Paulo tiene 32 años y cree que La
Higuera ya no existiría si no hubiera sido el escenario de la muerte del Che. Y
algo de eso se percibe. Como si el mito, radicado en La Higuera muchos años
después de su muerte, le hubiera devuelto la vida a un pueblo condenado por el
propio fantasma del Che y las migraciones a las ciudades más grandes. 27
familias, poco más de 60 personas, es la población actual de La Higuera. Hay gente
que vivía ya en tiempos de guerrilla y otra que se vino en consecuencia. Entre ella, tres familias francesas que ofrecen alojamiento para turistas.
Pago, por supuesto. También dan servicios de trecking, merchandising y comida
cara con menúes temáticos. Por cierto, si uno quiere desayunar en "La casa del
Telegrafista", comprada por 700 dólares a la familia del telegrafista del que
habla el Che en su Diario, puede tomarse un Desayuno del guerrillero. El
homenaje y el aprovechamiento lucrativo se funden peligrosamente. El bar Los
Amigos, también de una pareja francesa, se tomó la molestia de rebautizar con un cartel la
calle “principal” de La Higuera: le puso
“Avenida 8 de octubre”.
David es otro de los franceses higuerenses. Llegó hace cuatro años. Vive con su novia brasileña y del turismo y la tranquilidad. Enfrente de su casa está Ismael (20), quien es boliviano y sigue en La Higuera para estar cerca de sus papas y su abuela. Sus hermanos prefirieron irse a Brasil. Sentada en una silla rodeada de chanchos y gallinas, por ahí anda Mirtha, la suegra de Paulo. Vive en La Higuera hace 20 años y rápidamente aclara que no pertenece a ninguna filiación política. Es así: los más antiguos vecinos de La Higuera prefieren no hablar de Guevara, acaso hastiados de tanta inquisitoria sobre el mismo asunto. “De chico nunca me dijeron nada de él”, aclara Ismael. Sin embargo, minutos después señala un punto de la selva y comenta: “Allí está la quebrada del Chulo, donde apresaron al Che”.
David es otro de los franceses higuerenses. Llegó hace cuatro años. Vive con su novia brasileña y del turismo y la tranquilidad. Enfrente de su casa está Ismael (20), quien es boliviano y sigue en La Higuera para estar cerca de sus papas y su abuela. Sus hermanos prefirieron irse a Brasil. Sentada en una silla rodeada de chanchos y gallinas, por ahí anda Mirtha, la suegra de Paulo. Vive en La Higuera hace 20 años y rápidamente aclara que no pertenece a ninguna filiación política. Es así: los más antiguos vecinos de La Higuera prefieren no hablar de Guevara, acaso hastiados de tanta inquisitoria sobre el mismo asunto. “De chico nunca me dijeron nada de él”, aclara Ismael. Sin embargo, minutos después señala un punto de la selva y comenta: “Allí está la quebrada del Chulo, donde apresaron al Che”.
Se puede llegar a La Higuera desde Santa Cruz de la Sierra o
desde Sucre. Mi primo y yo arribamos desde Sucre. Nos tomamos un bus de cinco
horas hasta Villa Serrano, donde pasamos la noche. Y a la mañana siguiente
tomamos otro vehículo rumbo a Valle Grande que nos dejó a 10 kilómetros de La Higuera. De ahí nos
llevaron a dedo.
Ahora está en silencio y a
oscuras la famosa escuela, luego convertida en museo. También la nueva escuela,
donde viven dos médicos cubanos, los únicos del pueblo y donde está instalada
una de las dos únicas antenas de televisión que hay en La Higuera. La otra está
en un taller y congrega a todos los parroquianos futboleros. Hace unas horas,
hombres y mujeres se juntaron a ver Real Madrid-Bayern Munich. Acá también la
mayoría aborrece a Cristiano Ronaldo: explotó el taller cuando erró su penal. A
la noche juega Bolivar, el equipo más popular de Bolivia, contra el Santos de
Neymar. Nadie se lo quiere perder.
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