miércoles, 25 de mayo de 2011

BARCELONA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS

Por qué será que nos gusta tanto el Barcelona… Podría ser el slogan de una publicidad de dulce de leche, pero también de un equipo de fútbol de España. No creo ser el único que ha gritado goles del Barça incluso llegando a poner celoso al escudo con el que juramos amor eterno. “No es un equipo de fútbol: son extraterrestres”, me suena a justificación válida en los momentos de apuro.
En ese tipo de explicaciones encontré bastante del nudo que une a muchos futboleros de toda la tierra con Cataluña. La Pulga (Atómica) Messi encabeza un elenco digno de una serie fantástica. Hay clichés por todos lados: la pandilla apadrinada por el tipo sensible, protector e inteligente (Guardiola); una liga de muchachos con capacidades especiales destinada a salvar algo redondo; los sabios (Iniesta, Xavi); los guerreros (Puyol, Mascherano); los románticos (Piqué); los efectivos personajes que renuevan la trama (Villa, Afellay), o bien aquello de que “el bien siempre triunfa”.
Cristiano Ronaldo, el jodido y altanero rival, y José Mourinho, el maquiavélico e inteligentísimo villano, también forman parte de la historia, que rompe récord de simpatía de Ushuaia a La Quiaca, por razones artísticas y, principalmente, de suelo (Messi, el gran superhéroe, es argentino).
¿Y por qué más? Quizás porque su mística revolucionaria ya figura entre los grandes sucesos deportivos de los libros de historia, a pesar de y gracias a la globalización. Los goles del Barcelona son de manual. “Jugar y brillar”, debería llamarse el capítulo. No resulta extraño, entonces, que los infantes y adolescentes (en otras palabras, los que están aprendiendo a saber) sean de los más cautivados por la Barcelonamanía.
En 1883, justo 45 años antes de que Angelo Messi, abuelo de Leo, se embarcara desde Italia a Argentina para sembrar su esperanza y, sin saberlo, una leyenda, el ruso Vladimir Propp publicó su teoría sobre los cuentos maravillosos. Según él, existen 31 funciones (la lucha, la transgresiones, la victoria, la tarea difícil, entre otras) presentes aleatoria y recurrentemente en los argumentos de las narraciones del género, acciones representadas por los personajes que se repiten en todas las estructuras. Me atrevo a imaginar que sólo la distancia del tiempo impidió que las aplicara también a este Barcelona, siempre con una sorpresa por descubrir, como un libro de aventuras.

PATEAR LA PELOTA

Manuel Neuer, arquero alemán, lanzó una de esas invitaciones aventureras con valientes intenciones pero la tranquilidad de saberse al margen de riesgos: “Los futbolistas que son homosexuales deberían contarlo. Eso los aliviaría”. Su inquietud, además de poner sobre la mesa la materia más tabú del fútbol, tiene una historia escrita en su país y remontada al reciente Mundial de Sudáfrica: Michael Becker, representante de Michael Ballack, se ofuscó porque a su jugador estrella le habían quitado la capitanía de Alemania y estalló a modo de denuncia: “La Selección está controlada por una pandilla de gays”.
Bien lo sabrá Manuel: la homosexualidad en el mundo del fútbol está atada con candado oxidado en los armarios de los vestuarios, bien teñida pero con florecimiento de canas. Razones no les faltan a los amores con canilleras para mantener la persiana baja en pleno verano. ¿Acaso a alguien se le venga a la mente otro ambiente donde la palabra “puto” sea tan pretendida como puñal de humillación?
Con una ilusión más cercana a estos tiempos, allá por 1990, Justin Fashanu, jugador nigeriano con trayectoria por equipos ingleses, se animó a saltar la electrificada reja y se coronó como el primer futbolista en revelar su homosexualidad. Al escándalo en que derivó su verdad debió agregarle, años más tarde, una denuncia por abuso sexual a un joven de 17 años. Por falta de pruebas la causa fue archivada, pero él ya había echado a su suerte. “Me he dado cuenta de que ya he sido condenado como culpable”, escribió en su nota de suicidio, antes de ahorcarse en un garage.
”Un homosexual no puede ser futbolista”, sintetizó Luciano Moggi, ex director general de la Juventus, quien en una vista panorámica, y tan simplificadora como su regla, sirve como baqueano de esta historia. Pero no es el único que piensa igual. El técnico uruguayo Jorge Fossati postuló en una entrevista que “un jugador homosexual no debe estar en un plantel profesional”. La justificación, en su caso, fue menos matemática: “Sería un transgresor entre hombres”. El propio Daniel Passarella, en sus épocas de entrenador, también hizo una pariente observación al cerrarle la puerta de sus equipos a todo aquel que no fuera hétero.
Si de transgresiones se trata, el licenciado es el arquero inglés David James, quien reconoce que sus placeres por el yoga, la lectura y la pintura fueron interpretados como conductas homosexuales por sus compañeros de vestuario. “Si una de cada diez personas es homosexual, ¿dónde están los gays en el fútbol?", se pregunta.
El crack holandés Ruud Gullit tuvo que trepar el estrellato para animarse a plantar su bandera. Otros, como Yoann Lemaire, no contaron con honores suficientes donde pisar. Este defensor francés vistió durante 14 años la camiseta del modesto FC Chooz, hasta que se le ocurrió confesarles a sus compañeros que era gay. Recibió de respuesta insultos y la expulsión del club.
“Cuando el infierno son los otros, el paraíso no es uno mismo”, anotó Mario Benedetti, tras el remate de Jean Paul Sartre. ¿O no son los propios protagonistas del fútbol el tormentoso obstáculo para los encerrados en el placard? El vestuario desnuda a todos pero también le da bata a unos cuantos. Es el campo de juego de este tabú y, como las cofradías más herméticas, tiene sus propias reglas de convivencia. Así las cosas, la pelota quema como un mal de amores… Pareciera que, más que patriadas individuales, se trata de una revolución que reclama mucho juego en equipo. Y muchos huevos.

LAS MINAS NO SON TODAS IGUALES

Huele feo debajo de esta alfombra mediática pintada de hazañas, historias increíbles y heroísmo. Todavía nadie me mostró detenidamente la habitación desordenada de la casa o el sótano donde se guardan las macanas que posibilitaron -vaya paradoja- el milagroso rescate de los 33 mineros del yacimiento San José.
El vidrio todavía no está dentro de mi desbalanceada dieta: este desenlace, además de una gran producción, tiene matices épicos, dignos de cualquier final de película de Hollywood. Desde el minero que le propuso casamiento siete cuadras bajo tierra a su mujer hasta el que salió del pozo sin saber qué novia lo estaba esperando. Todo es parte de la trama del reality show con más audiencia del planeta, con sus hipérboles, su musiquita sensiblera, sus pochoclos. Pase por aquí, emociónese. ¿Pero qué hay si agarramos el camino más empedrado?
La señal de TV Chile (canal estatal) retransmitida en todas las emisoras argentinas brinda largos primeros planos de la sonrisa estilo Rodríguez Saá del presidente Sebastián Piñera mientras recibe y abraza a cada uno de los sobrevivientes, así como también al saludo y las felicitaciones de todos sus pares. Sin embargo, en el mejor de los casos quedan migajas debajo de la mesa para el trasfondo de la desgracia. Lógico: además de políticamente más rentable, la mejor película para estrenar en todas las salas del mundo es la de los abrazos entre mares de llantos y el final feliz.
Ninguno de los 33 mineros se internó 700 metros bajo tierra en el desierto para someterse a un tratamiento facial, hacer su nombre famoso, ser convocado al Bailando por un sueño o poner a prueba sus resistencias física y psicológica. La mina se vino abajo por su sobreexplotación y el debilitamiento de sus muros, además de otras fallas de mantenimiento severas de la empresa San Esteban. Y más aún: del 2004 hasta acá ya se había cargado siete muertes y otro tantos accidentes.
Parece clara la ausencia de una política pública de control al respecto: sólo en el 2009 se registraron 191.685 accidentes laborales en todo Chile y 443 muertos como consecuencia. En este trimestre del 2010 la apuesta pintaba para redoblarse: ya se contaron 155 víctimas fatales.
La ratificación del Convenio 176 de la Organización Internacional del Trabajo sobre seguridad y salud en las minas es un tema que todavía, en sus siete meses de gobierno, no figura en la agenda del presidente trasandino Piñera. Sí, en cambio, la creación de la Comisión para la Seguridad en el Trabajo, para analizar las normas de higiene y seguridad laboral, la Superintendencia de Minería y la revisión del Reglamento de Seguridad Minera, aunque con un detalle no menor: la protección sindical no tiene injerencia en ninguna de las comisiones. ¿Cuál es el riesgo de que no haya frazada sindical? El derecho a huelga o a cualquier tipo de protesta por mejora de las condiciones de trabajo equivale a un telegrama de despido.
Hay que atender a la hábil estrategia marketinera y televisiva, además de a su reacción operativa implacable, para encontrar respuesta a por qué una tragedia terminó convirtiendo en héroe a uno de sus responsables (directo o indirecto). Es el caso del ministro de Minería, Lawrence Golborne, un gerente empresarial devenido en especialista en la materia por obra y ocurrencia de su amigo Piñera. Según las encuestas, en julio sólo lo conocía el 16% de la población chilena. Después del derrumbe, y tras poner su carismática y risueña cara una y otra vez ante los medios y los familiares de las víctimas, hoy lo reconoce el 87% y sólo el 11% señala su responsabilidad en el derrumbe.
Pero el propio Piñera también quedó acostado con respaldo y panza para arriba en medio de la tormenta: en abril, con apenas un par de semanas de gobierno, sólo el 50% aprobaba su gestión. Las últimas encuestas ya lo ubican con el 57% de imagen positiva. Algo habrá hecho este buen hombre...

¿Será tan mimoso el Estado chileno dentro de varias décadas con los 33 protagonistas de su más exitoso reality? Qué importa eso ahora. Ya habrá tiempo para pilotear esas naves espaciales. Hoy el minuto a minuto pide emoción, lágrimas (mucha lágrima), epopeyas infrahumanas, casualidades milagrosas, miles y miles de periodistas, luz, cámara, acción… No, todavía la pausa no. Estirémoslo un poquito más. Mirá lo bien que andan los números…

ARDIENTE PACIENCIA

"Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades"
Arthur Rimbaud

Ella, tan corta y elegante como salida de un encendedor, empezó a revolotear por mi estómago. Convencida de haber llegado donde quería, entró. Se dijo "esto va para largo, así que más vale estar bien cómoda". Entonces eligió el mejor asiento y estiró las patas a más no poder. Así, sin vanidosas presentaciones, la llama mundialista hizo nido en mi cuerpo.

No hay como ese fuego inflamadito de expectativas que trepa en la previa de cada Mundial. Quema incluso más que los rayos de la pelotita rodando, cuando el nerviosismo y las cegueras pasionales tapan el sol con una mano.
Esa ardiente paciencia se nutre de listas de convocados, especulaciones y pronósticos siempre errados, bajas inesperadas, publicidades alusivas y abusivas, programas para desempacar ansiedades y esa comunión patriótica de la que no logro mantenerme ajeno. La suma confluye en un camino floreado que cada cuatro años remarca sus huellas.
Qué componente mágico tienen esas esperas exquisitas de la vida. Las horas previas a un viaje, ese ritual de prepararse un bolso y sembrar olvidos. La última inspección al espejo antes de una salida amorosa, ese trayecto donde hasta el boleto del colectivo tiene rico olor. La partida a la cancha, ese sol dorado de los sábados y domingos, ese llegar "un ratito antes" y reconocer las banderas, esos papelitos apilados en una mano.
El que espera desespera, dice un refrán que se la da de sabio. Pero a mí no me jodan: qué lindo es esperar a veces. Cuando se trata no de esa esperanza "que come panes desesperados" que elegiría Juan Gelman, sino de otra que tiene como plato de entrada el seguir teniendo hambre y el llenarse la panza con los aromas de la cocina, sin apuros.
No hay situación donde el deseo tenga su teatro tan lleno. Esa idealización le aplica el derecho de admisión al fracaso y a las desilusiones, por eso no tiene grietas y en muchos casos provoca más incendios que los propios momentos soñados.
A no confundirla con la acidez, la ardiente paciencia es otra cosa. Menos arisca y más dulce. Peor consejera pero mejor compañera. No le pongas la traba, sé buen anfitrión e invitala con una copa de vino. Me han dicho que hasta juega al truco como los dioses…

LA PASION SEGUN LA MUERTE

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París –y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

César Vallejo

A 727 kilómetros y unos pocos días de distancia entre sí, a dos jóvenes los cargó la guadaña de un saque. A uno, a los 28 años, en Rosario. Al otro, a los 17, en Mar del Plata. A uno, después hacer el amor con la modelo Liz Solari y desplomarse en sus brazos por un paro cardiorrespiratorio. Al otro, después de caminar por la calle y desplomarse ante el impacto de una ventana que le llovió desde un edificio sin siquiera un chiflido de aviso. Está a la vista: la suerte no es socialista tampoco cuando se trata de morir.
Es hora de aceptar que en poquísimas excepciones la vida tiene gusto a rico en su último bocado. Pero a su vez, y mucho más aún, es justo reconocer que el término “morir” no resiste una traducción de diccionario.
Posiblemente, de haber podido elegir entre todas las formas, Leonardo Jesús Verhagen habría elegido morir como murió: desparramado de placer, embadurnado de los olores de su mujer (debo decirlo: nada menos que Liz Solari), y felizmente rendido en sus sudorosos brazos, pañuelos de su desesperación y cómplices de su última ofrenda de amor.
Está claro que no debe ser lindo morirse. Pero si la muerte y la pasión se dan la mano en el silbatazo final, cómo no firmar el empate. A los que estamos de este lado de la línea de cal todavía nos queda la ilusión de bajar el telón ahogados en felicidad, de que los placeres sean copilotos y hoja de ruta en el barco que, tarde o temprano, tendremos que zarpar.
¿Quién no sueña con morir de un bobazo gritando un gol de su equipo, abrazado a los amigos y desconocidos de cada jornada? ¿Acaso existe una despedida más digna para un futbolero?
Hay quienes dicen que la del ex presidente de Boca Pedro Pompilio no fue más digna pero sí más excitante. A muchos les hizo acordar a la de Félix Faure, quien en 1899, ejerciendo su rol de presidente de Francia, murió al sufrir un accidente cerebro-vascular mientras una hermosa mujer lo deleitaba con sexo oral en su oficina. No por nada los franceses llaman al orgasmo “la petite mort”.
Una de las muertes más gloriosas que conozca la historia debe ser la del jockey Frank Hayes. En 1923, este buen hombre sufrió un ataque al corazón en plena carrera, pero su caballo, "Sweet Kiss", nunca detuvo su marcha y llegó primero. Fue campeón aún muerto. Magnífico.
Los amantes del buen comer tienen su exponente en el rey Adolfo Federico de Suecia. Irremediablemente glotón, murió a los 61 años de una panzada: langosta, caviar, chucrut, sopa de repollo, ciervo ahumado, champagne y catorce porciones de postre. Le hizo jaque mate a su hígado y se fue rodando a quién sabe dónde.
Sin embargo, como la de Charlie Parker no hay. El mítico saxofonista cumplió la promesa y el juramento de tantos: se murió de risa. A los 35 años, mientras miraba televisión, se tentó con un chiste y no paró hasta el cajón. Claro que para eso contó con el patrocinio de sus adicciones a la heroína, el alcohol, la comida y el sexo.
“Hay que morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo. La muerte, elegida libremente, realizada a tiempo, con lucidez y alegría, rodeado de hijos y de testigos, de forma que todavía sea posible un auténtico adiós, al que asista verdaderamente quien se despide y haga una tasación real de lo deseado y de lo conseguido a lo largo de toda su vida; la muerte, así, se opone totalmente a la horrible y lamentable comedia que el cristianismo ha dado de ella”.
La sugerencia de Nietzsche es tan audaz como polémica. Propone el suicidio como bar para que la muerte y la pasión se sienten a tomar un café para saldar sus viejas diferencias y planear una estafa a la casualidad. Algo de eso hicieron Edward y Joan, dos británicos que le cantaron a la huesuda falta envido con 23, y le ganaron de mano.
Después de 54 años de casados, a Joan le diagnosticaron un cáncer furibundo. A medida que se fue consumiendo el pucho de su vida, su marido se fue deteriorando al mismo ritmo: quedó ciego, sordo y desprovisto de todo tipo de voluntades. Cuando sólo quedaba esperar a quién le tocarían el hombro primero, Edward le propuso a su mujer un viaje a Suiza. Se internaron en una clínica y pagaron 45 mil pesos para que los ayudaran a suicidarse (allá la eutanasia no es legal pero el suicidio asistido sí). Sus corazones dejaron de latir en el mismo segundo, en un maridaje agridulce de pasión y muerte.

LA OTRA FIESTA DEL MONSTRUO

En noviembre de 1947, Borges y Bioy Casares deletrearon una burda radiografía del Peronismo, en un cuento titulado La fiesta del monstruo. Desnudados por sus miserias conservadoras, orquestaron a dúo, pero en boca del seudónimo Bustos Domecq, una patética versión aggiornada de El Matadero de Esteban Echeverría.
El argumento no presenta la lucidez a la que acostumbraban: en una movilización a la Plaza para escuchar un discurso de Perón (el monstruo) un militante del Sur termina asesinando junto a otros “compañeros” a un judío. Su lectura, cualquiera sean los colores, deja la sensación de que, como en el fútbol, en la literatura ningún partido se gana antes de jugarse.
Jamás sospeché que aquel retrato estéticamente incorrecto y políticamente desprolijo tuviera su remake en el Siglo XXI. No con Perón, sino con otro ícono argentino tan amado u odiado por igual: Maradona. La historia nos debía una analogía entre Juan Domingo y Diego Armando, y la reciente conferencia de prensa en el Centenario vino a bandejearla.
La desafortunada descarga del ex 10 y actual DT, resumida en la frase "que me la chupen", fue la que necesitaron algunos de los medios de prensa tristemente dominantes para escribir esta nueva versión del cuento, adaptada a la parafernalia mediática actual. Encolumnados en sus macabras susceptibilidades, periodistas de cualquier árbol -hasta de aquellos que nunca ofrecieron un fruto que no estuviera podrido- sacaron a relucir una de las zonceras más grandes de esta profesión: colgar la bandera de la victimización para alentar la crucifixión.
El monstruo los ofendió y ellos –nosotros-, lo empezamos a caricaturizar exacerbando sus facciones menos elegantes. No sólo machucándolo en el rol en el que, hasta el momento, nunca pudo dar dos pases seguidos, sino, además, como hiciera la dupla B y B, redactando la historia en primera persona, intentando darle la voz a la barbarie, reproduciendo una tras otra sus horrendas expresiones.
Es ahora cuando nos acordamos de que Diego dijo que "Pelé debutó con un pibe", o comparó la "vueltita" que le hizo dar Nicolás Repetto a Claudia Villafañe con "tocarle la concha a Florencia Raggi", su mujer. Aquello que ayer formaba parte del glosario maradoniano tan propio de los argentinos ("¡qué vivos que somos!", "¡es el Diego de la gente!"), hoy forma parte de la Real Academia de la Barbarie.
Hubo excepciones que salvaron la ropa, por suerte, pero el revanchismo con el que empezó a escribir su venganza una parte del periodismo fue todavía más grosero que las –indudablemente- desbocadas frases del técnico de la Selección. Y lo peor es que, a diferencia de aquella, esta obra promete llenar renglones hasta que el tren llegue a Sudáfrica.
Si Maradona fue insolente, algunos de sus detractores fueron poco caballeros, traicioneros, de esos jugadores que justifican la plancha con el "huevo".
Me sobran ganas de criticar a esta Selección y al monstruo. Pero cuando le tirás un caño a un rival y éste se calienta y te pega una patada de atrás, no es de noble levantarte e ir a pechearlo. Y menos que menos, haciendo alarde de que estás jugando el clásico inaugurado por Sarmiento y defendés la camiseta la Civilización.
No creas que vengo de la misa de la Iglesia Maradoniana. Pero lógicamente es difícil tomarse un colectivo y que el chancho te pida boleto después de haber viajado durante tantos años en un Rolls Royce para el que no funcionaban los semáforos y todos los autos cedían su paso. El dolor de ya no ser omnipotente debe ser duro de aceptar dócilmente, sin dar batalla, sin vender cara la derrota.
En La fiesta del monstruo de Borges y Bioy un peronista terminaba asesinando a un judío, para significar, en una posible lectura, que Perón mataba al país. En La fiesta del monstruo de los medios, Maradona destruye a una selección de fútbol y a los periodistas y, de esta manera, dicho por muchos, daña al país. "Maradona es la imagen argentina en el mundo y el mundo está horrorizado con sus dichos", se repitió a la marchanta.
Como El Matadero pretendió ilustrar la barbarie del régimen rosista y La fiesta del monstruo, la peronista, el revanchismo mediático de algunos es un documento de la barbarie maradoniana. O, en el reverso, de la barbarie periodística. El monstruo murió adentro de la cancha, basta de hacerle respiración boca a boca.

PLATA QUEMADA

“Putos no faltan, lo que falta son financistas”, Marcos (por Ricardo Darín) en Nueve Reinas.

Vos y yo sabemos muy bien que desde hace siglos la vida no se mueve sino al compás del dinero. Vaya novedad que te traigo. Plata, guita, mosca, tarasca, vil metal, capital, moneda, cobre, centavo, billete, dinero, peso, oro, como quieras decirle (dicho sea de paso, ¿qué propiedad particular tendrán ciertas palabras para engendrar un sinfín de sinónimos, para envidia de otras parientes de sí mismas? ¿Lo dejamos para otra charla?).
El tema es que me surgieron un par de preguntas, que no por absurdas deban carecer de interés. Decime. ¿A qué números le prestás más atención, a los de tu presión cardíaca o a los de tu tarjeta de crédito? ¿A los del boletín escolar de tus hijos o a los de las expensas?
Si pensás que a partir de este espacio busco encontrarme un currito a lo Bernardo Stamateas y presentarme como el gurú que te llevará al camino del Señor, te equivocaste fuleramente. Sólo te invito –ya que es gratis- a revolver con la pala de metal el café, a ver si de una buena vez el azúcar queda esparcido y no en el fondo del mar. Mientras tanto, podemos tirar a la marchanta algún que otro granito de pus que no paramos de rascarnos.
Revuelvo, revuelvo, revuelvo, revuelvo. Tiro para arriba un puñado. Zass. Te agarré: Francisco De Narváez…
Sí, el Colorado. He aquí el caso de un muchacho que, como diría Celedonio Fernández, porque la suerte quiso, dispone de un capital pa’ vicios y placeres, pero también para construir, peso a peso, su carrera electoral…
No, te pido por favor que no nos metamos en terrenos pantanosos como declaraciones juradas (“70, 80 millones de pesos”, de su propia boca) o escuchas telefónicas. Mejor, vayamos a los pingos: sólo por propaganda en vía pública en la ciudad de Buenos Aires y el Conurbano, desde enero del año pasado hasta abril, antes de que comience la campaña permitida, el candidato del tatuaje cool derrochó 5.367.893 de pesos. ¿Cuántas horas tardarías en contarlos uno por uno?
Vos pensá nada más que ese gastito fue sólo para inflar su imagen y hacerse masivamente conocido. O sea, más que como un atajo, la plata funciona como único medio político. Al reloj que ya no le queda cuerda para una carrera y una preparación serias, la plata –con la complicidad del mundo- le acomoda las agujas a su antojo.
Lo loable, en cierto modo, es que el propio De Narváez reconoce que su condición de político debe ser sometida a su título de empresario. Según analiza en su página web, el mayor error de la situación del país “era la falta de participación de la clase empresaria”. Esto me hace acordar a las privatizaciones de los noventas y me hace doler el estómago, casi tanto como ver jugar al Racing de Caruso...
Es verdad, mejor dejemos tranquilo al amigo Francisco y sigamos revolviendo para encontrar otra papeleta…
Revuelvo, revuelvo, revuelvo, revuelvo. Tiro para arriba, agarro y… Catherine Zeta Jones…
¿Cómo? ¿No la conocés? ¡¿Para un grupo creativos publicitarios cada segundo suyo vale seis mil dólares y vos no la conocés?! ¡Andaaaaá! Te la refresco: es una actriz galesa de 39 años que hizo varias películas de Hollywood y está casada con Michael Douglas…
Bueno, lo mío es peor: yo sé quién es pero le desconozco una buena actuación. Lo que me importa, en realidad, es que acaba de cobrar 2,5 millones de dólares por participar siete minutos en un comercial de shampoo. Ya te ahorré una cuenta. Si tenés tiempo –mirá que vale oro, eh- y ganas, entretenete con otras igualmente deprimentes…
Ah, ahora entiendo, claro. Seguramente, el shampoo tiene propiedades curativas revolucionarias en materia científica y es imperioso que el mensaje llegue al mayor número de personas y de la manera más atractiva. Qué tonto, cómo no lo pensé… Sigamos.
Revuelvo, revuelvo, revuelvo, revuelvo. Vuelan por el aire los papelitos –mientras el Gordo Muñoz putea desde la tumba- y me quedo con uno: John Terry.
A éste si no sos futbolero tenés menos chances de sacarlo que yo de interpretar al Acertijo en la próxima Batman. Te doy otra pista: es un defensor inglés del Chelsea.
Contraejemplo del refrán que dice “más vale malo conocido que bueno por conocer”, John es un rústico marcador central que en otra vida seguramente fue asesino a sueldo o doble de riesgo. Su ferocidad para detener tobillos, sus sesiones de trabajos físicos y su talento para cabecear, lo erigieron como el cuarto futbolista mejor pago del planeta en la última temporada…
Igual, no te creas que cobra mucho más que un docente argentino: 631.182 euros por mes. Si te deja más tranquilo, 7.574.197 euros por año.
Te recuerdo el nombre, John Terry. No se trata de ningún superdotado. Andá a saber qué hubiera sido de su vida de haber nacido en Aldo Bonzi y haber arrancado raspando en las canchas del Ascenso.
“Simplemente, hace falta que los salarios sean proporcionables a lo que los clubes puedan pagar. El fútbol mueve muchísimo dinero, es normal que los jugadores quieran beneficiarse también”, explica razonablemente Michel Platini, ex crack de la Juventus y actual presidente de la UEFA, quien se llevará –mínimo- un palito por año...
Pero, pará, mirá cómo te ponés, ey… No es mi culpa que mientras algunos afortunados por gracia divina tengan y dispongan a su antojo de las tortas más ricas y sabrosas del mundo, la mayoría ande abriendo la boca en cada esquina a ver si la lluvia le dejó alguna gota –en los mejores casos-…
Plata. Plata. Plata. Plata. Plata. Plata. Hasta saldría más plata escribir una vez más la palabra plata. Germen de mejores historias de amor que las del propio amor, hasta la ficción no existiría sin ella: la plata. Y si quienes la tienen como elemento decorativo en una caja fuerte, alimento no balanceado de poder, o simple fetichización, todavía siguen aspirando a ella, a quién le puede sorprender que a quien los charcos del camino lo dejaron sin mapa no robe o mate para conseguirla. Uy, que no me escuche Cacho Castaña porque me fusila en Plaza de Mayo… No, mejor sí, que me escuche…
Disculpame si te tosí en la cara, no era mi intención, en serio. Te lo juro por los millones que tengo en Suiza. Si querés que nos despidamos con una sonrisa, entonces levantemos nuestros pocillos y brindemos porque todavía en junio de 2009 hay gestos como el de Carlos Bianchi, quien renunció por iniciativa propia a la mitad de su sueldo como manager de Boca. Hoy no me importan los motivos ni los atenuantes, cuántos en su lugar podrían hacerlo y piden más. Felicidades…

AMORES Y OGROS

Fabbiani debe ser para River lo que un muchacho honesto, agradable y de buena familia es para una Susanita obsesionada por llevar su vestido blanco al altar.
A ver si me explico: es innegable que el muchacho tiene carisma, condiciones futbolísticas (siempre y cuando recupere las físicas), pero sin un River mendigo de ídolos no habría existido el fenómeno Ogro. ¿O no coincidimos?
La ecuación para entender este precoz romance incluye, además de la variable R (River), la variable opuesta, B (Boca). Se explica sencillamente: a muchos títulos de B, muchas figuras de B y, por ende, muchos ídolos de B (Riquelme, Palacio y Palermo sólo algunos de los actuales y naturales). En cambio, a pocos títulos de R, menos figuras e ídolos de R. Esta escasez ha producido en la última década un fenómeno extraño para esta era del jugador como trabajador y, a la vez, mercancía: la de una hinchada carente de afecto deportivo que en su necesidad de aferrarse a referentes sentimentales agarra el que mejor y más rápido reúna los requisitos básicos. Algunos de los seducidos y abandonados, sólo por salvarles el honor: Tyson Rivas (dos patadas contra Boca lo convirtieron en el nuevo Passarella), Fernando Belluschi (capitán al par de buenas actuaciones), Alexis Sánchez (“chileno, chileno”)....
Es cierto, en esa ansiosa búsqueda también hubo traiciones amorosas, como la de Sebastián Abreu (el último líder). Y otras historias más complejas como la de Salas, la de Gallardo o la del Burrito Ortega, que vendría a ser ese gran amor de toda la vida, con tramas llenas de vaivenes, con el que coquetea permanentemente, hasta de viejo, pero con la que ya no puede volver a pasar algo serio.
Si algún hincha de River habría estado presente en El Banquete de Platón habría definido al amor como la necesidad de encontrar, a falta de un equipo, alguien que personifique la pasión del tablón con talento para patear y pasar la pelota. Si a eso le sumamos un par de declaraciones picantes y calientes –muchas veces con humo rebosando-, y una dosis gorda de carisma bien alimentada por los programas de chimenteros de la tarde, parece la media naranja. Pero no nos engañemos…
¿Qué vendría a ser el Ogro hoy? Nada más que un buen partido (en cualquiera de las acepciones). Ni ídolo, ni caudillo, ni gurú, ni salvador, ni Mesías, ni sucesor de Alonso y Francescoli juntos. Al menos hasta que las vitrinas demuestren lo contrario…
Claro que sí: pobre River. No es más que el pintoresco ejemplar de zoológico de la especie celeste y blanca llamada argentinos. Esa necesitada de apegarse a figuras e iconizar caricaturas para encontrar no sé qué brújula. De agarrarse de Maradona cuando sirve y sacárselo de encima cuando molesta. De recordarle –con orgullo- a cuanto extranjero se cruce que el Che, Evita y Gardel son más argentinos que la calle Corrientes a las doce de la noche… Sí, ya sé, me fui por las ramas. Te dejo tranquilo. Para eso, en vez de escucharme a mí te ponés a leer a Sebreli y a escuchar a la Bersuit….

LA FAMA ES PURO CUENTO

Qué vueltas te da la vida, Tigre. Si te hubieras visto hace no mucho, cuando estabas todo zaparrastroso, tirado, roto, triste como la tristeza… Qué cambiado estás. Ahora sos todo un señorito, eh. No hay quien no te quiera, te mime o te suelte algún piropo por la calle. Hasta los del otro barrio te admiran por lo bajo… Lo que me gusta de vos es que no dejaste de hablar simple y pausado. Que seguís parando en el mismo bar. Que en tiempos de vedettes y cabarets, no te alejaste de tu capacidad de andar tranquilo por la sombra silbando bajito. Que ni siquiera cambiaste los focos de tu casa, que sigue iluminando con las mismas luces amarillentas de farolito de esquina…
Sí, es cierto que hubo gente que se coló al tren de tu Victoria. Lógico. Pero son los menos. Vos sabés bien quiénes son los amigos que te fueron a ver ese miércoles a la cancha de Brown de Adrogué cuando estabas en terapia intensiva. Los que estuvieron cinco noches sin comer después de aquella final perdida en River contra Chacarita. O los que se inyectaban más de tu veneno cuando nadie daba dos pesos por vos, todos te ninguneaban y hasta Midland se te reía en la cara. Son los mismos que ahora, cuando te leen, te ven y te escuchan por todos lados, miran al cielo y cuentan las nubes porque son incapaces de sujetar la avalancha de lágrimas que empuja el corazón. Justo vos, que si los diarios te dedicaban más de una página era porque te habías metido en algún lío...
¿Te acordás de cuando te ganó Alem? Aunque no lo creas, esa tarde hiciste llorar a más de uno... Bueno, no es mi intención escarbar en los desechos de tu pasado. Ya sé que no te caíste del cielo, que sos un viejo de 106 pirulos con canas brillantes y la boina azul y roja bien puesta. Y que encima tenés esa jodida costumbre de hacerle honor a tu nombre cuando el chori se quema…
Me dijeron que estás un poco nervioso por estos días. Que no sabés bien qué ponerte, que no estás acostumbrado a ser invitado a estas citas… Relajate, viejo, ya estás grande para estos trotes. Acordate que el Apertura se va y la fama es puro cuento… Ah, eso sí: si estás cansado, dale la mano a Diego… ¡Qué viejito piola sos, eh!

VOS SOS CONTRA, AMIGO

Te lo cuento a vos porque supongo que me vas a entender. Vení. Arrimate una silla... Hoy me acordé de cuando el fútbol era otra cosa... Pará. No me digas que despunto el vicio argentino del “todo tiempo pasado fue mejor”. Me importa muy poco si Rattin era mejor que Mascherano. No quiero hablarte de cómo tratan a la pelotita los que entienden sino en cómo la vienen moviendo los de afuera (que encima son de palo). Me refiero a cuando no existía la parafernalia televisiva de ahora, a cuando la tele era un bonus track, acaso un capítulo posterior al juego, y no El juego…
Sí, ya sé, para vos está buenísimo poder ver todos los partidos en directo tomando un licuado de banana. Pero el fútbol, hasta hace no mucho, tenía otro sabor (al menos para mí). Por ejemplo, el sabor de la voz de Víctor Hugo "revelándote" lo que le decía el árbitro al arquero antes de un penal. O el sabor de imaginarte un gol durante toda la tarde y después verlo a la noche en Fútbol de Primera (el viejo Fútbol de Primera) y no poder creer que la realidad y tu ficción fueran tan vecinas…
Vos me decís que nadie me obliga a verlos por TV, que si quiero los puedo escuchar por radio. Y tenés razón. Pero convengamos que es muy difícil –para un futbolero de ley, imposible- no caer en la tentación. La ansiedad siempre fue más poderosa -y peor consejera- que el romanticisimo. Si no, preguntales a Romeo (no Bernardo, eh) y Julieta…
Extraño el olor a fin de semana que salía de la radio cuando los viernes había un solo partido. Extraño cuando el sábado era el día del Ascenso y hasta un Ferro-Chaco For Ever se jugaba el domingo a la tarde…
Dejate de hinchar, no es que sea un nostálgico…
No, no me entendés. No digo que no esté bueno mirar fútbol por la tele. Apunto a otra cosa. Disparo al enchastre de cámaras que, toma tras toma, terminó con “aquellas pequeñas cosas”. Para que te voy a andar con vueltas: me jode que el fútbol ya sea sinónimo de televisión. Y que encima, de yapa, te quieran convencer de que no sos menos hincha si lo mirás por la tele. Claro que sos menos hincha si no vas a la cancha. Por supuesto...
¿Que generalizo? Puede ser. Y no esta de más la aclaración. Pero antes era distinto. Hasta el Gran DT estaba mejor. ¿O no?...
Está bien, dejá, no te voy a convencer. Al final, vos sos contra, amigo... El café lo pago yo.