miércoles, 25 de mayo de 2011

PATEAR LA PELOTA

Manuel Neuer, arquero alemán, lanzó una de esas invitaciones aventureras con valientes intenciones pero la tranquilidad de saberse al margen de riesgos: “Los futbolistas que son homosexuales deberían contarlo. Eso los aliviaría”. Su inquietud, además de poner sobre la mesa la materia más tabú del fútbol, tiene una historia escrita en su país y remontada al reciente Mundial de Sudáfrica: Michael Becker, representante de Michael Ballack, se ofuscó porque a su jugador estrella le habían quitado la capitanía de Alemania y estalló a modo de denuncia: “La Selección está controlada por una pandilla de gays”.
Bien lo sabrá Manuel: la homosexualidad en el mundo del fútbol está atada con candado oxidado en los armarios de los vestuarios, bien teñida pero con florecimiento de canas. Razones no les faltan a los amores con canilleras para mantener la persiana baja en pleno verano. ¿Acaso a alguien se le venga a la mente otro ambiente donde la palabra “puto” sea tan pretendida como puñal de humillación?
Con una ilusión más cercana a estos tiempos, allá por 1990, Justin Fashanu, jugador nigeriano con trayectoria por equipos ingleses, se animó a saltar la electrificada reja y se coronó como el primer futbolista en revelar su homosexualidad. Al escándalo en que derivó su verdad debió agregarle, años más tarde, una denuncia por abuso sexual a un joven de 17 años. Por falta de pruebas la causa fue archivada, pero él ya había echado a su suerte. “Me he dado cuenta de que ya he sido condenado como culpable”, escribió en su nota de suicidio, antes de ahorcarse en un garage.
”Un homosexual no puede ser futbolista”, sintetizó Luciano Moggi, ex director general de la Juventus, quien en una vista panorámica, y tan simplificadora como su regla, sirve como baqueano de esta historia. Pero no es el único que piensa igual. El técnico uruguayo Jorge Fossati postuló en una entrevista que “un jugador homosexual no debe estar en un plantel profesional”. La justificación, en su caso, fue menos matemática: “Sería un transgresor entre hombres”. El propio Daniel Passarella, en sus épocas de entrenador, también hizo una pariente observación al cerrarle la puerta de sus equipos a todo aquel que no fuera hétero.
Si de transgresiones se trata, el licenciado es el arquero inglés David James, quien reconoce que sus placeres por el yoga, la lectura y la pintura fueron interpretados como conductas homosexuales por sus compañeros de vestuario. “Si una de cada diez personas es homosexual, ¿dónde están los gays en el fútbol?", se pregunta.
El crack holandés Ruud Gullit tuvo que trepar el estrellato para animarse a plantar su bandera. Otros, como Yoann Lemaire, no contaron con honores suficientes donde pisar. Este defensor francés vistió durante 14 años la camiseta del modesto FC Chooz, hasta que se le ocurrió confesarles a sus compañeros que era gay. Recibió de respuesta insultos y la expulsión del club.
“Cuando el infierno son los otros, el paraíso no es uno mismo”, anotó Mario Benedetti, tras el remate de Jean Paul Sartre. ¿O no son los propios protagonistas del fútbol el tormentoso obstáculo para los encerrados en el placard? El vestuario desnuda a todos pero también le da bata a unos cuantos. Es el campo de juego de este tabú y, como las cofradías más herméticas, tiene sus propias reglas de convivencia. Así las cosas, la pelota quema como un mal de amores… Pareciera que, más que patriadas individuales, se trata de una revolución que reclama mucho juego en equipo. Y muchos huevos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario