Sin embargo, el asunto va más
allá de su mera presencia: hay algunas cuadras directamente patrulladas por
perros. El derecho a transitar por sus zonas queda a criterio de sus hocicos.
Ellos hacen saber fácilmente a través de sus ladridos quién puede y quién no.
Entre este último grupo sólo eran identificables los carabineros. Tal vez por
su indumentaria verde militar o por sus armamentos, claramente no entraban en
la caterva de simpatía animal, y cuando se ponía de manifiesto ese rechazo ellos, los animales disfrazados,
respondían a palazo sucio. Pero, para ser justos, no sólo son los pacos el
blanco de sus ladridos, aunque sí, esto lo digo convencido, el preferido.
A Samba
le dieron cobijo cerca del Cerro Alegre, donde Pablo Neruda tenía su residencia
La Sebastiana. No pertenecía a ninguna escuadra y pagaba precio cada vez que
tenía que defenderse de los embistes de sus pares cuando se metía en rodeo
ajeno. Así y todo su instinto iba más allá de la supervivencia. Era capaz de
acompañar a su concubina hasta la puerta de un bar aledaño a la plaza Aníbal
Pinto y luego, sin el menor problema de orientación, caminar las 15 cuadras de
regreso en subida y diagonales hasta su "cucha".
La
adoptó Domi después de que salvara su vida por milagro. Los vecinos de sus
antiguos padrinos se habían cansado de sus sonidos y la envenenaron. Debió
mudarse y cambiar de familia. Ahora vive con dos chicas y dos gatos, sólo ladra
en ocasiones especiales y es ella quien padece los ruidos molestos de los
vecinos: un megamix de reggeaton que suena sin descanso. El animal tropieza con
distintas piedras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario