Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París –y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
César Vallejo
A 727 kilómetros y unos pocos días de distancia entre sí, a dos jóvenes los cargó la guadaña de un saque. A uno, a los 28 años, en Rosario. Al otro, a los 17, en Mar del Plata. A uno, después hacer el amor con la modelo Liz Solari y desplomarse en sus brazos por un paro cardiorrespiratorio. Al otro, después de caminar por la calle y desplomarse ante el impacto de una ventana que le llovió desde un edificio sin siquiera un chiflido de aviso. Está a la vista: la suerte no es socialista tampoco cuando se trata de morir.
Es hora de aceptar que en poquísimas excepciones la vida tiene gusto a rico en su último bocado. Pero a su vez, y mucho más aún, es justo reconocer que el término “morir” no resiste una traducción de diccionario.
Posiblemente, de haber podido elegir entre todas las formas, Leonardo Jesús Verhagen habría elegido morir como murió: desparramado de placer, embadurnado de los olores de su mujer (debo decirlo: nada menos que Liz Solari), y felizmente rendido en sus sudorosos brazos, pañuelos de su desesperación y cómplices de su última ofrenda de amor.
Está claro que no debe ser lindo morirse. Pero si la muerte y la pasión se dan la mano en el silbatazo final, cómo no firmar el empate. A los que estamos de este lado de la línea de cal todavía nos queda la ilusión de bajar el telón ahogados en felicidad, de que los placeres sean copilotos y hoja de ruta en el barco que, tarde o temprano, tendremos que zarpar.
¿Quién no sueña con morir de un bobazo gritando un gol de su equipo, abrazado a los amigos y desconocidos de cada jornada? ¿Acaso existe una despedida más digna para un futbolero?
Hay quienes dicen que la del ex presidente de Boca Pedro Pompilio no fue más digna pero sí más excitante. A muchos les hizo acordar a la de Félix Faure, quien en 1899, ejerciendo su rol de presidente de Francia, murió al sufrir un accidente cerebro-vascular mientras una hermosa mujer lo deleitaba con sexo oral en su oficina. No por nada los franceses llaman al orgasmo “la petite mort”.
Una de las muertes más gloriosas que conozca la historia debe ser la del jockey Frank Hayes. En 1923, este buen hombre sufrió un ataque al corazón en plena carrera, pero su caballo, "Sweet Kiss", nunca detuvo su marcha y llegó primero. Fue campeón aún muerto. Magnífico.
Los amantes del buen comer tienen su exponente en el rey Adolfo Federico de Suecia. Irremediablemente glotón, murió a los 61 años de una panzada: langosta, caviar, chucrut, sopa de repollo, ciervo ahumado, champagne y catorce porciones de postre. Le hizo jaque mate a su hígado y se fue rodando a quién sabe dónde.
Sin embargo, como la de Charlie Parker no hay. El mítico saxofonista cumplió la promesa y el juramento de tantos: se murió de risa. A los 35 años, mientras miraba televisión, se tentó con un chiste y no paró hasta el cajón. Claro que para eso contó con el patrocinio de sus adicciones a la heroína, el alcohol, la comida y el sexo.
“Hay que morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo. La muerte, elegida libremente, realizada a tiempo, con lucidez y alegría, rodeado de hijos y de testigos, de forma que todavía sea posible un auténtico adiós, al que asista verdaderamente quien se despide y haga una tasación real de lo deseado y de lo conseguido a lo largo de toda su vida; la muerte, así, se opone totalmente a la horrible y lamentable comedia que el cristianismo ha dado de ella”.
La sugerencia de Nietzsche es tan audaz como polémica. Propone el suicidio como bar para que la muerte y la pasión se sienten a tomar un café para saldar sus viejas diferencias y planear una estafa a la casualidad. Algo de eso hicieron Edward y Joan, dos británicos que le cantaron a la huesuda falta envido con 23, y le ganaron de mano.
Después de 54 años de casados, a Joan le diagnosticaron un cáncer furibundo. A medida que se fue consumiendo el pucho de su vida, su marido se fue deteriorando al mismo ritmo: quedó ciego, sordo y desprovisto de todo tipo de voluntades. Cuando sólo quedaba esperar a quién le tocarían el hombro primero, Edward le propuso a su mujer un viaje a Suiza. Se internaron en una clínica y pagaron 45 mil pesos para que los ayudaran a suicidarse (allá la eutanasia no es legal pero el suicidio asistido sí). Sus corazones dejaron de latir en el mismo segundo, en un maridaje agridulce de pasión y muerte.
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