lunes, 19 de noviembre de 2012

LA FULBITO

Estoy seguro de que estaban acá. Hasta hace algunos años, seguro. Cuando hubo que hacer lugar en la habitación para otras cosas, pusimos todas las revistas en este armario, acá arriba. Pero ahora no las encuentro, no están ahí. Quedaron algunos números de “El Gráfico”, las que esperaba debajo de la puerta los martes a la mañana, pero no hay ninguna “Fulbito”, y yo estoy buscando la pequeña colección de revistas “Fulbito”, la revista que conseguíamos sólo algunos privilegiados, la que cubría periodísticamente la liga de fútbol FAFI, de Babi Fútbol. Babi fútbol. Se dice así porque lo juegan chicos en canchas chicas.
Si yo metía un gol en los partidos que jugaba, en la revista “Fulbito” aparecía mi nombre: G. Halfon. Y cuando hacía un gol mi hermano Hernán, que jugaba conmigo en la categoría 83 de Caballito Jrs., figuraba H. Halfon. Nos trataban como auténticos futbolistas. Tenían notas e informes de los partidos que disputábamos y hasta una sección dedicada a la vida privada de los pequeños cracks donde, por ejemplo, me enteré que al Colorado Vidal, el 10 de Villa Luro Norte, no le gusta más otra comida que el vitel toné. Incluso en la “Fulbito” nos ponían apodos: siempre me dio risa que a un compañero le digan El Galgo. El Galgo Estebarena. No porque fuera un perro jugando sino porque se destacaba en velocidad.
Pero no es por El Galgo ni para recordar en qué partido hice un gol que estoy buscando la colección de revistas “Fulbito”. En realidad, quiero corroborar un apellido: el apellido de un grandote que jugaba de defensor en General Lamadrid. Un ropero de 9 años que le pegaba fuertísimo los tiros libres, tenía un cañón en el pie y cuando te ponía el hombro para sacarte la pelota te mandaba al demonio. Ahora me suena que le decíamos el Gordo Muzzupapa, porque en ese entonces designábamos con crueldad los apodos, pero me parece que no era Muzzupapa. Como sea, Muzzupapa sería la respuesta que arriesgaría en esos programas de preguntas y respuestas si se me acabara el tiempo.
Me gustaba enfrentar a Muzzupapa, o como se llame, más cuando jugábamos en la cancha de Lamadrid, en Villa Devoto, sobre la calle Desaguadero, pegada a la cárcel. La cancha de Lamadrid también me atrapaba por las redes de sus arcos: eran muy cuadradas, como las canchas de verdad. En ese momento, para mi hermano Hernán y para mí la posición y diagramación de las redes de los arcos de fútbol era un aspecto importantísimo del juego; no era lo mismo hacer o ver un gol en una red linda, bien armadita, que en una red deshilachada puesta así nomás, sin ningún efecto especial cuando la pelota ingresa al arco y se la lleva por delante. Todavía hoy con Hernán comentamos con énfasis lo bueno o mala que está tal o cual red. Desde ese aspecto, la cancha de Lamadrid me motivaba mucho. Y desde otros también: estaba pegada al estadio de fútbol principal de Lamadrid, donde juega el equipo de Primera C. Tal vez ahora no exista más, pero en ese momento había una puerta que conectaba la cancha de babi fútbol, donde jugábamos nosotros, con la tribuna local del estadio central.
Un sábado que jugamos contra Lamadrid de visitante, esa puerta estaba abierta. Antes de jugar nuestro partido, mientras jugaban las otras categorías, con mis compañeros cruzamos ese umbral raudamente, con seria emoción. Al fin y al cabo, era un estadio de fútbol. De la Primera C, pero con alambrado olímpico y todo. ¡Cómo olvidar ese alambrado! Si en mi muslo derecho, apenas arriba de mi rodilla, todavía hoy, 20 años después, veo las huellas de ese alambrado. Es una cicatriz ancha y discreta cuando tengo la pierna doblada, y corta pero más visible y espesa cuando la extiendo. Es de aquel sábado que dejaron la puerta abierta y nosotros invadimos la tribuna local de un estadio vacío, porque ese día el equipo de Primera no jugaba, y nos trepamos al alambrado. Para gritar un gol soñado, para insultar a un árbitro imaginado, por el sólo hecho de trepar. Yo no era muy trepador, pero sentía fascinación por trepar alambrados, particularmente alambrados. Era de los que se trepaba para gritar un gol. Cuando jugaba al fútbol en el balcón de mi casa me trepaba hasta lo más alto de las rejas. Vivíamos en un sexto piso y mi vida corría peligro en cada gol. Entonces, ver ese alambrado gigante del estadio de Lamadrid me sumergió en una felicidad feroz, tan feroz que trepé más de lo aconsejado y un refuerzo de púas me pintó una línea roja y profunda en el muslo. Yo estaba tan contento por haberme trepado a ese alambrado profesional que la herida no me importó ni me impidió jugar mi partido esa tarde. Mi papá, que nos iba a ver siempre, me dio un poco de ese líquido naranja que se usa para las heridas y ya, un simple corte.
A veces, cuando la encuentro por casualidad, poniéndome una media quizás, pienso que fue demasiada cicatriz para un corte tan poco dramático. Pero así se comportan las cicatrices y está bien que así sea. Así cuando me miro el muslo derecho me acuerdo de la cancha de Lamadrid, de la alegría de treparme a un alambrado, de ver una red de fútbol bella y de que te marque el Gordo Muzzupapa, que en verdad no creo que se llame Muzzupapa pero a esta altura ya me da igual.

jueves, 20 de septiembre de 2012

LA HIGUERA DONDE SIEMPRE SOS LA LEÑA

           A las 7 de la tarde, en La Higuera es de noche y sólo se escucha el sonido de la selva. Es imposible no juntar con los ojos un puñado de copas de árboles e imaginarse al Che con sus camaradas guerrilleros escondidos en esta música de grillos, insectos y misterio. Cómo eran sus noches acá, en qué momento estaría durmiendo. Caminar por estas breves calles de tierra y pasto es evocarlo en cada latido. Para Paulo, en cambio, es una sensación ya cotidiana. Él duerme todas las noches frente a la escuelita donde lo mataron en 1967. Está convencido de que el cuerpo del Che se lo quedó la CIA y no es el que encontraron los científicos cubanos en Valle Grande. Paulo tiene un bar al que le puso “Tania”, en homenaje a la guerrillera que combatió allí con el Che, y escucha música argentina: cumbia argentina. “Los que más vienen son ustedes, los argentinos. Ese mural de Tania lo pintó un grupo de chicos que vino en enero”. Al mes llegan a La Higuera, exclusivamente por el Che, 180 visitantes de todo el mundo, pero ningún día entra tanta gente como el 8 de octubre, en cada aniversario de su muerte. Dicen que ahí es cuando el alcohol y la música son el grito empuñado y el fusil.

Paulo tiene 32 años y cree que La Higuera ya no existiría si no hubiera sido el escenario de la muerte del Che. Y algo de eso se percibe. Como si el mito, radicado en La Higuera muchos años después de su muerte, le hubiera devuelto la vida a un pueblo condenado por el propio fantasma del Che y las migraciones a las ciudades más grandes. 27 familias, poco más de 60 personas, es la población actual de La Higuera. Hay gente que vivía ya en tiempos de guerrilla y otra que se vino en consecuencia. Entre ella, tres familias francesas que ofrecen alojamiento para turistas. Pago, por supuesto. También dan servicios de trecking, merchandising y comida cara con menúes temáticos. Por cierto, si uno quiere desayunar en "La casa del Telegrafista", comprada por 700 dólares a la familia del telegrafista del que habla el Che en su Diario, puede tomarse un Desayuno del guerrillero. El homenaje y el aprovechamiento lucrativo se funden peligrosamente. El bar Los Amigos, también de una pareja francesa, se tomó la molestia de rebautizar con un cartel la calle “principal” de La Higuera: le puso “Avenida 8 de octubre”.
David es otro de los franceses higuerenses. Llegó hace cuatro años. Vive con su novia brasileña y del turismo y la tranquilidad. Enfrente de su casa está Ismael (20), quien es boliviano y sigue en La Higuera para estar cerca de sus papas y su abuela. Sus hermanos prefirieron irse a Brasil. Sentada en una silla rodeada de chanchos y gallinas, por ahí anda Mirtha, la suegra de Paulo. Vive en La Higuera hace 20 años y rápidamente aclara que no pertenece a ninguna filiación política. Es así: los más antiguos vecinos de La Higuera prefieren no hablar de Guevara, acaso hastiados de tanta inquisitoria sobre el mismo asunto. “De chico nunca me dijeron nada de él”, aclara Ismael. Sin embargo, minutos después señala un punto de la selva y comenta: “Allí está la quebrada del Chulo, donde apresaron al Che”.
            Se puede llegar a La Higuera desde Santa Cruz de la Sierra o desde Sucre. Mi primo y yo arribamos desde Sucre. Nos tomamos un bus de cinco horas hasta Villa Serrano, donde pasamos la noche. Y a la mañana siguiente tomamos otro vehículo rumbo a Valle Grande que nos dejó a 10 kilómetros de La Higuera. De ahí nos llevaron a dedo.
Ahora está en silencio y a oscuras la famosa escuela, luego convertida en museo. También la nueva escuela, donde viven dos médicos cubanos, los únicos del pueblo y donde está instalada una de las dos únicas antenas de televisión que hay en La Higuera. La otra está en un taller y congrega a todos los parroquianos futboleros. Hace unas horas, hombres y mujeres se juntaron a ver Real Madrid-Bayern Munich. Acá también la mayoría aborrece a Cristiano Ronaldo: explotó el taller cuando erró su penal. A la noche juega Bolivar, el equipo más popular de Bolivia, contra el Santos de Neymar. Nadie se lo quiere perder.

LOS VAGABUNDOS DEL DHARMA

           Las calles de Valparaiso sorprenden por sus murales, sus colores, sus paisajes y su abundancia canina. ¿Acaso se trata de la capital mundial del perro callejero? Es cuestión de caminar un par de cuadras para comprobarlo. “No son vagabundos, son perritos libres cuidados por todos”, intentó explicarme alguien. En realidad, al vivir en una ciudad portuaria y pesquera, los perros saben que siempre habrá comida para rapiñar. Si no es en la calle, seguro en algún muelle.

Sin embargo, el asunto va más allá de su mera presencia: hay algunas cuadras directamente patrulladas por perros. El derecho a transitar por sus zonas queda a criterio de sus hocicos. Ellos hacen saber fácilmente a través de sus ladridos quién puede y quién no. Entre este último grupo sólo eran identificables los carabineros. Tal vez por su indumentaria verde militar o por sus armamentos, claramente no entraban en la caterva de simpatía animal, y cuando se ponía de manifiesto ese rechazo ellos, los animales disfrazados, respondían a palazo sucio. Pero, para ser justos, no sólo son los pacos el blanco de sus ladridos, aunque sí, esto lo digo convencido, el preferido.
                A Samba le dieron cobijo cerca del Cerro Alegre, donde Pablo Neruda tenía su residencia La Sebastiana. No pertenecía a ninguna escuadra y pagaba precio cada vez que tenía que defenderse de los embistes de sus pares cuando se metía en rodeo ajeno. Así y todo su instinto iba más allá de la supervivencia. Era capaz de acompañar a su concubina hasta la puerta de un bar aledaño a la plaza Aníbal Pinto y luego, sin el menor problema de orientación, caminar las 15 cuadras de regreso en subida y diagonales hasta su "cucha".
                La adoptó Domi después de que salvara su vida por milagro. Los vecinos de sus antiguos padrinos se habían cansado de sus sonidos y la envenenaron. Debió mudarse y cambiar de familia. Ahora vive con dos chicas y dos gatos, sólo ladra en ocasiones especiales y es ella quien padece los ruidos molestos de los vecinos: un megamix de reggeaton que suena sin descanso. El animal tropieza con distintas piedras.

martes, 15 de noviembre de 2011

EL SOL PEGA MAS A LOS OJOS

 Ayer me jubilé, doctor. Quizás no tenga nada que ver con mi diagnóstico, pero yo se lo cuento por las dudas. Y para que me entienda. Fui encargado de una librería durante 31 años. De la librería “Los puntanos”, porque los dueños son dos hermanos de San Luis. Estuve trabajando para ellos 31 años. 31 años tiempo completo. Sin feriados, sin fines de semanas, sin almuerzos de Día del padre. Imagínese lo que es no poder disfrutar de un día al aire libre en tanto tiempo. Salvo en vacaciones, claro, pero no es lo mismo. 31 años trabajando de lunes a lunes de 10 a 20. Imagínese. Todo por mantener a mis seis pibes. No fue la vida que hubiera elegido, pero tampoco me arrepiento. Pudo haber sido peor. Usted me entiende. Por eso ahora que todos mis hijos ya son grandes y pueden vivir por sus propios medios, pude jubilarme tranquilo para ocuparme de mí. Y empecé por un viejo y postergado anhelo: salir a andar en bicicleta… Espere, doctor, escúcheme, por favor.  
Vivo desde los 23 años en Capital Federal, pero yo nací y me crié en Mercedes, provincia de Buenos Aires, capital nacional del salame. Mi casa quedaba en las afueras de la ciudad, sobre una calle de tierra. Yo andaba todas las tardecitas en bicicleta por esa calle. Esperaba que bajara el sol y me trepaba a la bici. Me gustaba pedalear de frente a ese sol enano, de las siete de la tarde más o menos, que si miraba al horizonte me dejaba ciego. Entreabría los ojos mientras mis manos apretaban del manubrio y mis piernas se movían como las ruedas, sin principio ni fin. ¿Ahora entiende por qué empecé por la bici? Ya le voy a decir qué tiene que ver todo esto con su visita. Espéreme, sea usted también paciente. Yo esperé 31 años, imagínese.
¿Ve esa bicicleta que está ahí? La compré la semana pasada. La tuve hibernando en este balcón cinco días. Cada noche antes de irme a dormir, la venía a ver y me imaginaba cómo me sentiría ahora, después de montarla. Mire lo que son las cosas. La miraba y me subía, pero aún no podía pedalear ni ver el sol.
Como le decía, hoy es mi primer día como jubilado. Más temprano estuve escuchando la radio y tomando mates. Desde las últimas vacaciones en Mar de Ajó que no estaba tan tranquilo. ¡Cuánto hacía! Después, en la última agonía de la tarde, a la usanza de la infancia mercedina, agarré la bicicleta, la metí con esfuerzos, eso sí lo reconozco, en el ascensor y me fui a andar. Pensé que las plazas seguían siendo los espacios óptimos para la práctica al aire libre, pero al llegar a la que está acá a la vuelta supe que si no cambiaba de idea iba a atropellar a cualquiera de los que estaban holgazaneando en el pasto. No me quedó otra que soltarme a andar en la calle. Sé que ahora hay bicisendas, pero así no era como lo imaginé. Preferí ir por la calle, bordeando la vereda derecha, como había visto tantas veces a otros. Es cierto que hacía mucho que no practicaba deporte, pero en ningún momento me sentí mal. No tuve miedo nunca. Tampoco me agité. Ni un bocinazo recibí, se lo juro. Sólo estaba preocupado en encontrar ese sol bajito que ciega y pinta las cosas como una película antigua. Va a pensar que estoy loco, doctor, pero estaba más pendiente de eso que de disfrutar de andar nuevamente en bicicleta. Iba despacio, siguiendo los haces de luz. Pero el sol asomaba y se replegaba a cada momento, era un torero y yo el pobre toro siguiendo la manta roja. Y los edificios sacaban altura como si fueran patovicas. Belgrano tiene un altísimo promedio de árboles, ése era uno de los motivos por los que me instalé en este barrio cuando vine de Mercedes. Pero a veces la naturaleza atenta contra sí misma. La cuestión es que el sol, eso que yo llamo sol, no aparecía por ningún lado.
Llegué hasta Villa Urquiza. Ahí dejé de buscar. Dije basta por hoy, demasiado. Ya un poco cansado, es cierto, volví a mi casa. Tampoco en el camino de regreso encontré la suavidad de esos rayos. Me di por vencido aún vencido, desoí la enseñanza de Almafuerte. Estaba frustrado, aunque hasta ese momento no tuve ningún inconveniente físico. Ya había planeado irme mañana a la Costanera, ahí lo encontraría seguro. Pero pasó algo impensado, doctor. Llegué a mi casa, vine a dejar la bicicleta al balcón y acá mismo, acá donde estoy parado ahora, encontré ese sol del que tanto le hablo. Lo encontré viejo como mi anhelo, a nueve pisos de altura, pero estoy seguro de que era el mismo de mi infancia en Mercedes. Me di cuenta porque lo miré a los ojos y, por fin, el sol me encegueció... Bueno. Después de eso, no me acuerdo más nada. Cuando me desperté, habían pasado casi dos horas. Estaba tirado en el balcón con la remera empapada, pero sin ningún golpe ni moretón. Por eso lo llamé.

miércoles, 12 de octubre de 2011

ARBOL GENEALOGICO

Nuestro árbol genealógico
tendría dos hojas verdes
pero más ramas que el de una familia isabelina
y la princesa en el centro

Hemos sido hijos de dos noches:
una impúdica de verano
otra serena de otoño

También hemos sido
hermanos de la sinceridad
la ternura infantil, animal y jubilada

Padres de nuestras
alegrías desmesuradas
ilusiones intachables (como todas)
flores acalambradas de tanta agua que cayó
manos por debajo de la remera
y el pantalón

Tíos de consejos indulgentes 
materia prima
para amasarnos
o ver el sol de noche
y la luna a cualquier hora

Esposos sin esposas
amantes de tarde
palabras y rituales
que se entremezclaban en el sabor que no tiene nombre
y debería llamarse
estamos solos en mi casa y enamorados

Abuelos de darnos la mano
decirnos “hasta mañana”
besarnos
dormir
despertarnos
abrazarnos dormidos

Hemos sido
tan bien
nosotros mismos
Y todavía seremos
parientes

jueves, 29 de septiembre de 2011

SUSANA G.

En su sueño, ella seguía siendo la más linda de la división. Solo tenía el pelo un poco más oscuro y corto, un nuevo peinado. En el resto de los detalles nada había cambiado. Los ojos pardos de águila venenosa seguían allí. Su boca más bien rosa y fina, fresca y perdida entre sus pecas, esa boca también arrugada aún relucía. Todo estaba intacto. Hasta la voz era la misma: grave sin perder elegancia, como de cantante de tango. Al despertarse, Gustavo quedó absorto de que todo estuviera intacto. Se mantuvo recostado un minuto más y se levantó bruscamente de la cama con la musculosa mojada de sudor y el ligero ronquido de Nelly imperturbable.
Bien pudo tratarse de una pesadilla: si había un tramo que quería borrar de su historial, si fuera posible de un plumazo, era el Secundario. En esos años, Gustavo la había pasado mal, y de eso le había quedado buena memoria. Cosechó algunos amigos desde su guardapolvo machacado por la plancha de su mamá, pero esos pocos, a lo sumo tres, también sufrían los constantes avatares de los más rebeldes y populares, que eran los mismos. Ni siquiera esa coraza propia de una tribu en desventaja le aplacó el sufrimiento que le generaba una burla, una ironía, ser siempre el último elegido en el puntín, aburrirse en los recreos, no ser invitado a los bailes y, mucho más, ser inadvertido por Susana. Si hay que ser totalmente sinceros, ése era el gran escollo de su adolescencia: que para ella escucharlo fuera lo mismo que escuchar caer una hoja al suelo.
No le costó demasiado tiempo descifrar por qué, después de traerlo en sueños, el recuerdo de Susana se mantuvo inquieto a lo largo del día, en un trámite en la farmacia y hasta cuando le envolvían los huevos en la carnicería. La idea emergió como un capricho imposible de extirpar de la cabeza, aunque al principio le sonara a locura. ¿55 años después? ¿Para qué? Pero Gustavo quería ver qué se traía entre manos el paso del tiempo, ya estaba aferrado a la esperanza de que la experiencia le haya agrandado el talle para otra oportunidad. Quería ver cómo se tratarían ahora, cómo se hablarían. Eran muchas las preguntas como para quedarse con la duda.
A medida que fue afirmándose en la certeza de que sí, realmente iría a la búsqueda de Susana y no había vuelta atrás, su lucidez le ofrecía migajas que la memoria guardaba entre telarañas. Por ejemplo, sus desayunos de café con leche, sus viajes en colectivo al colegio, Adelia, la profesora de Matemática, su pelo largo hasta la cintura y sus tareas. Tardó cinco días en dar con el paradero de su compañera de curso. Recordaba que su apellido era Gutiérrez, y que su padre, quien seguramente ya estaba muerto, era odontólogo. Lo demás era tarea de investigación. 
El primer paso fue revisar todas las agendas, pero en ninguna encontró algún Gutiérrez. Después de una derrota inicial sin sorpresas (bien sabía todo lo que le había costado enterrar aquella época), empezó el verdadero trabajo de campo: tomó la guía telefónica, encontró 423 Gutiérrez y los fue llamando, uno a uno, cada tarde que Nelly se juntaba a jugar a la canasta con sus amigas. 87 Gutiérrez a los que llamó decían conocer una Susana septuagenaria. De esas, 53 estaban muertas y 34 vivas. Quedaron en carrera las que tenían al menos un hermano varón, como a Gustavo también le sonaba, pero solamente encontró una Susana Gutiérrez que además había tenido un padre odontólogo.
-No me acuerdo bien a qué colegio fue mi mamá, pero sí, mi abuelo era dentista -confirmó en un una charla telefónica Miriam, la hija de Susana, quien además de la dirección del geriátrico donde la encontraría, le hizo un resumen de los años que estuvieron entre paréntesis desde que terminaron el Secundario. Su madre había estudiado odontología como su padre, pero al tercer año de carrera la parió y dejó los claustros y los libros para dedicarse a ella y su marido. Gustavo quedó con la boca abierta al enterarse de la noticia. No lo sorprendió que se haya casado con otro hombre, algo lógico de acuerdo a su naturaleza, sino quién era ese hombre:
-Mi papá se llama Santiago, se conocieron con mamá en el colegio. Usted lo debe conocer, entonces –le contó Miriam a Gustavo, quien inmediatamente recordó al silencioso y meditabundo compañero de banco por el que no hubiera dado ni dos pesos. Lo que era todavía más increíble es que, a la larga, el mismo Santiago le haya dado a Susana dos hijos más y el peor disgusto: dejarla.
-No sé si usted lo estimaba, pero terminó siendo un cretino. Nos abandonó cuando yo tenía 14 años –completó Miriam. Del otro lado, el tubo de Gustavo temblaba. Igualmente, Santiago no fue el único hombre en su vida, restringida a la crianza de sus hijos y a las atenciones a sus maridos. Luego se casó con un marino mercante y tuvo una hija más.
Antes de ir a visitar a Susana, Gustavo se tomó dos días de preparación. Fue a la peluquería, se compró un pantalón (en un hecho que despertó cierto asombro en Nelly) y por último, casi antes de abrir la puerta de calle, se perfumó. Se tomó un colectivo, ingresó al geriátrico y encontró a Susana Gutiérrez, en un amplio patio, sentada en una silla de ruedas tejiendo. La mujer del sueño le había dado paso a una real, más arrugada que aquella joven de piel tersa y llana, también más baja y ancha de caderas, pero con la misma identidad en su expresión. Por todos lados sí, pero por sus ojos los años no habían podido pasar, pensó Gustavo. De lo que había perdido registro, después de tantas décadas, era de un importante lunar cerca de la comisura de su boca que le agregaba aún más personería a su encanto. Se acercó caminando lentamente, con timidez, acompañado por una enfermera:
            -Mire, Susana, vinieron a verla.
Susana dejó de apuntar a una lana azul y sus trabajadores ovillos, y se centró en su visitante.
-Hola, Susana. ¿Cómo estás? –dijo Gustavo en voz bajísima.
-Se llama Gustavo y es un amigo suyo de la infancia –intentó orientarla la enfermera.
-No te conozco -dijo Susana en un tono seco y rígido.
La enfermera hizo una mueca y le dio un beso en su pelo que partía a la mitad canas y tintura color aserrín. Casi al oído le dijo a Gustavo “tiene Alzheimer, pobrecita” y se despidió:
-Bueno, los dejo solos, que deben tener mucho para conversar.
A Gustavo lo animó esta versión mucho más mansa de Susana y le habló de su hija y el colegio. A pesar de que siguió insistiendo con que no lo conocía, ella empezó a escuchar con atención, despreocupada pero interesada, las historias que él le contaba sobre su vida, la de ella y pequeñas reminiscencias juveniles no del todo fidedignas, dicho sea de paso. El primer mes la visitó una vez por semana. Le llevaba bombones, flores o masitas, según el clima. Al notar el entusiasmo de Susana cada vez que llegaba, impulsado por los comentarios de las enfermeras acerca de qué alegre se la veía desde conocerlo, comenzó a ir todas las tarde que Nelly se juntaba a jugar a la canasta con sus amigas. O sea, casi todos los días. Había veces en que, además de conversar y observarse, se daban la mano.
-¿Y vos quién sos? No te conozco –le decía cada tanto Susana como la primera vez que los presentó la enfermera. Gustavo sonreía al escuchar esa frase, que a la vez entendía como un código propio. Incluso siguió escuchándola, y sonriendo, después de que, uno de esos días de júbilo en plena jubilación, mientras esperaba la señal de un semáforo, un señor de boina y anteojos se le puso delante y lo llamó por su nombre:
-¿Gustavo Celaya?
-Sí. ¿Nos conocemos? –preguntó Gustavo, desconfiado.
-Claro, ¡soy Santiago Lemos, su compañero de banco en el San Martín! ¿No se acuerda?
-¿Santiago? ¿Usted?
-Sí –contestó el hombre, algo emocionado-. Bueno, pasaron muchos años y muchas cosas, es entendible que no me reconozca.
-Ssssí… Pero me acuerdo de usted, Santiago. Sé quién es –dijo Gustavo sin poder ocultar un tono serio producido por el impacto.
-Bueno, ¡qué alegría entonces! ¿Y qué fue de su vida? –dijo Santiago y le extendió la mano.
-Bien –contestó Gustavo al tiempo que también respondía el apretón de manos-. Me jubilé hace poco. Estudié Administración, trabajé en varias empresas, me casé, tuve hijos, nietos…
-Ah, ¡no puede quejarse!
-La verdad es que no. ¿Y usted?
-Yo también me casé y tuve nietos –contó Santiago.
-Mire qué bien… Me alegro… ¿Varias veces?
-No, por ahora tengo uno solo –dijo Santiago.
-Qué bien… Mi pregunta en verdad era si se había casado varias veces –aclaró Gustavo.
-Ah, no. Una sola vez. Y enviudé.
-¿Enviudó? –interrogó sobresaltado.
-Sí, ya van a ser dos años…
-Lo lamento mucho –dijo de manera automática, sin escucharse: su mente estaba ocupada en develar si había otro Santiago en el curso que había borrado de su memoria, o si le estaba mintiendo. Y se desahogó:
-A mí me habían contado, hace un tiempo, que usted estuvo casado con Susana Gutiérrez.
-¿Qué? ¿Susana Gutiérrez? –preguntó Santiago con el ceño fruncido y los ojos achinados.
-Sí, nuestra compañera de colegio –lo acorraló Gustavo.
-¿Usted dice la chica de ojos verdes y pelo castaño? ¿La linda?
-Sí, esa misma –acató con nerviosismo.
-¡Nooo, hombre! Pero no se llamaba Susana Gutiérrez: era Susana Gómez… Yo me casé con Ramona Maraschi, mi vecina –corrigió Santiago a su viejo amigo, a quien le bastó escuchar “Gómez” para resignarse con alivio y sin fisuras a su implacable equivocación.
-¿Yo casado con Susana Gómez? -se asombró Santiago-. ¿Y quién le fue con ese cuento, Don Gustavo? Seguro que alguno de los sinvergüenzas que nos hacían la vida imposible, ¿no?

jueves, 15 de septiembre de 2011

FLORES Y ESPINAS

¿Hasta dónde iba esa gente tan temprano para morir? ¿Hasta dónde puede tener jurisprudencia el destino en casos así? ¿Hasta dónde tenía que llegar el chofer del colectivo para no esperar una barrera a media asta con otras vidas a sus hombros? ¿Hasta dónde no fuimos cómplices de su urgencia con nuestro propio ritmo cotidiano? ¿Hasta dónde recordó a su mujer y a sus hijos? ¿Hasta dónde no tuvo demasiada desgracia?
¿Hasta dónde es necesario despertarse, desayunar, almorzar, merendar, cenar y dormirse con las imágenes (desde todos los ángulos) del escalofriante choque de dos trenes y un colectivo? ¿Hasta dónde viajan las filmaciones de las cámaras de seguridad de la Policía Metropolitana?
¿Hasta dónde hace acordar al caso Candela? ¿Hasta dónde es creíble que de un día para el otro los choques estén de moda? ¿Hasta dónde irán los que huyeron por las ventanas?
¿Hasta dónde le cabe de responsabilidad al Estado tal sorpresiva despedida del mundo? ¿Hasta dónde representa de su presupuesto completar la obra de túneles en todos los pasos a nivel de las ciudades más presurosas del país? ¿Hasta dónde hace falta gastar esa plata por accidentes evitables? ¿Hasta dónde fue falta de previsión gubernamental? ¿Hasta dónde fue falta de previsión personal?
¿Hasta dónde se habrá escuchado el impacto? ¿Hasta dónde recordarán los testigos? ¿Hasta dónde le compete al hombre que dejó la barrera huérfana antes de que lo reemplazaran? ¿Hasta dónde será cierto que eso fue realmente así? ¿Hasta dónde, si fue así, no delata su pertenencia a esta sociedad?
¿Hasta dónde nos cuesta esperar un minuto? ¿Hasta dónde se van a seguir fabricando autos? ¿Hasta dónde llegará nuestra conciencia después de esta lección? ¿Hasta dónde dejará de ser un tema de actualidad? ¿Hasta dónde era de día y hasta dónde era de noche a esa hora en Flores? ¿Hasta dónde habrán visto los bomberos? ¿Hasta dónde escribirán historias de llanto los trenes?
¿Hasta dónde importa la distinción entre medios de transporte “más” y “menos” seguros? ¿Hasta dónde respiran quienes se bajaron en Caballito y Floresta? ¿Hasta dónde pueden indagarse las explicaciones de un horror? ¿Hasta dónde existen?