lunes, 19 de noviembre de 2012

LA FULBITO

Estoy seguro de que estaban acá. Hasta hace algunos años, seguro. Cuando hubo que hacer lugar en la habitación para otras cosas, pusimos todas las revistas en este armario, acá arriba. Pero ahora no las encuentro, no están ahí. Quedaron algunos números de “El Gráfico”, las que esperaba debajo de la puerta los martes a la mañana, pero no hay ninguna “Fulbito”, y yo estoy buscando la pequeña colección de revistas “Fulbito”, la revista que conseguíamos sólo algunos privilegiados, la que cubría periodísticamente la liga de fútbol FAFI, de Babi Fútbol. Babi fútbol. Se dice así porque lo juegan chicos en canchas chicas.
Si yo metía un gol en los partidos que jugaba, en la revista “Fulbito” aparecía mi nombre: G. Halfon. Y cuando hacía un gol mi hermano Hernán, que jugaba conmigo en la categoría 83 de Caballito Jrs., figuraba H. Halfon. Nos trataban como auténticos futbolistas. Tenían notas e informes de los partidos que disputábamos y hasta una sección dedicada a la vida privada de los pequeños cracks donde, por ejemplo, me enteré que al Colorado Vidal, el 10 de Villa Luro Norte, no le gusta más otra comida que el vitel toné. Incluso en la “Fulbito” nos ponían apodos: siempre me dio risa que a un compañero le digan El Galgo. El Galgo Estebarena. No porque fuera un perro jugando sino porque se destacaba en velocidad.
Pero no es por El Galgo ni para recordar en qué partido hice un gol que estoy buscando la colección de revistas “Fulbito”. En realidad, quiero corroborar un apellido: el apellido de un grandote que jugaba de defensor en General Lamadrid. Un ropero de 9 años que le pegaba fuertísimo los tiros libres, tenía un cañón en el pie y cuando te ponía el hombro para sacarte la pelota te mandaba al demonio. Ahora me suena que le decíamos el Gordo Muzzupapa, porque en ese entonces designábamos con crueldad los apodos, pero me parece que no era Muzzupapa. Como sea, Muzzupapa sería la respuesta que arriesgaría en esos programas de preguntas y respuestas si se me acabara el tiempo.
Me gustaba enfrentar a Muzzupapa, o como se llame, más cuando jugábamos en la cancha de Lamadrid, en Villa Devoto, sobre la calle Desaguadero, pegada a la cárcel. La cancha de Lamadrid también me atrapaba por las redes de sus arcos: eran muy cuadradas, como las canchas de verdad. En ese momento, para mi hermano Hernán y para mí la posición y diagramación de las redes de los arcos de fútbol era un aspecto importantísimo del juego; no era lo mismo hacer o ver un gol en una red linda, bien armadita, que en una red deshilachada puesta así nomás, sin ningún efecto especial cuando la pelota ingresa al arco y se la lleva por delante. Todavía hoy con Hernán comentamos con énfasis lo bueno o mala que está tal o cual red. Desde ese aspecto, la cancha de Lamadrid me motivaba mucho. Y desde otros también: estaba pegada al estadio de fútbol principal de Lamadrid, donde juega el equipo de Primera C. Tal vez ahora no exista más, pero en ese momento había una puerta que conectaba la cancha de babi fútbol, donde jugábamos nosotros, con la tribuna local del estadio central.
Un sábado que jugamos contra Lamadrid de visitante, esa puerta estaba abierta. Antes de jugar nuestro partido, mientras jugaban las otras categorías, con mis compañeros cruzamos ese umbral raudamente, con seria emoción. Al fin y al cabo, era un estadio de fútbol. De la Primera C, pero con alambrado olímpico y todo. ¡Cómo olvidar ese alambrado! Si en mi muslo derecho, apenas arriba de mi rodilla, todavía hoy, 20 años después, veo las huellas de ese alambrado. Es una cicatriz ancha y discreta cuando tengo la pierna doblada, y corta pero más visible y espesa cuando la extiendo. Es de aquel sábado que dejaron la puerta abierta y nosotros invadimos la tribuna local de un estadio vacío, porque ese día el equipo de Primera no jugaba, y nos trepamos al alambrado. Para gritar un gol soñado, para insultar a un árbitro imaginado, por el sólo hecho de trepar. Yo no era muy trepador, pero sentía fascinación por trepar alambrados, particularmente alambrados. Era de los que se trepaba para gritar un gol. Cuando jugaba al fútbol en el balcón de mi casa me trepaba hasta lo más alto de las rejas. Vivíamos en un sexto piso y mi vida corría peligro en cada gol. Entonces, ver ese alambrado gigante del estadio de Lamadrid me sumergió en una felicidad feroz, tan feroz que trepé más de lo aconsejado y un refuerzo de púas me pintó una línea roja y profunda en el muslo. Yo estaba tan contento por haberme trepado a ese alambrado profesional que la herida no me importó ni me impidió jugar mi partido esa tarde. Mi papá, que nos iba a ver siempre, me dio un poco de ese líquido naranja que se usa para las heridas y ya, un simple corte.
A veces, cuando la encuentro por casualidad, poniéndome una media quizás, pienso que fue demasiada cicatriz para un corte tan poco dramático. Pero así se comportan las cicatrices y está bien que así sea. Así cuando me miro el muslo derecho me acuerdo de la cancha de Lamadrid, de la alegría de treparme a un alambrado, de ver una red de fútbol bella y de que te marque el Gordo Muzzupapa, que en verdad no creo que se llame Muzzupapa pero a esta altura ya me da igual.

jueves, 20 de septiembre de 2012

LA HIGUERA DONDE SIEMPRE SOS LA LEÑA

           A las 7 de la tarde, en La Higuera es de noche y sólo se escucha el sonido de la selva. Es imposible no juntar con los ojos un puñado de copas de árboles e imaginarse al Che con sus camaradas guerrilleros escondidos en esta música de grillos, insectos y misterio. Cómo eran sus noches acá, en qué momento estaría durmiendo. Caminar por estas breves calles de tierra y pasto es evocarlo en cada latido. Para Paulo, en cambio, es una sensación ya cotidiana. Él duerme todas las noches frente a la escuelita donde lo mataron en 1967. Está convencido de que el cuerpo del Che se lo quedó la CIA y no es el que encontraron los científicos cubanos en Valle Grande. Paulo tiene un bar al que le puso “Tania”, en homenaje a la guerrillera que combatió allí con el Che, y escucha música argentina: cumbia argentina. “Los que más vienen son ustedes, los argentinos. Ese mural de Tania lo pintó un grupo de chicos que vino en enero”. Al mes llegan a La Higuera, exclusivamente por el Che, 180 visitantes de todo el mundo, pero ningún día entra tanta gente como el 8 de octubre, en cada aniversario de su muerte. Dicen que ahí es cuando el alcohol y la música son el grito empuñado y el fusil.

Paulo tiene 32 años y cree que La Higuera ya no existiría si no hubiera sido el escenario de la muerte del Che. Y algo de eso se percibe. Como si el mito, radicado en La Higuera muchos años después de su muerte, le hubiera devuelto la vida a un pueblo condenado por el propio fantasma del Che y las migraciones a las ciudades más grandes. 27 familias, poco más de 60 personas, es la población actual de La Higuera. Hay gente que vivía ya en tiempos de guerrilla y otra que se vino en consecuencia. Entre ella, tres familias francesas que ofrecen alojamiento para turistas. Pago, por supuesto. También dan servicios de trecking, merchandising y comida cara con menúes temáticos. Por cierto, si uno quiere desayunar en "La casa del Telegrafista", comprada por 700 dólares a la familia del telegrafista del que habla el Che en su Diario, puede tomarse un Desayuno del guerrillero. El homenaje y el aprovechamiento lucrativo se funden peligrosamente. El bar Los Amigos, también de una pareja francesa, se tomó la molestia de rebautizar con un cartel la calle “principal” de La Higuera: le puso “Avenida 8 de octubre”.
David es otro de los franceses higuerenses. Llegó hace cuatro años. Vive con su novia brasileña y del turismo y la tranquilidad. Enfrente de su casa está Ismael (20), quien es boliviano y sigue en La Higuera para estar cerca de sus papas y su abuela. Sus hermanos prefirieron irse a Brasil. Sentada en una silla rodeada de chanchos y gallinas, por ahí anda Mirtha, la suegra de Paulo. Vive en La Higuera hace 20 años y rápidamente aclara que no pertenece a ninguna filiación política. Es así: los más antiguos vecinos de La Higuera prefieren no hablar de Guevara, acaso hastiados de tanta inquisitoria sobre el mismo asunto. “De chico nunca me dijeron nada de él”, aclara Ismael. Sin embargo, minutos después señala un punto de la selva y comenta: “Allí está la quebrada del Chulo, donde apresaron al Che”.
            Se puede llegar a La Higuera desde Santa Cruz de la Sierra o desde Sucre. Mi primo y yo arribamos desde Sucre. Nos tomamos un bus de cinco horas hasta Villa Serrano, donde pasamos la noche. Y a la mañana siguiente tomamos otro vehículo rumbo a Valle Grande que nos dejó a 10 kilómetros de La Higuera. De ahí nos llevaron a dedo.
Ahora está en silencio y a oscuras la famosa escuela, luego convertida en museo. También la nueva escuela, donde viven dos médicos cubanos, los únicos del pueblo y donde está instalada una de las dos únicas antenas de televisión que hay en La Higuera. La otra está en un taller y congrega a todos los parroquianos futboleros. Hace unas horas, hombres y mujeres se juntaron a ver Real Madrid-Bayern Munich. Acá también la mayoría aborrece a Cristiano Ronaldo: explotó el taller cuando erró su penal. A la noche juega Bolivar, el equipo más popular de Bolivia, contra el Santos de Neymar. Nadie se lo quiere perder.

LOS VAGABUNDOS DEL DHARMA

           Las calles de Valparaiso sorprenden por sus murales, sus colores, sus paisajes y su abundancia canina. ¿Acaso se trata de la capital mundial del perro callejero? Es cuestión de caminar un par de cuadras para comprobarlo. “No son vagabundos, son perritos libres cuidados por todos”, intentó explicarme alguien. En realidad, al vivir en una ciudad portuaria y pesquera, los perros saben que siempre habrá comida para rapiñar. Si no es en la calle, seguro en algún muelle.

Sin embargo, el asunto va más allá de su mera presencia: hay algunas cuadras directamente patrulladas por perros. El derecho a transitar por sus zonas queda a criterio de sus hocicos. Ellos hacen saber fácilmente a través de sus ladridos quién puede y quién no. Entre este último grupo sólo eran identificables los carabineros. Tal vez por su indumentaria verde militar o por sus armamentos, claramente no entraban en la caterva de simpatía animal, y cuando se ponía de manifiesto ese rechazo ellos, los animales disfrazados, respondían a palazo sucio. Pero, para ser justos, no sólo son los pacos el blanco de sus ladridos, aunque sí, esto lo digo convencido, el preferido.
                A Samba le dieron cobijo cerca del Cerro Alegre, donde Pablo Neruda tenía su residencia La Sebastiana. No pertenecía a ninguna escuadra y pagaba precio cada vez que tenía que defenderse de los embistes de sus pares cuando se metía en rodeo ajeno. Así y todo su instinto iba más allá de la supervivencia. Era capaz de acompañar a su concubina hasta la puerta de un bar aledaño a la plaza Aníbal Pinto y luego, sin el menor problema de orientación, caminar las 15 cuadras de regreso en subida y diagonales hasta su "cucha".
                La adoptó Domi después de que salvara su vida por milagro. Los vecinos de sus antiguos padrinos se habían cansado de sus sonidos y la envenenaron. Debió mudarse y cambiar de familia. Ahora vive con dos chicas y dos gatos, sólo ladra en ocasiones especiales y es ella quien padece los ruidos molestos de los vecinos: un megamix de reggeaton que suena sin descanso. El animal tropieza con distintas piedras.