Estoy seguro de que estaban
acá. Hasta hace algunos años, seguro. Cuando hubo que hacer lugar en la
habitación para otras cosas, pusimos todas las revistas en este armario, acá
arriba. Pero ahora no las encuentro, no están ahí. Quedaron algunos números de
“El Gráfico”, las que esperaba debajo de la puerta los martes a la mañana,
pero no hay ninguna “Fulbito”, y yo estoy buscando la pequeña colección de
revistas “Fulbito”, la revista que conseguíamos sólo algunos privilegiados, la
que cubría periodísticamente la liga de fútbol FAFI, de Babi Fútbol. Babi
fútbol. Se dice así porque lo juegan chicos en canchas chicas.
Si yo metía un gol en los
partidos que jugaba, en la revista “Fulbito” aparecía mi nombre: G. Halfon. Y
cuando hacía un gol mi hermano Hernán, que jugaba conmigo en la categoría 83 de
Caballito Jrs., figuraba H. Halfon. Nos trataban como auténticos futbolistas.
Tenían notas e informes de los partidos que disputábamos y hasta una sección
dedicada a la vida privada de los pequeños cracks donde, por ejemplo, me enteré
que al Colorado Vidal, el 10 de Villa Luro Norte, no le gusta más otra comida
que el vitel toné. Incluso en la “Fulbito” nos ponían apodos: siempre me dio
risa que a un compañero le digan El Galgo. El Galgo Estebarena. No
porque fuera un perro jugando sino porque se destacaba en velocidad.
Pero no es por El Galgo ni
para recordar en qué partido hice un gol que estoy buscando la colección de
revistas “Fulbito”. En realidad, quiero corroborar un apellido: el apellido de
un grandote que jugaba de defensor en General Lamadrid. Un ropero de 9 años que
le pegaba fuertísimo los tiros libres, tenía un cañón en el pie y cuando te
ponía el hombro para sacarte la pelota te mandaba al demonio. Ahora me suena
que le decíamos el Gordo Muzzupapa, porque en ese entonces designábamos con
crueldad los apodos, pero me parece que no era Muzzupapa. Como sea, Muzzupapa
sería la respuesta que arriesgaría en esos programas de preguntas y respuestas
si se me acabara el tiempo.
Me gustaba enfrentar a
Muzzupapa, o como se llame, más cuando jugábamos en la cancha de Lamadrid, en
Villa Devoto, sobre la calle Desaguadero, pegada a la cárcel. La cancha de
Lamadrid también me atrapaba por las redes de sus arcos: eran muy cuadradas,
como las canchas de verdad. En ese momento, para mi hermano Hernán y para mí la
posición y diagramación de las redes de los arcos de fútbol era un aspecto
importantísimo del juego; no era lo mismo hacer o ver un gol en una red linda,
bien armadita, que en una red deshilachada puesta así nomás, sin ningún efecto
especial cuando la pelota ingresa al arco y se la lleva por delante. Todavía
hoy con Hernán comentamos con énfasis lo bueno o mala que está tal o cual red.
Desde ese aspecto, la cancha de Lamadrid me motivaba mucho. Y desde otros
también: estaba pegada al estadio de fútbol principal de Lamadrid, donde juega
el equipo de Primera C. Tal vez ahora no exista más, pero en ese momento había
una puerta que conectaba la cancha de babi fútbol, donde jugábamos nosotros,
con la tribuna local del estadio central.
Un sábado que jugamos
contra
Lamadrid de visitante, esa puerta estaba abierta. Antes de jugar nuestro
partido, mientras jugaban las otras categorías, con mis compañeros
cruzamos ese
umbral raudamente, con seria emoción. Al fin y al cabo, era un estadio
de
fútbol. De la Primera C, pero con alambrado olímpico y todo. ¡Cómo
olvidar ese
alambrado! Si en mi muslo derecho, apenas arriba de mi rodilla, todavía
hoy, 20
años después, veo las huellas de ese alambrado. Es una cicatriz ancha y
discreta cuando tengo la pierna doblada, y corta pero más visible y
espesa
cuando la extiendo. Es de aquel sábado que dejaron la puerta abierta y
nosotros
invadimos la tribuna local de un estadio vacío, porque ese día el equipo
de
Primera no jugaba, y nos trepamos al alambrado. Para gritar un gol
soñado, para
insultar a un árbitro imaginado, por el sólo hecho de trepar. Yo no era
muy
trepador, pero sentía fascinación por trepar alambrados, particularmente
alambrados. Era de los que se trepaba para gritar un gol. Cuando jugaba
al
fútbol en el balcón de mi casa me trepaba hasta lo más alto de las
rejas.
Vivíamos en un sexto piso y mi vida corría peligro en cada gol.
Entonces, ver
ese alambrado gigante del estadio de Lamadrid me sumergió en una
felicidad
feroz, tan feroz que trepé más de lo aconsejado y un refuerzo de púas me
pintó
una línea roja y profunda en el muslo. Yo estaba tan contento por
haberme
trepado a ese alambrado profesional que la herida no me importó ni me
impidió
jugar mi partido esa tarde. Mi papá, que nos iba a ver siempre, me dio
un poco de ese líquido naranja que se usa para las heridas y
ya, un simple corte.
A veces, cuando la encuentro
por casualidad, poniéndome una media quizás, pienso que fue demasiada cicatriz
para un corte tan poco dramático. Pero así se comportan las cicatrices y está
bien que así sea. Así cuando me miro el muslo derecho me acuerdo de la cancha
de Lamadrid, de la alegría de treparme a un alambrado, de ver una red de fútbol
bella y de que te marque el Gordo Muzzupapa, que en verdad no creo que se llame
Muzzupapa pero a esta altura ya me da igual.