domingo, 31 de julio de 2011

CONTESTADOR AUTOMÁTICO

Hola, soy yo. ¿Cómo andás? Antes que nada, te aclaro que este llamado es un error. Mejor dicho, no tuvo más intencionalidad que la casualidad del azar. Estaba en mi casa a punto de ir a emborracharme a un bar, pero no encontraba mi celular. Entonces, agarré el teléfono fijo, el enchufado a la pared, y me llamé para localizarlo. Bah, en realidad quise llamarme y terminé marcando tu número… La costumbre me vendió... Me pareció mejor aclarar todo rápidamente en un mensaje de voz, porque los de texto son más enredados, y así no dejar correr la confusión… Quedate tranquila que estoy bien… Doy fe que no he registrado otros desajustes memoriales más allá de este percance… 
Ah, no sabés: me anoté en el bendito curso de paracaidismo. Sí… Pero al final lo dejé porque me quedaba lejos… Me dejé la barba también. Sí, sí… Decidí vivir más relajado, dejar las ollas y los platos sin lavar para integrar socialmente a las moscas, faltar al trabajo cada dos días, dejar de gastar la plata en cine, salidas, asados y todo ese tipo de lujos burgueses… Estoy como más antisiste… Pip, pip, pip, pip, pip, pip, pip...

…Me quedó corto el minuto...Te decía que no estoy yendo a trabajar tan seguido. No sé, me puse más casero. Empecé a descansar mejor, a dedicarle un poco más de tiempo a la cama, a cuidar mis huesos sobre la tranquilidad y calidez del colchón… ¿La verdad? Estoy hecho un violín, no me puedo quejar… También desde lo físico, eh: adelgacé 10 kilos y todo...
¿Qué otra cosa me pasó en estos tres meses?... Ah, independicé a las plantas. Ya estaban grandecitas, que se arreglen solas… En fin, muy bien… ¿Querés que te diga algo? Resultó sanador que me dejaras... Sí, me aflojó un poco. Ahora lloro por cualquier boludez: una canción de Phill Collins, una película que se llama “Tienes un e-mail”, lo que venga… Cambié un montón, sí. Pero para bien… Bueno, no te quiero robar más tiempo. Me colgué contándome de mí… Sólo quería aclararte eso, que te llamé sin querer, porque a veces las cosas no son como parecen. Un beso grande.

EL CUMPLEAÑOS DE ALICIA

Un día antes recordó esa promesa que se había hecho en el último casamiento al que asistió: “Yo cumplo los 40 con un hijo. Afuera o adentro”. Habían pasado desde entonces cinco años, pero sus planificados cálculos no prosperaron. El inesperado momento había llegado y su anhelo de mujer se consumía como cigarrillo de preso. Por ese y otros motivos que no vienen al caso se había rehusado a festejar su cuatrigésimo cumpleaños. La insistencia de Betty, su inseparable amiga, la convenció de una reunión informal en su casa. Y le hamacaba sus pesares. “¡Vas a ver que este vecino mío que te voy a presentar el fin de semana es para vos. Se van a llevar bárbaro, vas a ver!”, la arengaba sin éxito. Betty tampoco tenía pareja ni hijos, aunque sí un discurso mucho más aguerrido y arte para la cocina; por eso prometió encargarse de la torta.
            El cumpleaños de Alicia cayó martes, justo su día más odiado en la semana. Pese a que tenía la costumbre de adelantarse a los calendarios y, por ejemplo, prever que en el 2026 cumpliría años un domingo, esta vez adormeció su manía y se figuró que le tocaba martes apenas con una semana de anticipación. “¿Qué voy a hacer cuando salga de la oficina?”, le surgió como gran preocupación. Parte de la solución se la dio Betty con su idea: ordenar la casa, comprar los sándwiches de miga, las pizzetas, el pionono y las bebidas le llevaría como mínimo dos horas. Si a eso le sumaba la hora y media que requería bañarse, maquillarse, peinarse y cambiarse, ya tenía el problema resuelto. “¿Y la noche previa? ¿Cuando den las 12?”. Al principio estos dos interrogantes la azotaron con terror, pero en un relámpago de su mente encontró el remedio. “A las 10 ya me voy a dormir”, coronó su pensamiento pacificador con un chasquido de dedos.
            Con el cansancio de su lado, durmió de corrido hasta que la trajo a la tierra el despertador. Sus primeros minutos de cuarentona (como ella misma se catalogaba en las vísperas) fueron dóciles, pero ya camino al trabajo empezó a fastidiarse. Ni los llamados de sus papás (desde Canadá), sus primas, su ahijada y su tío le habían cambiado el humor. Mientras hacía la cola para pagar en el supermercado, confirmó que estaba estrenando sus 40 con la misma amargura de los 30. Veía 4 y 0 en todos los precios de las góndolas como si fuera una maldición de alguno de los chicos a los que, en la adolescencia, les rompió el corazón. Ahora enamorar le sonaba aventura de vidas pasadas. Hubo un momento del día, poco después del almuerzo, donde un atisbo de alegría la iluminó. Fue cuando el portero del edificio del trabajo, por quien se sentía atraída a causa de su modo caluroso de decirle “buen día”, subió a regalarle un alfajor y desearle “feliz cumpleaños”. Pero esa sensación de bienestar se quebró como una burbuja.
            Entre la 9 y las 10 de la noche fue recibiendo a sus invitados con una sonrisa de rigor y poco ánimo de regalos. En total, sin contar a Betty, asistieron ocho, dos menos de lo previsto porque Mónica se enfermó y su marido se quedó a cuidarla. Alicia garabateó algunas charlas y fue apurando los menús para que la velada pasara rápido. Después de un rato quedó completamente arrepentida de haber aceptado el plan de Betty, a quien al menos en dos ocasiones le había pedido que le dijera a todos que se sentía mal, que por favor se fueran.
-Pero si nos estamos matando de la risa –respondió a la suma de quejas su amiga, quien resistió hasta donde pudo y, más para salvar a Alicia de un papelón que por otra cosa, ordenó sutilmente la retirada: tomó de la heladera el Lemon pie producido por sus manos, le pidió al marido de Miriam que apagara las luces y salió de la cocina con la torta y dos velas en forma de 4 y 0 encendidas.
            Alicia debió ver una vez más la sonrisa sincera y fraternal de Betty para desechar la posibilidad de que el recordatorio de su edad hasta en las velas formara parte de una broma macabra de su amiga en lugar de su despiste de acuariana. Siempre odiaba pedir tres deseos, y mucho más que se lo exigieran antes de soplar las velas, pero creyó que quizás le traería todavía más desgracias desobedecer ese ritual, y se buscó tres urgentes motivos para no seguir con la escalada de depresión.
-¡Tres deseos! –fue Betty quien la alertó innecesariamente. Alicia había iniciado la largada hacia las velitas y se frenó como dando un paso en falso. En el camino del segundo intento infló sus cachetes de aire y resentimiento y los vació con un sonido de aspiradora. Fue una ráfaga violenta, pero las llamas encendidas como sombreros del 4 y el 0, que hacían surf en un mar blanco de limón, ni se inmutaron.
-¡Otra vez! –gritó una voz perdida en la oscuridad. Y Alicia sopló todavía más fuerte, pero sólo consiguió que el fuego se burlara de su esfuerzo con un movimiento de caderas. El tercer intento fue casi un escupitajo, no tanto por la consistencia como por su desprecio. Sin embargo, las llamas seguían amuradas a las velas. Jorgelina y Claudia intentaron descomprimir la tensión, reforzada por la expresión desahuciada de Alicia, con risas postizas que no hicieron más que incomodar aún más a la anfitriona y al resto de los invitados.
            A la quinta prueba, Alicia logró que al menos una vela se apagara por una fracción de segundos. El guiño duró poco. Al instante volvió a prenderse aún más robustecida.
-¡Dale, Ali, una vez más! –la alentó Betty, que temía que su amiga llorara en cualquier momento. No podía percibir que había trocado su impotencia por una cuestión de honor y de ninguna manera se dejaría humillar por dos caprichosas llamas. Probó, probó y probó. Pero no encontraba manera de derribarlas. Ni con estilo agresivo, ni soplando con los labios bien redondeados, ni alargándolos horizontalmente, ni hechos trompita. La desesperación progresiva en su cara fue demasiado para Miriam y su marido, quienes bajo la excusa de "los nenes se quedaron en casa" fueron los primeros en despedirla y marcharse. Después de cuatro intentos más, que al menos echaron luz sobre la buena salud de sus pulmones, le siguió el grupo de Jorgelina, Claudia y sus respectivos maridos. Alicia los saludó con un beso sonámbulo y volvió a girar rápidamente su cabeza hacia la torta. Ningún soplido lograba apagar el fuego. Y su obsesión acabó siendo una escena insostenible para Luján y Andrés, sus amigos del trabajo. Betty les abrió la puerta con un gesto que pretendía abarcar resignación y disculpas, mientras Alicia sólo entendía de agotar su oxigeno. Ni se dio cuenta de que se había sacado a la gente de encima. Habían quedado sólo las dos amigas, la oscuridad y dos velas que las desafiaban. Betty pensó que era el momento indicado para traerla a la tierra e intentó persuadirla de que le pusiera fin a su insistencia con la habilidad de un domador de leones.
-Un ratito más y listo –le contestó Alicia entre soplo y soplo, sin quitar la vista de la torta. Pero Betty al menos rescató que se pusiera un plazo y se internó en la cocina para lavar y desligarla de otros trabajos. Le pasaba la esponja a un plato con un charco de mostaza, cuando del comedor escuchó un grito que la sobresaltó: “¡Las apagué!”.

viernes, 22 de julio de 2011

LA MEJILLA DE DIOS

"Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos"William Shakespeare


Si el caso demandara una autopsia, habría que dejar correr el tiempo para examinar el cuerpo. La escena del crimen ya se echó a perder hace rato, pero la víctima aún hierve. Y todo indica que tardará varios días en entibiarse. No es para menos: su amigo y socio lo traicionó. Volver a creer en la amistad le había resultado un esfuerzo demasiado hondo como para que otro cuchillo se sumergiera en su espalda. ¿Cómo quedarse quieto así? ¿Cómo no destilar resentimiento?
Seguramente sean otras las preguntas que laten la cabeza de Maradona, pero tampoco tienen más respuestas que este nuevo desamparo afectivo que lo deja bien fané. Otra vez huérfano de confianza y presidiario perpetuo de su nombre. Otra vez con tristeza de rebote.
Havelange, Passarella, Coppola, Grondona, Bilardo, Batista y ahora Mancuso. Su lista de Judas es amplia, proporcional a su genio, a los besos que despierta y a su boca brava que brama. ¿Pero acaso no es parte de la Maradología? Si damos por sentado su temple heroico, también daremos por razonable que no conozca otros enemigos que aquellos que lo defraudan por completo. Con un sueño, con los intereses de gente querida, con los pañales de sus hijas o con su propio país, pero siempre pintando rencores. Hay gamas y texturas para matizar, lo que no cambia es el dibujo barroco: el orgullo herido, la fe despojada, las piernas cortadas, los enemigos que la pagarán y las manos en el fuego sólo por los discípulos de su sangre (ayer Dalma y Giannina, hoy Benja).
¿Y quién no tiene un Shoklender tachado en una agenda vieja? Por lo que haya dolido. Más allá de la sensibilidad de Diego (tan sabia con los pies y tan castigada por la boca), la traición, cuando hablamos de traición, no acepta tregua, ni disculpa, ni último café. No es tan vecina de la decepción como le dicen, directamente decreta una estafa obscena al credo humano. Taladra los ojos y el pecho salir de esa caverna y descubrir el sol. Para Platón, Maradona, el Che Guevara, Dante Alighieri o los clavos de la cruz de Jesús.
Si se tratara de una reflexión meramente indulgente, el punto final de este texto ya se habría escrito y este párrafo, como la pregunta respecto a la responsabilidad de Maradona, no existiría. Puede entenderse una mala elección, pero no omitirse que para reiteradas traiciones se necesita una presa fácil. Y ahí es donde las cuentas no cierran: hasta el blanco y el negro pueden ponerse de acuerdo en que Diego es lo suficientemente despierto para oler la carnada mejor preparada. ¿Entonces? ¿Por qué tanta tenacidad para morder anzuelos? ¿Cuánto le cabe de autocrítica? Vaya él a saberlo. A este alcance está la posibilidad de creer que su excepcional vida también incluye malas jugadas, piedras por tropezar y caprichos de amor, que al fin y al cabo se encuentran en cualquier esquina.

domingo, 10 de julio de 2011

LA PULGA QUE LOS PARIO

Para apretar el grano desde el comienzo: no quiero que Argentina gane la Copa América, quiero que la gane Messi. Si mi preferencia sólo va de la mano de mi “antipatría”, bueno, entonces desearé el triunfo del seleccionado nacional. Pero que levante la copa la Pulga. Quiero después ver en fila los sombreros y las armas apoyados sobre la mesa de la justicia.
Qué manera más cobarde de jugar al nacionalismo es reprocharle que no cante el himno o que no rinda con un rejunte de futbolistas argentinos al mismo nivel que con quienes se entrena todos los días. Con cuántas pavadas maltraté a mis oídos y a mis ojos estos últimos días por escucharlos y leerlos con sus aseveraciones ligeras de acusaciones sopladas por el viento. Qué cerdo es embarrar de presión a un hombrecito de 24 años y privarlo de comodidad y felicidad en su país por la fuerza de una demanda de éxito (propio en teoría pero ajeno donde se ven los pingos). Palabra tras palabra, se les suelta la careta. Golpe a golpe, verso a verso, queda al descubierto que detrás de quienes vapulean a Messi se esconden las miradas más insensatas de la derecha reaccionaria y los rostros más tristes del orgullo argentino.
Quizás sus detractores le perdonarían sus pases errados si lo vieran tomarse el corazón con la mano cruzada, fruncir el ceño como un perro malo que olfatea carne y estallar la gola al grito de “sean eternos los laureles que supimos conseguir”. Quizás desearían que antes de cada partido, al sonar del himno, ensayara la temeraria y circense coreografía de la selección chilena, por citar un número. Así, quizás, lo sentirían más patriota y se tranquilizarían.
El hostigamiento se entendería al menos desde el mal gusto de la arrogancia si fuera apuntado a una estrella con el cielo agrandado, del tipo de Cristiano Ronaldo. Pero no es el caso. El único flanco débil de un artista admirado, sencillo y sin ninguna cucharada de soberbia es que todavía no ha podido (tampoco mucho lo han ayudado) teñir de brillo los colores de su país.
También le han machacado valor, no tener carácter ni ponerse el equipo al hombro, como si ellos conocieran en carne propia y en las trascendentales obligaciones de sus vidas la presión de no fallarle a 40 millones de personas. Cuando agarra la pelota, Messi carga los defensores rivales y un revólver celeste y blanco apoyado en su cabeza que le exige ser Dios.
Hay motivos de todos los talles para explicar por qué no se luce en la Selección. Demasiados como para no ponerle punto final a un debate absurdo y persecutorio con sólo un grupo de beneficiarios: los colmillos del periodismo, los grandes instigadores de esta progresiva avanzada en su afán de rellenar y en su daño colateral de moldear opiniones. No hace falta que dé nombres. Dichosamente, cada vez nos conocemos más.
Hasta donde yo sé, el fútbol no es un deporte individual sino de equipo y los mejores futbolistas se potencian cuando se juntan con otros grandes intérpretes del juego o cuando están bien ensamblados dentro de funcionamiento colectivo aceitado. ¿Es posible encontrar alguna de las dos suertes fortalecedoras en la selección argentina? No. Sí en cambio en el Barcelona (con Messi como Troilo en su orquesta). Podemos tener al mejor, pero estamos muy lejos de ser los mejores. Mal que nos pese, muchachos, sólo ganamos dos de las 18 copas del mundo disputadas.
Messi representa a la Selección y la Selección representa al fútbol argentino. Ni más ni menos. Messi no es embajador de la Argentina ni ustedes sus fiscales. Aunque no me deja de avergonzar, de ningún modo asumo como propio ese rasgo de perversidad que le hace marca personal y le pega sin pelota. Si eso es ser argentino, díganme paraguayo.

YA


Ya nos habíamos quedado a oscuras
cuando nuestros ojos se volvieron a buscar

Ya la perseverancia había apagado la luz
Ya no quedaba más que una vela prendida
que pestañaba como un chico
que no quiere irse a dormir
pero que
tarde o temprano
caerá rendido

Por cortesía a nuestro semillero de sonrisas,
ya no saldrán de mi boca más que caricias con su nombre,
juro ya que no he vivido otra cosa

Sonámbulo de una pesadilla
ya me voy poniendo de pie para recordarle,
por última vez,
qué bien le sabe ese vestido

Ya le ofrezco mis brazos de despedida
para que la lleven al escondite final en mi pecho
Ya tiro las llaves al fondo del río

Ya es hora de renunciar al paraíso
Ya.

viernes, 1 de julio de 2011

GUERRA FRIA

Hasta la llave puesta había dejado de abrigo.
Ni bien arrancó la cuenta regresiva
pensó en pasar cinta adhesiva
en el borde de una ventana
que no cerraba bien.

Pero hubiera sido inútil:
de su piel brotaba un batallón de montañas enanas
que mostraban pelos afilados
como malas noticias.

El hielo de su cuerpo apagaba hasta una brasa.
Rocoso
uniforme
inviolable
minucioso.

Un té con miel fue apenas una caricia a sus labios,
mientras sus huesos pedían socorro,
su paciencia no aceptaba fianza
y el sonido que tenía turno estaba en sala de espera.

La cama tampoco ayudaba:
la almohada era de lata
y las sábanas se habían contagiado de la pared.

A veces se acercaba a una estufa,
aunque sus piernas,
más que agradecer calor y serenarse,
continuaban con su bailoteo espasmódico.
Incluso sospechó si no funcionaba el portero eléctrico.

Su columna vertebral ya era un barco de museo.
Solo escuchaba el tambor de su temblor.
Hasta que el timbre hizo su alarido
y lo bañó como ducha vieja.

Se colgó el tubo con la voz inflamada de un recién llegado de la guerra.
Y escuchó su nombre.