Un día antes recordó esa promesa que se había hecho en el último casamiento al que asistió: “Yo cumplo los 40 con un hijo. Afuera o adentro”. Habían pasado desde entonces cinco años, pero sus planificados cálculos no prosperaron. El inesperado momento había llegado y su anhelo de mujer se consumía como cigarrillo de preso. Por ese y otros motivos que no vienen al caso se había rehusado a festejar su cuatrigésimo cumpleaños. La insistencia de Betty, su inseparable amiga, la convenció de una reunión informal en su casa. Y le hamacaba sus pesares. “¡Vas a ver que este vecino mío que te voy a presentar el fin de semana es para vos. Se van a llevar bárbaro, vas a ver!”, la arengaba sin éxito. Betty tampoco tenía pareja ni hijos, aunque sí un discurso mucho más aguerrido y arte para la cocina; por eso prometió encargarse de la torta.
El cumpleaños de Alicia cayó martes, justo su día más odiado en la semana. Pese a que tenía la costumbre de adelantarse a los calendarios y, por ejemplo, prever que en el 2026 cumpliría años un domingo, esta vez adormeció su manía y se figuró que le tocaba martes apenas con una semana de anticipación. “¿Qué voy a hacer cuando salga de la oficina?”, le surgió como gran preocupación. Parte de la solución se la dio Betty con su idea: ordenar la casa, comprar los sándwiches de miga, las pizzetas, el pionono y las bebidas le llevaría como mínimo dos horas. Si a eso le sumaba la hora y media que requería bañarse, maquillarse, peinarse y cambiarse, ya tenía el problema resuelto. “¿Y la noche previa? ¿Cuando den las 12?”. Al principio estos dos interrogantes la azotaron con terror, pero en un relámpago de su mente encontró el remedio. “A las 10 ya me voy a dormir”, coronó su pensamiento pacificador con un chasquido de dedos.
Con el cansancio de su lado, durmió de corrido hasta que la trajo a la tierra el despertador. Sus primeros minutos de cuarentona (como ella misma se catalogaba en las vísperas) fueron dóciles, pero ya camino al trabajo empezó a fastidiarse. Ni los llamados de sus papás (desde Canadá), sus primas, su ahijada y su tío le habían cambiado el humor. Mientras hacía la cola para pagar en el supermercado, confirmó que estaba estrenando sus 40 con la misma amargura de los 30. Veía 4 y 0 en todos los precios de las góndolas como si fuera una maldición de alguno de los chicos a los que, en la adolescencia, les rompió el corazón. Ahora enamorar le sonaba aventura de vidas pasadas. Hubo un momento del día, poco después del almuerzo, donde un atisbo de alegría la iluminó. Fue cuando el portero del edificio del trabajo, por quien se sentía atraída a causa de su modo caluroso de decirle “buen día”, subió a regalarle un alfajor y desearle “feliz cumpleaños”. Pero esa sensación de bienestar se quebró como una burbuja.
Entre la 9 y las 10 de la noche fue recibiendo a sus invitados con una sonrisa de rigor y poco ánimo de regalos. En total, sin contar a Betty, asistieron ocho, dos menos de lo previsto porque Mónica se enfermó y su marido se quedó a cuidarla. Alicia garabateó algunas charlas y fue apurando los menús para que la velada pasara rápido. Después de un rato quedó completamente arrepentida de haber aceptado el plan de Betty, a quien al menos en dos ocasiones le había pedido que le dijera a todos que se sentía mal, que por favor se fueran.
-Pero si nos estamos matando de la risa –respondió a la suma de quejas su amiga, quien resistió hasta donde pudo y, más para salvar a Alicia de un papelón que por otra cosa, ordenó sutilmente la retirada: tomó de la heladera el Lemon pie producido por sus manos, le pidió al marido de Miriam que apagara las luces y salió de la cocina con la torta y dos velas en forma de 4 y 0 encendidas.
Alicia debió ver una vez más la sonrisa sincera y fraternal de Betty para desechar la posibilidad de que el recordatorio de su edad hasta en las velas formara parte de una broma macabra de su amiga en lugar de su despiste de acuariana. Siempre odiaba pedir tres deseos, y mucho más que se lo exigieran antes de soplar las velas, pero creyó que quizás le traería todavía más desgracias desobedecer ese ritual, y se buscó tres urgentes motivos para no seguir con la escalada de depresión.
-¡Tres deseos! –fue Betty quien la alertó innecesariamente. Alicia había iniciado la largada hacia las velitas y se frenó como dando un paso en falso. En el camino del segundo intento infló sus cachetes de aire y resentimiento y los vació con un sonido de aspiradora. Fue una ráfaga violenta, pero las llamas encendidas como sombreros del 4 y el 0, que hacían surf en un mar blanco de limón, ni se inmutaron.
-¡Otra vez! –gritó una voz perdida en la oscuridad. Y Alicia sopló todavía más fuerte, pero sólo consiguió que el fuego se burlara de su esfuerzo con un movimiento de caderas. El tercer intento fue casi un escupitajo, no tanto por la consistencia como por su desprecio. Sin embargo, las llamas seguían amuradas a las velas. Jorgelina y Claudia intentaron descomprimir la tensión, reforzada por la expresión desahuciada de Alicia, con risas postizas que no hicieron más que incomodar aún más a la anfitriona y al resto de los invitados.
A la quinta prueba, Alicia logró que al menos una vela se apagara por una fracción de segundos. El guiño duró poco. Al instante volvió a prenderse aún más robustecida.
-¡Dale, Ali, una vez más! –la alentó Betty, que temía que su amiga llorara en cualquier momento. No podía percibir que había trocado su impotencia por una cuestión de honor y de ninguna manera se dejaría humillar por dos caprichosas llamas. Probó, probó y probó. Pero no encontraba manera de derribarlas. Ni con estilo agresivo, ni soplando con los labios bien redondeados, ni alargándolos horizontalmente, ni hechos trompita. La desesperación progresiva en su cara fue demasiado para Miriam y su marido, quienes bajo la excusa de "los nenes se quedaron en casa" fueron los primeros en despedirla y marcharse. Después de cuatro intentos más, que al menos echaron luz sobre la buena salud de sus pulmones, le siguió el grupo de Jorgelina, Claudia y sus respectivos maridos. Alicia los saludó con un beso sonámbulo y volvió a girar rápidamente su cabeza hacia la torta. Ningún soplido lograba apagar el fuego. Y su obsesión acabó siendo una escena insostenible para Luján y Andrés, sus amigos del trabajo. Betty les abrió la puerta con un gesto que pretendía abarcar resignación y disculpas, mientras Alicia sólo entendía de agotar su oxigeno. Ni se dio cuenta de que se había sacado a la gente de encima. Habían quedado sólo las dos amigas, la oscuridad y dos velas que las desafiaban. Betty pensó que era el momento indicado para traerla a la tierra e intentó persuadirla de que le pusiera fin a su insistencia con la habilidad de un domador de leones.
-Un ratito más y listo –le contestó Alicia entre soplo y soplo, sin quitar la vista de la torta. Pero Betty al menos rescató que se pusiera un plazo y se internó en la cocina para lavar y desligarla de otros trabajos. Le pasaba la esponja a un plato con un charco de mostaza, cuando del comedor escuchó un grito que la sobresaltó: “¡Las apagué!”.