viernes, 1 de julio de 2011

GUERRA FRIA

Hasta la llave puesta había dejado de abrigo.
Ni bien arrancó la cuenta regresiva
pensó en pasar cinta adhesiva
en el borde de una ventana
que no cerraba bien.

Pero hubiera sido inútil:
de su piel brotaba un batallón de montañas enanas
que mostraban pelos afilados
como malas noticias.

El hielo de su cuerpo apagaba hasta una brasa.
Rocoso
uniforme
inviolable
minucioso.

Un té con miel fue apenas una caricia a sus labios,
mientras sus huesos pedían socorro,
su paciencia no aceptaba fianza
y el sonido que tenía turno estaba en sala de espera.

La cama tampoco ayudaba:
la almohada era de lata
y las sábanas se habían contagiado de la pared.

A veces se acercaba a una estufa,
aunque sus piernas,
más que agradecer calor y serenarse,
continuaban con su bailoteo espasmódico.
Incluso sospechó si no funcionaba el portero eléctrico.

Su columna vertebral ya era un barco de museo.
Solo escuchaba el tambor de su temblor.
Hasta que el timbre hizo su alarido
y lo bañó como ducha vieja.

Se colgó el tubo con la voz inflamada de un recién llegado de la guerra.
Y escuchó su nombre.

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