Para apretar el grano desde el comienzo: no quiero que Argentina gane la Copa América, quiero que la gane Messi. Si mi preferencia sólo va de la mano de mi “antipatría”, bueno, entonces desearé el triunfo del seleccionado nacional. Pero que levante la copa la Pulga. Quiero después ver en fila los sombreros y las armas apoyados sobre la mesa de la justicia.
Qué manera más cobarde de jugar al nacionalismo es reprocharle que no cante el himno o que no rinda con un rejunte de futbolistas argentinos al mismo nivel que con quienes se entrena todos los días. Con cuántas pavadas maltraté a mis oídos y a mis ojos estos últimos días por escucharlos y leerlos con sus aseveraciones ligeras de acusaciones sopladas por el viento. Qué cerdo es embarrar de presión a un hombrecito de 24 años y privarlo de comodidad y felicidad en su país por la fuerza de una demanda de éxito (propio en teoría pero ajeno donde se ven los pingos). Palabra tras palabra, se les suelta la careta. Golpe a golpe, verso a verso, queda al descubierto que detrás de quienes vapulean a Messi se esconden las miradas más insensatas de la derecha reaccionaria y los rostros más tristes del orgullo argentino.
Quizás sus detractores le perdonarían sus pases errados si lo vieran tomarse el corazón con la mano cruzada, fruncir el ceño como un perro malo que olfatea carne y estallar la gola al grito de “sean eternos los laureles que supimos conseguir”. Quizás desearían que antes de cada partido, al sonar del himno, ensayara la temeraria y circense coreografía de la selección chilena, por citar un número. Así, quizás, lo sentirían más patriota y se tranquilizarían.
El hostigamiento se entendería al menos desde el mal gusto de la arrogancia si fuera apuntado a una estrella con el cielo agrandado, del tipo de Cristiano Ronaldo. Pero no es el caso. El único flanco débil de un artista admirado, sencillo y sin ninguna cucharada de soberbia es que todavía no ha podido (tampoco mucho lo han ayudado) teñir de brillo los colores de su país.
También le han machacado valor, no tener carácter ni ponerse el equipo al hombro, como si ellos conocieran en carne propia y en las trascendentales obligaciones de sus vidas la presión de no fallarle a 40 millones de personas. Cuando agarra la pelota, Messi carga los defensores rivales y un revólver celeste y blanco apoyado en su cabeza que le exige ser Dios.
Hay motivos de todos los talles para explicar por qué no se luce en la Selección. Demasiados como para no ponerle punto final a un debate absurdo y persecutorio con sólo un grupo de beneficiarios: los colmillos del periodismo, los grandes instigadores de esta progresiva avanzada en su afán de rellenar y en su daño colateral de moldear opiniones. No hace falta que dé nombres. Dichosamente, cada vez nos conocemos más.
Hasta donde yo sé, el fútbol no es un deporte individual sino de equipo y los mejores futbolistas se potencian cuando se juntan con otros grandes intérpretes del juego o cuando están bien ensamblados dentro de funcionamiento colectivo aceitado. ¿Es posible encontrar alguna de las dos suertes fortalecedoras en la selección argentina? No. Sí en cambio en el Barcelona (con Messi como Troilo en su orquesta). Podemos tener al mejor, pero estamos muy lejos de ser los mejores. Mal que nos pese, muchachos, sólo ganamos dos de las 18 copas del mundo disputadas.
Messi representa a la Selección y la Selección representa al fútbol argentino. Ni más ni menos. Messi no es embajador de la Argentina ni ustedes sus fiscales. Aunque no me deja de avergonzar, de ningún modo asumo como propio ese rasgo de perversidad que le hace marca personal y le pega sin pelota. Si eso es ser argentino, díganme paraguayo.
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