Me quedan dos consuelos: mi respiración y vos.
Solo pretendo que me mojes,
que me digas en la cara todo lo que tenés para decir.
Que lluevas,
que no sólo duela.
¿Hace falta tanto color, tanto sol?
Un poco de respeto, lluvia.
Un poco de piedad.
Invitá amablemente a sus casas a esos monstruos que se pasean con sus sonrisas de la mano por el asfalto que debieras regar.
Robate la escena.
Cantá.
Bailá.
Si es necesario, vení con ese trueno descapotable y fanfarrón en el que viajás a veces.
Vení con quien quieras, pero vení.
Golpeá un poco la ventana,
despabilate.
Date una vuelta por este barrio.
Quiero escuchar qué música preparaste para este día que tiene como único luto una botella de plástico naufragando sobre el suelo.
Un electrocardiograma no me sirve,
me va a decir cualquier cosa,
no te hagas la desentendida.
Dale, lluviecita, no me digas a mí caprichoso.
¿Vos acaso no lo sos?
Las plantas también se van a regocijar de tu llegada,
así fuera sólo para una visita de médico.
¿Serás tan generosa de entender que sólo espero que completes la tarea,
que sueltes las ramas flojas y remuevas sin ahorros
para que,
si el asunto se pone muy feo,
después pase la grúa,
se lleve los árboles caídos
si el asunto se pone muy feo,
después pase la grúa,
se lleve los árboles caídos
y en cuestión de semanas,
meses,
años,
a los sumo siglos,
aquí no haya pasado nada?
meses,
años,
a los sumo siglos,
aquí no haya pasado nada?
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