyó que después de tan buenas vacaciones por el Sur, podía ponerle llave a la tranquera y firmar contrato eterno con esa mujer.
-Parece que fue ayer que te fui a hablar en el bar -le recordó Fernando mientras se cambiaba para ir a trabajar, como queriendo reeditar un idilio. Se ajustó la corbata frente al espejo y reforzó la escena. Le gustaba arrancar el día con charla. Después, en el subte había que quedarse mudo y aguantar el aliento rodeado de aprietos y caras con lagañas.
-¿Tu hermana va a venir al final? -continuó.
-¿A dónde?
-¿Al casamiento? -preguntó al borde de la ironía.
-Ah… No sé, dijo que lo iba a decidir a último momento.
-Te juego a que no viene.
-¡Ey, qué mala onda! -retrucó Paula, todavía en la cama y con más sueños por venir.
Fernando se juramentó conservar el buen humor y pasó de tema, como si se tratara de un álbum de fotos viejas. Entre comentarios sobre el salón de fiestas que habían reservado, chequeó pelo y rostro en el espejo y eligió no afeitarse luego de acariciarse la barba mientras orinaba. Le dio dos mordiscos a una medialuna de manteca sobreviviente del domingo, bebió jugo de manzana y llevó su rutina a la calle.
En el trabajo tuvo una jornada tranquila, sin sobresaltos a excepción de una reunión que lo había aburrido por completo e ignoró como si se tratara de un programa de moda. Era 23 de septiembre -lo recuerda bien- y después de enseñar electrodomésticos a cuantas personas se lo demandaran, volvió a su casa con un ramo de flores.
La recepción de Paula a su llegada y a esa enjazmineada caricia que le quiso regalar como para descorchar la semana previa al casamiento, le pareció a Fernando sólo comparable con aquel recibimiento en el debut en la Copa Sudamericana contra San Lorenzo. Emocionado, regocijado de su suerte, se abrazó a su mujer. La deseó íntegra. La tuvo frente a frente, ojos a ojos, a primerísimo primer plano, con su respiración sonando como un ventilador, y la observó detenidamente buscando la extrañación de una obra de arte. Empezó por sus orejas -las saludó con simpatía-, se reconoció entre sus pestañas, aplaudió su boca y, después de una serenata a su nariz, recaló en sus ojos. Y se quedó ahí, quieto, paralizado… Al abrir la puerta de entrada de sus pupilas, sintió encontrar otros muebles, otras paredes, otras luces. Quitó intempestivamente sus manos de la cintura de Paula, se echó hacia atrás dos pasos y volvió a descubrir, aún a la distancia, las banderas que dibujaban sus ojos. Se dio vuelta, ya horrorizado, y corrió hacia al baño. Se encerró.
Mientras del otro lado de la puerta escuchaba a Paula preguntarle si le pasaba algo, si se sentía bien, trató de sospechar el padecimiento de un trastorno extraño en su vista, de creer que eso que había visto bien, de cerca y de lejos, e incluso -ahora que se daba cuenta- otras tantas anteriores veces, no era en realidad los colores de los ojos de su mujer. Pero no hubo caso: eran marrones, no negros como su inocencia le había mentido tan descaradamente durante años y años. Imaginó compartir con esos ojos toda la vida y le dio un calambre en el estómago. Cavando más, imaginó a un discípulo de su sangre heredando esa mirada con las insignias de Platense y tuvo que sujetarse de la pared y sentarse en cámara lenta para no desplomarse sobre el inodoro.
-Uff -suspiró al tiempo que se quitaba del dedo anular su alianza de compromiso y una gota de sudor le barnizaba la sien.
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