jueves, 20 de septiembre de 2012

LA HIGUERA DONDE SIEMPRE SOS LA LEÑA

           A las 7 de la tarde, en La Higuera es de noche y sólo se escucha el sonido de la selva. Es imposible no juntar con los ojos un puñado de copas de árboles e imaginarse al Che con sus camaradas guerrilleros escondidos en esta música de grillos, insectos y misterio. Cómo eran sus noches acá, en qué momento estaría durmiendo. Caminar por estas breves calles de tierra y pasto es evocarlo en cada latido. Para Paulo, en cambio, es una sensación ya cotidiana. Él duerme todas las noches frente a la escuelita donde lo mataron en 1967. Está convencido de que el cuerpo del Che se lo quedó la CIA y no es el que encontraron los científicos cubanos en Valle Grande. Paulo tiene un bar al que le puso “Tania”, en homenaje a la guerrillera que combatió allí con el Che, y escucha música argentina: cumbia argentina. “Los que más vienen son ustedes, los argentinos. Ese mural de Tania lo pintó un grupo de chicos que vino en enero”. Al mes llegan a La Higuera, exclusivamente por el Che, 180 visitantes de todo el mundo, pero ningún día entra tanta gente como el 8 de octubre, en cada aniversario de su muerte. Dicen que ahí es cuando el alcohol y la música son el grito empuñado y el fusil.

Paulo tiene 32 años y cree que La Higuera ya no existiría si no hubiera sido el escenario de la muerte del Che. Y algo de eso se percibe. Como si el mito, radicado en La Higuera muchos años después de su muerte, le hubiera devuelto la vida a un pueblo condenado por el propio fantasma del Che y las migraciones a las ciudades más grandes. 27 familias, poco más de 60 personas, es la población actual de La Higuera. Hay gente que vivía ya en tiempos de guerrilla y otra que se vino en consecuencia. Entre ella, tres familias francesas que ofrecen alojamiento para turistas. Pago, por supuesto. También dan servicios de trecking, merchandising y comida cara con menúes temáticos. Por cierto, si uno quiere desayunar en "La casa del Telegrafista", comprada por 700 dólares a la familia del telegrafista del que habla el Che en su Diario, puede tomarse un Desayuno del guerrillero. El homenaje y el aprovechamiento lucrativo se funden peligrosamente. El bar Los Amigos, también de una pareja francesa, se tomó la molestia de rebautizar con un cartel la calle “principal” de La Higuera: le puso “Avenida 8 de octubre”.
David es otro de los franceses higuerenses. Llegó hace cuatro años. Vive con su novia brasileña y del turismo y la tranquilidad. Enfrente de su casa está Ismael (20), quien es boliviano y sigue en La Higuera para estar cerca de sus papas y su abuela. Sus hermanos prefirieron irse a Brasil. Sentada en una silla rodeada de chanchos y gallinas, por ahí anda Mirtha, la suegra de Paulo. Vive en La Higuera hace 20 años y rápidamente aclara que no pertenece a ninguna filiación política. Es así: los más antiguos vecinos de La Higuera prefieren no hablar de Guevara, acaso hastiados de tanta inquisitoria sobre el mismo asunto. “De chico nunca me dijeron nada de él”, aclara Ismael. Sin embargo, minutos después señala un punto de la selva y comenta: “Allí está la quebrada del Chulo, donde apresaron al Che”.
            Se puede llegar a La Higuera desde Santa Cruz de la Sierra o desde Sucre. Mi primo y yo arribamos desde Sucre. Nos tomamos un bus de cinco horas hasta Villa Serrano, donde pasamos la noche. Y a la mañana siguiente tomamos otro vehículo rumbo a Valle Grande que nos dejó a 10 kilómetros de La Higuera. De ahí nos llevaron a dedo.
Ahora está en silencio y a oscuras la famosa escuela, luego convertida en museo. También la nueva escuela, donde viven dos médicos cubanos, los únicos del pueblo y donde está instalada una de las dos únicas antenas de televisión que hay en La Higuera. La otra está en un taller y congrega a todos los parroquianos futboleros. Hace unas horas, hombres y mujeres se juntaron a ver Real Madrid-Bayern Munich. Acá también la mayoría aborrece a Cristiano Ronaldo: explotó el taller cuando erró su penal. A la noche juega Bolivar, el equipo más popular de Bolivia, contra el Santos de Neymar. Nadie se lo quiere perder.

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