martes, 15 de noviembre de 2011

EL SOL PEGA MAS A LOS OJOS

 Ayer me jubilé, doctor. Quizás no tenga nada que ver con mi diagnóstico, pero yo se lo cuento por las dudas. Y para que me entienda. Fui encargado de una librería durante 31 años. De la librería “Los puntanos”, porque los dueños son dos hermanos de San Luis. Estuve trabajando para ellos 31 años. 31 años tiempo completo. Sin feriados, sin fines de semanas, sin almuerzos de Día del padre. Imagínese lo que es no poder disfrutar de un día al aire libre en tanto tiempo. Salvo en vacaciones, claro, pero no es lo mismo. 31 años trabajando de lunes a lunes de 10 a 20. Imagínese. Todo por mantener a mis seis pibes. No fue la vida que hubiera elegido, pero tampoco me arrepiento. Pudo haber sido peor. Usted me entiende. Por eso ahora que todos mis hijos ya son grandes y pueden vivir por sus propios medios, pude jubilarme tranquilo para ocuparme de mí. Y empecé por un viejo y postergado anhelo: salir a andar en bicicleta… Espere, doctor, escúcheme, por favor.  
Vivo desde los 23 años en Capital Federal, pero yo nací y me crié en Mercedes, provincia de Buenos Aires, capital nacional del salame. Mi casa quedaba en las afueras de la ciudad, sobre una calle de tierra. Yo andaba todas las tardecitas en bicicleta por esa calle. Esperaba que bajara el sol y me trepaba a la bici. Me gustaba pedalear de frente a ese sol enano, de las siete de la tarde más o menos, que si miraba al horizonte me dejaba ciego. Entreabría los ojos mientras mis manos apretaban del manubrio y mis piernas se movían como las ruedas, sin principio ni fin. ¿Ahora entiende por qué empecé por la bici? Ya le voy a decir qué tiene que ver todo esto con su visita. Espéreme, sea usted también paciente. Yo esperé 31 años, imagínese.
¿Ve esa bicicleta que está ahí? La compré la semana pasada. La tuve hibernando en este balcón cinco días. Cada noche antes de irme a dormir, la venía a ver y me imaginaba cómo me sentiría ahora, después de montarla. Mire lo que son las cosas. La miraba y me subía, pero aún no podía pedalear ni ver el sol.
Como le decía, hoy es mi primer día como jubilado. Más temprano estuve escuchando la radio y tomando mates. Desde las últimas vacaciones en Mar de Ajó que no estaba tan tranquilo. ¡Cuánto hacía! Después, en la última agonía de la tarde, a la usanza de la infancia mercedina, agarré la bicicleta, la metí con esfuerzos, eso sí lo reconozco, en el ascensor y me fui a andar. Pensé que las plazas seguían siendo los espacios óptimos para la práctica al aire libre, pero al llegar a la que está acá a la vuelta supe que si no cambiaba de idea iba a atropellar a cualquiera de los que estaban holgazaneando en el pasto. No me quedó otra que soltarme a andar en la calle. Sé que ahora hay bicisendas, pero así no era como lo imaginé. Preferí ir por la calle, bordeando la vereda derecha, como había visto tantas veces a otros. Es cierto que hacía mucho que no practicaba deporte, pero en ningún momento me sentí mal. No tuve miedo nunca. Tampoco me agité. Ni un bocinazo recibí, se lo juro. Sólo estaba preocupado en encontrar ese sol bajito que ciega y pinta las cosas como una película antigua. Va a pensar que estoy loco, doctor, pero estaba más pendiente de eso que de disfrutar de andar nuevamente en bicicleta. Iba despacio, siguiendo los haces de luz. Pero el sol asomaba y se replegaba a cada momento, era un torero y yo el pobre toro siguiendo la manta roja. Y los edificios sacaban altura como si fueran patovicas. Belgrano tiene un altísimo promedio de árboles, ése era uno de los motivos por los que me instalé en este barrio cuando vine de Mercedes. Pero a veces la naturaleza atenta contra sí misma. La cuestión es que el sol, eso que yo llamo sol, no aparecía por ningún lado.
Llegué hasta Villa Urquiza. Ahí dejé de buscar. Dije basta por hoy, demasiado. Ya un poco cansado, es cierto, volví a mi casa. Tampoco en el camino de regreso encontré la suavidad de esos rayos. Me di por vencido aún vencido, desoí la enseñanza de Almafuerte. Estaba frustrado, aunque hasta ese momento no tuve ningún inconveniente físico. Ya había planeado irme mañana a la Costanera, ahí lo encontraría seguro. Pero pasó algo impensado, doctor. Llegué a mi casa, vine a dejar la bicicleta al balcón y acá mismo, acá donde estoy parado ahora, encontré ese sol del que tanto le hablo. Lo encontré viejo como mi anhelo, a nueve pisos de altura, pero estoy seguro de que era el mismo de mi infancia en Mercedes. Me di cuenta porque lo miré a los ojos y, por fin, el sol me encegueció... Bueno. Después de eso, no me acuerdo más nada. Cuando me desperté, habían pasado casi dos horas. Estaba tirado en el balcón con la remera empapada, pero sin ningún golpe ni moretón. Por eso lo llamé.

miércoles, 12 de octubre de 2011

ARBOL GENEALOGICO

Nuestro árbol genealógico
tendría dos hojas verdes
pero más ramas que el de una familia isabelina
y la princesa en el centro

Hemos sido hijos de dos noches:
una impúdica de verano
otra serena de otoño

También hemos sido
hermanos de la sinceridad
la ternura infantil, animal y jubilada

Padres de nuestras
alegrías desmesuradas
ilusiones intachables (como todas)
flores acalambradas de tanta agua que cayó
manos por debajo de la remera
y el pantalón

Tíos de consejos indulgentes 
materia prima
para amasarnos
o ver el sol de noche
y la luna a cualquier hora

Esposos sin esposas
amantes de tarde
palabras y rituales
que se entremezclaban en el sabor que no tiene nombre
y debería llamarse
estamos solos en mi casa y enamorados

Abuelos de darnos la mano
decirnos “hasta mañana”
besarnos
dormir
despertarnos
abrazarnos dormidos

Hemos sido
tan bien
nosotros mismos
Y todavía seremos
parientes

jueves, 29 de septiembre de 2011

SUSANA G.

En su sueño, ella seguía siendo la más linda de la división. Solo tenía el pelo un poco más oscuro y corto, un nuevo peinado. En el resto de los detalles nada había cambiado. Los ojos pardos de águila venenosa seguían allí. Su boca más bien rosa y fina, fresca y perdida entre sus pecas, esa boca también arrugada aún relucía. Todo estaba intacto. Hasta la voz era la misma: grave sin perder elegancia, como de cantante de tango. Al despertarse, Gustavo quedó absorto de que todo estuviera intacto. Se mantuvo recostado un minuto más y se levantó bruscamente de la cama con la musculosa mojada de sudor y el ligero ronquido de Nelly imperturbable.
Bien pudo tratarse de una pesadilla: si había un tramo que quería borrar de su historial, si fuera posible de un plumazo, era el Secundario. En esos años, Gustavo la había pasado mal, y de eso le había quedado buena memoria. Cosechó algunos amigos desde su guardapolvo machacado por la plancha de su mamá, pero esos pocos, a lo sumo tres, también sufrían los constantes avatares de los más rebeldes y populares, que eran los mismos. Ni siquiera esa coraza propia de una tribu en desventaja le aplacó el sufrimiento que le generaba una burla, una ironía, ser siempre el último elegido en el puntín, aburrirse en los recreos, no ser invitado a los bailes y, mucho más, ser inadvertido por Susana. Si hay que ser totalmente sinceros, ése era el gran escollo de su adolescencia: que para ella escucharlo fuera lo mismo que escuchar caer una hoja al suelo.
No le costó demasiado tiempo descifrar por qué, después de traerlo en sueños, el recuerdo de Susana se mantuvo inquieto a lo largo del día, en un trámite en la farmacia y hasta cuando le envolvían los huevos en la carnicería. La idea emergió como un capricho imposible de extirpar de la cabeza, aunque al principio le sonara a locura. ¿55 años después? ¿Para qué? Pero Gustavo quería ver qué se traía entre manos el paso del tiempo, ya estaba aferrado a la esperanza de que la experiencia le haya agrandado el talle para otra oportunidad. Quería ver cómo se tratarían ahora, cómo se hablarían. Eran muchas las preguntas como para quedarse con la duda.
A medida que fue afirmándose en la certeza de que sí, realmente iría a la búsqueda de Susana y no había vuelta atrás, su lucidez le ofrecía migajas que la memoria guardaba entre telarañas. Por ejemplo, sus desayunos de café con leche, sus viajes en colectivo al colegio, Adelia, la profesora de Matemática, su pelo largo hasta la cintura y sus tareas. Tardó cinco días en dar con el paradero de su compañera de curso. Recordaba que su apellido era Gutiérrez, y que su padre, quien seguramente ya estaba muerto, era odontólogo. Lo demás era tarea de investigación. 
El primer paso fue revisar todas las agendas, pero en ninguna encontró algún Gutiérrez. Después de una derrota inicial sin sorpresas (bien sabía todo lo que le había costado enterrar aquella época), empezó el verdadero trabajo de campo: tomó la guía telefónica, encontró 423 Gutiérrez y los fue llamando, uno a uno, cada tarde que Nelly se juntaba a jugar a la canasta con sus amigas. 87 Gutiérrez a los que llamó decían conocer una Susana septuagenaria. De esas, 53 estaban muertas y 34 vivas. Quedaron en carrera las que tenían al menos un hermano varón, como a Gustavo también le sonaba, pero solamente encontró una Susana Gutiérrez que además había tenido un padre odontólogo.
-No me acuerdo bien a qué colegio fue mi mamá, pero sí, mi abuelo era dentista -confirmó en un una charla telefónica Miriam, la hija de Susana, quien además de la dirección del geriátrico donde la encontraría, le hizo un resumen de los años que estuvieron entre paréntesis desde que terminaron el Secundario. Su madre había estudiado odontología como su padre, pero al tercer año de carrera la parió y dejó los claustros y los libros para dedicarse a ella y su marido. Gustavo quedó con la boca abierta al enterarse de la noticia. No lo sorprendió que se haya casado con otro hombre, algo lógico de acuerdo a su naturaleza, sino quién era ese hombre:
-Mi papá se llama Santiago, se conocieron con mamá en el colegio. Usted lo debe conocer, entonces –le contó Miriam a Gustavo, quien inmediatamente recordó al silencioso y meditabundo compañero de banco por el que no hubiera dado ni dos pesos. Lo que era todavía más increíble es que, a la larga, el mismo Santiago le haya dado a Susana dos hijos más y el peor disgusto: dejarla.
-No sé si usted lo estimaba, pero terminó siendo un cretino. Nos abandonó cuando yo tenía 14 años –completó Miriam. Del otro lado, el tubo de Gustavo temblaba. Igualmente, Santiago no fue el único hombre en su vida, restringida a la crianza de sus hijos y a las atenciones a sus maridos. Luego se casó con un marino mercante y tuvo una hija más.
Antes de ir a visitar a Susana, Gustavo se tomó dos días de preparación. Fue a la peluquería, se compró un pantalón (en un hecho que despertó cierto asombro en Nelly) y por último, casi antes de abrir la puerta de calle, se perfumó. Se tomó un colectivo, ingresó al geriátrico y encontró a Susana Gutiérrez, en un amplio patio, sentada en una silla de ruedas tejiendo. La mujer del sueño le había dado paso a una real, más arrugada que aquella joven de piel tersa y llana, también más baja y ancha de caderas, pero con la misma identidad en su expresión. Por todos lados sí, pero por sus ojos los años no habían podido pasar, pensó Gustavo. De lo que había perdido registro, después de tantas décadas, era de un importante lunar cerca de la comisura de su boca que le agregaba aún más personería a su encanto. Se acercó caminando lentamente, con timidez, acompañado por una enfermera:
            -Mire, Susana, vinieron a verla.
Susana dejó de apuntar a una lana azul y sus trabajadores ovillos, y se centró en su visitante.
-Hola, Susana. ¿Cómo estás? –dijo Gustavo en voz bajísima.
-Se llama Gustavo y es un amigo suyo de la infancia –intentó orientarla la enfermera.
-No te conozco -dijo Susana en un tono seco y rígido.
La enfermera hizo una mueca y le dio un beso en su pelo que partía a la mitad canas y tintura color aserrín. Casi al oído le dijo a Gustavo “tiene Alzheimer, pobrecita” y se despidió:
-Bueno, los dejo solos, que deben tener mucho para conversar.
A Gustavo lo animó esta versión mucho más mansa de Susana y le habló de su hija y el colegio. A pesar de que siguió insistiendo con que no lo conocía, ella empezó a escuchar con atención, despreocupada pero interesada, las historias que él le contaba sobre su vida, la de ella y pequeñas reminiscencias juveniles no del todo fidedignas, dicho sea de paso. El primer mes la visitó una vez por semana. Le llevaba bombones, flores o masitas, según el clima. Al notar el entusiasmo de Susana cada vez que llegaba, impulsado por los comentarios de las enfermeras acerca de qué alegre se la veía desde conocerlo, comenzó a ir todas las tarde que Nelly se juntaba a jugar a la canasta con sus amigas. O sea, casi todos los días. Había veces en que, además de conversar y observarse, se daban la mano.
-¿Y vos quién sos? No te conozco –le decía cada tanto Susana como la primera vez que los presentó la enfermera. Gustavo sonreía al escuchar esa frase, que a la vez entendía como un código propio. Incluso siguió escuchándola, y sonriendo, después de que, uno de esos días de júbilo en plena jubilación, mientras esperaba la señal de un semáforo, un señor de boina y anteojos se le puso delante y lo llamó por su nombre:
-¿Gustavo Celaya?
-Sí. ¿Nos conocemos? –preguntó Gustavo, desconfiado.
-Claro, ¡soy Santiago Lemos, su compañero de banco en el San Martín! ¿No se acuerda?
-¿Santiago? ¿Usted?
-Sí –contestó el hombre, algo emocionado-. Bueno, pasaron muchos años y muchas cosas, es entendible que no me reconozca.
-Ssssí… Pero me acuerdo de usted, Santiago. Sé quién es –dijo Gustavo sin poder ocultar un tono serio producido por el impacto.
-Bueno, ¡qué alegría entonces! ¿Y qué fue de su vida? –dijo Santiago y le extendió la mano.
-Bien –contestó Gustavo al tiempo que también respondía el apretón de manos-. Me jubilé hace poco. Estudié Administración, trabajé en varias empresas, me casé, tuve hijos, nietos…
-Ah, ¡no puede quejarse!
-La verdad es que no. ¿Y usted?
-Yo también me casé y tuve nietos –contó Santiago.
-Mire qué bien… Me alegro… ¿Varias veces?
-No, por ahora tengo uno solo –dijo Santiago.
-Qué bien… Mi pregunta en verdad era si se había casado varias veces –aclaró Gustavo.
-Ah, no. Una sola vez. Y enviudé.
-¿Enviudó? –interrogó sobresaltado.
-Sí, ya van a ser dos años…
-Lo lamento mucho –dijo de manera automática, sin escucharse: su mente estaba ocupada en develar si había otro Santiago en el curso que había borrado de su memoria, o si le estaba mintiendo. Y se desahogó:
-A mí me habían contado, hace un tiempo, que usted estuvo casado con Susana Gutiérrez.
-¿Qué? ¿Susana Gutiérrez? –preguntó Santiago con el ceño fruncido y los ojos achinados.
-Sí, nuestra compañera de colegio –lo acorraló Gustavo.
-¿Usted dice la chica de ojos verdes y pelo castaño? ¿La linda?
-Sí, esa misma –acató con nerviosismo.
-¡Nooo, hombre! Pero no se llamaba Susana Gutiérrez: era Susana Gómez… Yo me casé con Ramona Maraschi, mi vecina –corrigió Santiago a su viejo amigo, a quien le bastó escuchar “Gómez” para resignarse con alivio y sin fisuras a su implacable equivocación.
-¿Yo casado con Susana Gómez? -se asombró Santiago-. ¿Y quién le fue con ese cuento, Don Gustavo? Seguro que alguno de los sinvergüenzas que nos hacían la vida imposible, ¿no?

jueves, 15 de septiembre de 2011

FLORES Y ESPINAS

¿Hasta dónde iba esa gente tan temprano para morir? ¿Hasta dónde puede tener jurisprudencia el destino en casos así? ¿Hasta dónde tenía que llegar el chofer del colectivo para no esperar una barrera a media asta con otras vidas a sus hombros? ¿Hasta dónde no fuimos cómplices de su urgencia con nuestro propio ritmo cotidiano? ¿Hasta dónde recordó a su mujer y a sus hijos? ¿Hasta dónde no tuvo demasiada desgracia?
¿Hasta dónde es necesario despertarse, desayunar, almorzar, merendar, cenar y dormirse con las imágenes (desde todos los ángulos) del escalofriante choque de dos trenes y un colectivo? ¿Hasta dónde viajan las filmaciones de las cámaras de seguridad de la Policía Metropolitana?
¿Hasta dónde hace acordar al caso Candela? ¿Hasta dónde es creíble que de un día para el otro los choques estén de moda? ¿Hasta dónde irán los que huyeron por las ventanas?
¿Hasta dónde le cabe de responsabilidad al Estado tal sorpresiva despedida del mundo? ¿Hasta dónde representa de su presupuesto completar la obra de túneles en todos los pasos a nivel de las ciudades más presurosas del país? ¿Hasta dónde hace falta gastar esa plata por accidentes evitables? ¿Hasta dónde fue falta de previsión gubernamental? ¿Hasta dónde fue falta de previsión personal?
¿Hasta dónde se habrá escuchado el impacto? ¿Hasta dónde recordarán los testigos? ¿Hasta dónde le compete al hombre que dejó la barrera huérfana antes de que lo reemplazaran? ¿Hasta dónde será cierto que eso fue realmente así? ¿Hasta dónde, si fue así, no delata su pertenencia a esta sociedad?
¿Hasta dónde nos cuesta esperar un minuto? ¿Hasta dónde se van a seguir fabricando autos? ¿Hasta dónde llegará nuestra conciencia después de esta lección? ¿Hasta dónde dejará de ser un tema de actualidad? ¿Hasta dónde era de día y hasta dónde era de noche a esa hora en Flores? ¿Hasta dónde habrán visto los bomberos? ¿Hasta dónde escribirán historias de llanto los trenes?
¿Hasta dónde importa la distinción entre medios de transporte “más” y “menos” seguros? ¿Hasta dónde respiran quienes se bajaron en Caballito y Floresta? ¿Hasta dónde pueden indagarse las explicaciones de un horror? ¿Hasta dónde existen?

martes, 30 de agosto de 2011

QUE PAREZCA PERIODISMO

Que vendan tartamudos los teclados de computadoras
Que se me plante un árbol de moras

Que alguien cante una canción mala
Que ordenen repatriar los desastres
que se fugaron de una noche de ajo
y sorbos picantes

Que una bandera flamee dada vuelta
Que secuestren una aspirina
Que sean tan blancas las nubes
que no necesiten lavandina

Que nos regalen una esperanza
Que se prenda fuego un vagón
Que nos roben la esperanza

Que tenga un orgasmo una monja
Que se burlen eternamente de la luna
Que el marrón sea verde
Que caiga una avalancha en la tribuna

Que sepan inventar una rima
Que se le vea un moco al ministro
Que los supermercados abran de noche
Que de la madrugada quede registro

Que no suene ridículo ni siniestro
Que vuelva a caer nieve en Villa Crespo
Que las estrellas lleven una doble vida
Que el reloj se quede sin pila

Que se derrumbe el edificio
Que una esponja entienda de dinosaurios
como una piedra al aire de delirio

Que una voz resulte molesta
Que el viento venga sin ese temor de verano
si es posible a la hora de la siesta

Que saquen una hoja
Que escriban lo que se les antoja
Que hagan una noticia

Que los peces se junten a jugar al póker
Que no me digan que no los conocen

Que ayer y hoy no sea lo mismo
Pero que pase algo
y parezca periodismo

miércoles, 17 de agosto de 2011

ALGUIEN GANA LA LOTERIA

Tiempo de pisar las veredas que mueven tus piernas
De aceptar como compañero de ruta al recuerdo
De preguntarle cuánto tiene de demora al futuro
Será mejor escupir las cenizas que muerdo

No voy a escarbar ni rapiñar
Voy a permitirme olfatear
Dejaré en la calle la vista suelta
Pondré en remojo mi tranquilidad
La suerte nos encontrará de vuelta

Ignoraré los semáforos y los carteles
Estaré más atento a la gente, a las caras, a las ropas, a los caminares
A las pestañas que andan en bicicleta
A los árboles que se peinan con flequillo
A los colectivos que se comen las uñas
A cierto pelo amarillo

Simularé sorpresa
"¿Qué hacés por acá?"
"¡Tanto tiempo!"
Azar de bisutería
¿Por qué no?
Cada tanto alguien gana la lotería

Voy a pisar las veredas que mueven tus piernas
No voy a escarbar ni rapiñar
Seré un perro perdido
Con las patas a la deriva
El hocico moqueado
Y orejas con puntería
¿Quién dice que no?
Cada tanto alguien gana la lotería

viernes, 12 de agosto de 2011

FLECHAS

I

Y
no
fui
puro
aquel
martes

Aparecí
iracundo
Ametrallé
fulminante
Sangraste
verdades
Abatida
caíste

Adiós
Chau
Vos
Yo




II

¿O
yo
soy
mago
acaso?

Volvés
seguido

Aparecés
apócrifas
madrugadas

Alborotás
cotorras
jóvenes
lunas

Comés
días

Sos
mi
¿y?




III

A
la
una
dije
estoy
ahices

Próximo
Llegando
Anuncialo
Cerquísima
Aguardame
Esperame
Quedate
Mirame
Reite

Juná
Voy
yo
y…

viernes, 5 de agosto de 2011

ATARDECER EN CABALLITO

Suele tener mala fama, pero mi debut fue una amable experiencia. Nunca antes había ido solo. Más por pereza que por considerarlo una aventura emocional riesgosa o un entretenimiento para compartir. Tardé 28 años en salir de mi casa, caminar cinco cuadras, subir una escalera mecánica y comprar en la boletería únicamente una entrada. “Buenas tardes, caballero. Por el pasillo de la derecha, fila E”, me dijeron como si subiera a un micro de larga distancia mientras me la cortaban.
A mi ingreso, la sala tenía ya la mitad de los asientos ocupados, las luces prendidas a medias tintas y la pantalla gris. Para bajar los cuatro escalones que me separaban de mi butaca, debí esquivar a una pareja canosa que le pedía a la acomodadora más detalles de sus ubicaciones. “Asientos 2 y 3 son estos, ¿no?”, preguntó la señora, que cargaba en su hombro una cartera del tamaño de una valija que también tuve que esquivar. Casualmente otra consulta en continuado me sirvió de guía para saber dónde debía alojarme yo. Mi hilera estaba completamente vacía, así que caminé a mi butaca llanamente, sin esos rodeos de rodillas que el cine comparte en su ritual con la platea de un teatro o de un estadio de fútbol.
Me saqué primero la mochila, después la campera, la bufanda y al final los guantes. Apoyé la mochila en el suelo y la ropa sobre mi regazo. Me acomodé. Saqué los anteojos y una sonrisa de sorpresa al ver a la portera de mi edificio acariciando la melena de oveja de su cabeza de ñandú. Hablaba atentamente con otra señora. Por suerte, estaba lejos y, esta vez, no parecía curiosa en lo que sucedía a sus espaldas.
La colonia de abuelos fue mayoría en la sala, ampliamente local. Por eso se daba licencia para moverse como en un jardín de infantes. Ofrecían inquietudes tiernas que les daban a las acomodadoras un tono de enfermeras. Comprobé que, aunque la temática inicial eran sus ubicaciones, también había otro tipo de intereses: a qué hora terminaba la película, si era subtitulada o traducida, a qué volumen iba a estar el sonido, por decir algunos. Sin ir más lejos, un señor de bigotes que se sentó a mi derecha recibía una rueda de auxilio eléctrica en su oreja izquierda. Al principio creí que era de los míos y estaba solo, porque limitaba con la pared, pero después se puso a conversar con dos personas sentadas delante de él. Era bastante grande y tal vez lo subestimé: no me imaginé que luego sacaría un paquete de pochoclos y empezaría a repiquetear maíz en su boca.
Las parejas también prevalecían, principalmente las que rondaban los cincuenta años y conservaban el apetito por los placeres artísticos. El club de los solitarios no contaba con muchos socios: un par de veinteañeros más cerca de los veinte que de los treinta y alguna que otra señora.
Un grupo de adolescentes gritaba y se reía, pero en el medio había tanto ruido de voces y pochoclos que no se lo escuchaba del todo. Bien podría haber sido amigo de ellos el chico que se sentó dos asientos a mi izquierda, a poco de que la pantalla se prendiera para promocionar los próximos estrenos. Debía estar en el último año del Secundario y llegó con su casi seguro papá, un hombre calvo que pisoteaba los 40 años y estaba divorciado, según inferí de un comentario del chico sobre la madre. Se hablaban con la confianza recíproca de padres e hijos que ya no viven juntos. Pero el hombre, que vestía campera de cuero, controlaba celosamente la desfachatez de su hijo. “Vos llegás ir a esa fiesta y cobrás”, escuché y simulé estar concentrado sólo en la pantalla. Fueron comentando una a una las películas prometidas para las siguientes semanas. Opinaban de las mujeres, destacaban los efectos especiales, recordaban las trayectorias de los actores y al final daban su veredicto sobre si las verían o no. No coincidieron en ninguna. Tampoco se pusieron de acuerdo sobre las mujeres.
            Las pocas luces restantes se despidieron empequeñeciéndose, como si la película que empezaba fuera un viaje en tren. La sala se silenció y los espectadores reforzaron su atención a la pantalla, menos el vecino derecho, muy preocupado todavía en la caza de los pochoclos más azucarados. Sé que durante toda la historia acudió aparatosamente una y otra vez a su balde. También que el padre se rió en varias escenas y le hizo comentarios aislados a su hijo. Creo que uno fue sobre un auto antiguo. Creo, no podría asegurarlo. Hacía rato que mi paisaje había cambiado del atardecer de Caballito a la medianoche de París.

domingo, 31 de julio de 2011

CONTESTADOR AUTOMÁTICO

Hola, soy yo. ¿Cómo andás? Antes que nada, te aclaro que este llamado es un error. Mejor dicho, no tuvo más intencionalidad que la casualidad del azar. Estaba en mi casa a punto de ir a emborracharme a un bar, pero no encontraba mi celular. Entonces, agarré el teléfono fijo, el enchufado a la pared, y me llamé para localizarlo. Bah, en realidad quise llamarme y terminé marcando tu número… La costumbre me vendió... Me pareció mejor aclarar todo rápidamente en un mensaje de voz, porque los de texto son más enredados, y así no dejar correr la confusión… Quedate tranquila que estoy bien… Doy fe que no he registrado otros desajustes memoriales más allá de este percance… 
Ah, no sabés: me anoté en el bendito curso de paracaidismo. Sí… Pero al final lo dejé porque me quedaba lejos… Me dejé la barba también. Sí, sí… Decidí vivir más relajado, dejar las ollas y los platos sin lavar para integrar socialmente a las moscas, faltar al trabajo cada dos días, dejar de gastar la plata en cine, salidas, asados y todo ese tipo de lujos burgueses… Estoy como más antisiste… Pip, pip, pip, pip, pip, pip, pip...

…Me quedó corto el minuto...Te decía que no estoy yendo a trabajar tan seguido. No sé, me puse más casero. Empecé a descansar mejor, a dedicarle un poco más de tiempo a la cama, a cuidar mis huesos sobre la tranquilidad y calidez del colchón… ¿La verdad? Estoy hecho un violín, no me puedo quejar… También desde lo físico, eh: adelgacé 10 kilos y todo...
¿Qué otra cosa me pasó en estos tres meses?... Ah, independicé a las plantas. Ya estaban grandecitas, que se arreglen solas… En fin, muy bien… ¿Querés que te diga algo? Resultó sanador que me dejaras... Sí, me aflojó un poco. Ahora lloro por cualquier boludez: una canción de Phill Collins, una película que se llama “Tienes un e-mail”, lo que venga… Cambié un montón, sí. Pero para bien… Bueno, no te quiero robar más tiempo. Me colgué contándome de mí… Sólo quería aclararte eso, que te llamé sin querer, porque a veces las cosas no son como parecen. Un beso grande.

EL CUMPLEAÑOS DE ALICIA

Un día antes recordó esa promesa que se había hecho en el último casamiento al que asistió: “Yo cumplo los 40 con un hijo. Afuera o adentro”. Habían pasado desde entonces cinco años, pero sus planificados cálculos no prosperaron. El inesperado momento había llegado y su anhelo de mujer se consumía como cigarrillo de preso. Por ese y otros motivos que no vienen al caso se había rehusado a festejar su cuatrigésimo cumpleaños. La insistencia de Betty, su inseparable amiga, la convenció de una reunión informal en su casa. Y le hamacaba sus pesares. “¡Vas a ver que este vecino mío que te voy a presentar el fin de semana es para vos. Se van a llevar bárbaro, vas a ver!”, la arengaba sin éxito. Betty tampoco tenía pareja ni hijos, aunque sí un discurso mucho más aguerrido y arte para la cocina; por eso prometió encargarse de la torta.
            El cumpleaños de Alicia cayó martes, justo su día más odiado en la semana. Pese a que tenía la costumbre de adelantarse a los calendarios y, por ejemplo, prever que en el 2026 cumpliría años un domingo, esta vez adormeció su manía y se figuró que le tocaba martes apenas con una semana de anticipación. “¿Qué voy a hacer cuando salga de la oficina?”, le surgió como gran preocupación. Parte de la solución se la dio Betty con su idea: ordenar la casa, comprar los sándwiches de miga, las pizzetas, el pionono y las bebidas le llevaría como mínimo dos horas. Si a eso le sumaba la hora y media que requería bañarse, maquillarse, peinarse y cambiarse, ya tenía el problema resuelto. “¿Y la noche previa? ¿Cuando den las 12?”. Al principio estos dos interrogantes la azotaron con terror, pero en un relámpago de su mente encontró el remedio. “A las 10 ya me voy a dormir”, coronó su pensamiento pacificador con un chasquido de dedos.
            Con el cansancio de su lado, durmió de corrido hasta que la trajo a la tierra el despertador. Sus primeros minutos de cuarentona (como ella misma se catalogaba en las vísperas) fueron dóciles, pero ya camino al trabajo empezó a fastidiarse. Ni los llamados de sus papás (desde Canadá), sus primas, su ahijada y su tío le habían cambiado el humor. Mientras hacía la cola para pagar en el supermercado, confirmó que estaba estrenando sus 40 con la misma amargura de los 30. Veía 4 y 0 en todos los precios de las góndolas como si fuera una maldición de alguno de los chicos a los que, en la adolescencia, les rompió el corazón. Ahora enamorar le sonaba aventura de vidas pasadas. Hubo un momento del día, poco después del almuerzo, donde un atisbo de alegría la iluminó. Fue cuando el portero del edificio del trabajo, por quien se sentía atraída a causa de su modo caluroso de decirle “buen día”, subió a regalarle un alfajor y desearle “feliz cumpleaños”. Pero esa sensación de bienestar se quebró como una burbuja.
            Entre la 9 y las 10 de la noche fue recibiendo a sus invitados con una sonrisa de rigor y poco ánimo de regalos. En total, sin contar a Betty, asistieron ocho, dos menos de lo previsto porque Mónica se enfermó y su marido se quedó a cuidarla. Alicia garabateó algunas charlas y fue apurando los menús para que la velada pasara rápido. Después de un rato quedó completamente arrepentida de haber aceptado el plan de Betty, a quien al menos en dos ocasiones le había pedido que le dijera a todos que se sentía mal, que por favor se fueran.
-Pero si nos estamos matando de la risa –respondió a la suma de quejas su amiga, quien resistió hasta donde pudo y, más para salvar a Alicia de un papelón que por otra cosa, ordenó sutilmente la retirada: tomó de la heladera el Lemon pie producido por sus manos, le pidió al marido de Miriam que apagara las luces y salió de la cocina con la torta y dos velas en forma de 4 y 0 encendidas.
            Alicia debió ver una vez más la sonrisa sincera y fraternal de Betty para desechar la posibilidad de que el recordatorio de su edad hasta en las velas formara parte de una broma macabra de su amiga en lugar de su despiste de acuariana. Siempre odiaba pedir tres deseos, y mucho más que se lo exigieran antes de soplar las velas, pero creyó que quizás le traería todavía más desgracias desobedecer ese ritual, y se buscó tres urgentes motivos para no seguir con la escalada de depresión.
-¡Tres deseos! –fue Betty quien la alertó innecesariamente. Alicia había iniciado la largada hacia las velitas y se frenó como dando un paso en falso. En el camino del segundo intento infló sus cachetes de aire y resentimiento y los vació con un sonido de aspiradora. Fue una ráfaga violenta, pero las llamas encendidas como sombreros del 4 y el 0, que hacían surf en un mar blanco de limón, ni se inmutaron.
-¡Otra vez! –gritó una voz perdida en la oscuridad. Y Alicia sopló todavía más fuerte, pero sólo consiguió que el fuego se burlara de su esfuerzo con un movimiento de caderas. El tercer intento fue casi un escupitajo, no tanto por la consistencia como por su desprecio. Sin embargo, las llamas seguían amuradas a las velas. Jorgelina y Claudia intentaron descomprimir la tensión, reforzada por la expresión desahuciada de Alicia, con risas postizas que no hicieron más que incomodar aún más a la anfitriona y al resto de los invitados.
            A la quinta prueba, Alicia logró que al menos una vela se apagara por una fracción de segundos. El guiño duró poco. Al instante volvió a prenderse aún más robustecida.
-¡Dale, Ali, una vez más! –la alentó Betty, que temía que su amiga llorara en cualquier momento. No podía percibir que había trocado su impotencia por una cuestión de honor y de ninguna manera se dejaría humillar por dos caprichosas llamas. Probó, probó y probó. Pero no encontraba manera de derribarlas. Ni con estilo agresivo, ni soplando con los labios bien redondeados, ni alargándolos horizontalmente, ni hechos trompita. La desesperación progresiva en su cara fue demasiado para Miriam y su marido, quienes bajo la excusa de "los nenes se quedaron en casa" fueron los primeros en despedirla y marcharse. Después de cuatro intentos más, que al menos echaron luz sobre la buena salud de sus pulmones, le siguió el grupo de Jorgelina, Claudia y sus respectivos maridos. Alicia los saludó con un beso sonámbulo y volvió a girar rápidamente su cabeza hacia la torta. Ningún soplido lograba apagar el fuego. Y su obsesión acabó siendo una escena insostenible para Luján y Andrés, sus amigos del trabajo. Betty les abrió la puerta con un gesto que pretendía abarcar resignación y disculpas, mientras Alicia sólo entendía de agotar su oxigeno. Ni se dio cuenta de que se había sacado a la gente de encima. Habían quedado sólo las dos amigas, la oscuridad y dos velas que las desafiaban. Betty pensó que era el momento indicado para traerla a la tierra e intentó persuadirla de que le pusiera fin a su insistencia con la habilidad de un domador de leones.
-Un ratito más y listo –le contestó Alicia entre soplo y soplo, sin quitar la vista de la torta. Pero Betty al menos rescató que se pusiera un plazo y se internó en la cocina para lavar y desligarla de otros trabajos. Le pasaba la esponja a un plato con un charco de mostaza, cuando del comedor escuchó un grito que la sobresaltó: “¡Las apagué!”.

viernes, 22 de julio de 2011

LA MEJILLA DE DIOS

"Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos"William Shakespeare


Si el caso demandara una autopsia, habría que dejar correr el tiempo para examinar el cuerpo. La escena del crimen ya se echó a perder hace rato, pero la víctima aún hierve. Y todo indica que tardará varios días en entibiarse. No es para menos: su amigo y socio lo traicionó. Volver a creer en la amistad le había resultado un esfuerzo demasiado hondo como para que otro cuchillo se sumergiera en su espalda. ¿Cómo quedarse quieto así? ¿Cómo no destilar resentimiento?
Seguramente sean otras las preguntas que laten la cabeza de Maradona, pero tampoco tienen más respuestas que este nuevo desamparo afectivo que lo deja bien fané. Otra vez huérfano de confianza y presidiario perpetuo de su nombre. Otra vez con tristeza de rebote.
Havelange, Passarella, Coppola, Grondona, Bilardo, Batista y ahora Mancuso. Su lista de Judas es amplia, proporcional a su genio, a los besos que despierta y a su boca brava que brama. ¿Pero acaso no es parte de la Maradología? Si damos por sentado su temple heroico, también daremos por razonable que no conozca otros enemigos que aquellos que lo defraudan por completo. Con un sueño, con los intereses de gente querida, con los pañales de sus hijas o con su propio país, pero siempre pintando rencores. Hay gamas y texturas para matizar, lo que no cambia es el dibujo barroco: el orgullo herido, la fe despojada, las piernas cortadas, los enemigos que la pagarán y las manos en el fuego sólo por los discípulos de su sangre (ayer Dalma y Giannina, hoy Benja).
¿Y quién no tiene un Shoklender tachado en una agenda vieja? Por lo que haya dolido. Más allá de la sensibilidad de Diego (tan sabia con los pies y tan castigada por la boca), la traición, cuando hablamos de traición, no acepta tregua, ni disculpa, ni último café. No es tan vecina de la decepción como le dicen, directamente decreta una estafa obscena al credo humano. Taladra los ojos y el pecho salir de esa caverna y descubrir el sol. Para Platón, Maradona, el Che Guevara, Dante Alighieri o los clavos de la cruz de Jesús.
Si se tratara de una reflexión meramente indulgente, el punto final de este texto ya se habría escrito y este párrafo, como la pregunta respecto a la responsabilidad de Maradona, no existiría. Puede entenderse una mala elección, pero no omitirse que para reiteradas traiciones se necesita una presa fácil. Y ahí es donde las cuentas no cierran: hasta el blanco y el negro pueden ponerse de acuerdo en que Diego es lo suficientemente despierto para oler la carnada mejor preparada. ¿Entonces? ¿Por qué tanta tenacidad para morder anzuelos? ¿Cuánto le cabe de autocrítica? Vaya él a saberlo. A este alcance está la posibilidad de creer que su excepcional vida también incluye malas jugadas, piedras por tropezar y caprichos de amor, que al fin y al cabo se encuentran en cualquier esquina.

domingo, 10 de julio de 2011

LA PULGA QUE LOS PARIO

Para apretar el grano desde el comienzo: no quiero que Argentina gane la Copa América, quiero que la gane Messi. Si mi preferencia sólo va de la mano de mi “antipatría”, bueno, entonces desearé el triunfo del seleccionado nacional. Pero que levante la copa la Pulga. Quiero después ver en fila los sombreros y las armas apoyados sobre la mesa de la justicia.
Qué manera más cobarde de jugar al nacionalismo es reprocharle que no cante el himno o que no rinda con un rejunte de futbolistas argentinos al mismo nivel que con quienes se entrena todos los días. Con cuántas pavadas maltraté a mis oídos y a mis ojos estos últimos días por escucharlos y leerlos con sus aseveraciones ligeras de acusaciones sopladas por el viento. Qué cerdo es embarrar de presión a un hombrecito de 24 años y privarlo de comodidad y felicidad en su país por la fuerza de una demanda de éxito (propio en teoría pero ajeno donde se ven los pingos). Palabra tras palabra, se les suelta la careta. Golpe a golpe, verso a verso, queda al descubierto que detrás de quienes vapulean a Messi se esconden las miradas más insensatas de la derecha reaccionaria y los rostros más tristes del orgullo argentino.
Quizás sus detractores le perdonarían sus pases errados si lo vieran tomarse el corazón con la mano cruzada, fruncir el ceño como un perro malo que olfatea carne y estallar la gola al grito de “sean eternos los laureles que supimos conseguir”. Quizás desearían que antes de cada partido, al sonar del himno, ensayara la temeraria y circense coreografía de la selección chilena, por citar un número. Así, quizás, lo sentirían más patriota y se tranquilizarían.
El hostigamiento se entendería al menos desde el mal gusto de la arrogancia si fuera apuntado a una estrella con el cielo agrandado, del tipo de Cristiano Ronaldo. Pero no es el caso. El único flanco débil de un artista admirado, sencillo y sin ninguna cucharada de soberbia es que todavía no ha podido (tampoco mucho lo han ayudado) teñir de brillo los colores de su país.
También le han machacado valor, no tener carácter ni ponerse el equipo al hombro, como si ellos conocieran en carne propia y en las trascendentales obligaciones de sus vidas la presión de no fallarle a 40 millones de personas. Cuando agarra la pelota, Messi carga los defensores rivales y un revólver celeste y blanco apoyado en su cabeza que le exige ser Dios.
Hay motivos de todos los talles para explicar por qué no se luce en la Selección. Demasiados como para no ponerle punto final a un debate absurdo y persecutorio con sólo un grupo de beneficiarios: los colmillos del periodismo, los grandes instigadores de esta progresiva avanzada en su afán de rellenar y en su daño colateral de moldear opiniones. No hace falta que dé nombres. Dichosamente, cada vez nos conocemos más.
Hasta donde yo sé, el fútbol no es un deporte individual sino de equipo y los mejores futbolistas se potencian cuando se juntan con otros grandes intérpretes del juego o cuando están bien ensamblados dentro de funcionamiento colectivo aceitado. ¿Es posible encontrar alguna de las dos suertes fortalecedoras en la selección argentina? No. Sí en cambio en el Barcelona (con Messi como Troilo en su orquesta). Podemos tener al mejor, pero estamos muy lejos de ser los mejores. Mal que nos pese, muchachos, sólo ganamos dos de las 18 copas del mundo disputadas.
Messi representa a la Selección y la Selección representa al fútbol argentino. Ni más ni menos. Messi no es embajador de la Argentina ni ustedes sus fiscales. Aunque no me deja de avergonzar, de ningún modo asumo como propio ese rasgo de perversidad que le hace marca personal y le pega sin pelota. Si eso es ser argentino, díganme paraguayo.

YA


Ya nos habíamos quedado a oscuras
cuando nuestros ojos se volvieron a buscar

Ya la perseverancia había apagado la luz
Ya no quedaba más que una vela prendida
que pestañaba como un chico
que no quiere irse a dormir
pero que
tarde o temprano
caerá rendido

Por cortesía a nuestro semillero de sonrisas,
ya no saldrán de mi boca más que caricias con su nombre,
juro ya que no he vivido otra cosa

Sonámbulo de una pesadilla
ya me voy poniendo de pie para recordarle,
por última vez,
qué bien le sabe ese vestido

Ya le ofrezco mis brazos de despedida
para que la lleven al escondite final en mi pecho
Ya tiro las llaves al fondo del río

Ya es hora de renunciar al paraíso
Ya.

viernes, 1 de julio de 2011

GUERRA FRIA

Hasta la llave puesta había dejado de abrigo.
Ni bien arrancó la cuenta regresiva
pensó en pasar cinta adhesiva
en el borde de una ventana
que no cerraba bien.

Pero hubiera sido inútil:
de su piel brotaba un batallón de montañas enanas
que mostraban pelos afilados
como malas noticias.

El hielo de su cuerpo apagaba hasta una brasa.
Rocoso
uniforme
inviolable
minucioso.

Un té con miel fue apenas una caricia a sus labios,
mientras sus huesos pedían socorro,
su paciencia no aceptaba fianza
y el sonido que tenía turno estaba en sala de espera.

La cama tampoco ayudaba:
la almohada era de lata
y las sábanas se habían contagiado de la pared.

A veces se acercaba a una estufa,
aunque sus piernas,
más que agradecer calor y serenarse,
continuaban con su bailoteo espasmódico.
Incluso sospechó si no funcionaba el portero eléctrico.

Su columna vertebral ya era un barco de museo.
Solo escuchaba el tambor de su temblor.
Hasta que el timbre hizo su alarido
y lo bañó como ducha vieja.

Se colgó el tubo con la voz inflamada de un recién llegado de la guerra.
Y escuchó su nombre.

miércoles, 29 de junio de 2011

YIRA YIRA

No hay vida menos conmovedora que la de un millonario con la monotonía del triunfo asegurada y la vaca atada. Algo así era River hasta hace algunos años para un tercer ojo: un burgués afortunado, un acomodado de rutina de película aburrida. Acaso desde que empezó a aceptar sus defectos y a dejar de creerse más que el tipo al que le remataron la casa y se quedó en la calle, también vino a mostrarse más amigable. Por eso, aunque hoy lo muerda un dolor, el descenso lo va a engrandecer.
Se acabaron el derroche, la casa con pileta y el auto importado. Ahora habrá que vivir en departamento, levantarse temprano con el diario bajo el brazo y hacer cola para buscar trabajo. Y viajar en colectivo, claro. En el peor de los casos serán algunos años. La exótica vida de Ascenso le durará un suspiro. Su patrimonio, sus recursos, el despertar fraternal de sus hinchas y, fundamentalmente, la revolución de su debacle (mezcla de Mayo francés con Apocalipsis) son pruebas contundentes para aseverarlo.
En un tiempo no muy lejano volverá a ser poderoso y de buen pasar, pero ya no será el mismo. Un bautismo de sábados por la tarde le enroscará la cabeza y le desatornillará el corazón. Volverá a su residencia de lujo honradamente más imperfecto. Más humano y hasta más querible. Y la primera copa que levante cuando salga de festejos tendrá más razones de brindis que nunca en sus 110 años.
A la vista de los dos sobrevivientes del círculo selecto de los invictos (Boca e Independiente), su desgracia será una deshonra de clase. El hincha de River deberá resignarse sin despecho a ese orgullo de no haber besado nunca la lona, de no haber sentido ese trueno en el pecho que han dado en llamar descenso. Si su mirada recae sobre su propio destino, la experiencia será de aprendizaje y nutritiva.
Cuando vuelva al séquito de privilegio, al principio le sonará hiriente que el vecino de siempre, que lo notará cambiado y se perturbará con su semblante más romántico y menos frívolo, le recuerde su paso por esos suburbios que conoce sólo por fotos. Pero al fin y al cabo su orgullo apelará a la única arma permitida en las canchas del fútbol (la pasión) y tendrá cicatrices de sobra como para defender su honor. Y ahí habrá que ver quién gana la pulseada.

viernes, 17 de junio de 2011

LLAMADO A LA SOLIDARIDAD

Me quedan dos consuelos: mi respiración y vos.
Solo pretendo que me mojes,
que me digas en la cara todo lo que tenés para decir.
Que lluevas,
que no sólo duela.

¿Hace falta tanto color, tanto sol?
Un poco de respeto, lluvia.
Un poco de piedad.
Invitá amablemente a sus casas a esos monstruos que se pasean con sus sonrisas de la mano por el asfalto que debieras regar.

Robate la escena.
Cantá.
Bailá.

Si es necesario, vení con ese trueno descapotable y fanfarrón en el que viajás a veces.
Vení con quien quieras, pero vení.
Golpeá un poco la ventana,
despabilate.
Date una vuelta por este barrio.
Quiero escuchar qué música preparaste para este día que tiene como único luto una botella de plástico naufragando sobre el suelo.

Un electrocardiograma no me sirve, 
me va a decir cualquier cosa,
no te hagas la desentendida.

Dale, lluviecita, no me digas a mí caprichoso.
¿Vos acaso no lo sos?
Las plantas también se van a regocijar de tu llegada,
así fuera sólo para una visita de médico.

¿Serás tan generosa de entender que sólo espero que completes la tarea,
que sueltes las ramas flojas y remuevas sin ahorros
para que,
si el asunto se pone muy feo,
después pase la grúa,
se lleve los árboles caídos
y en cuestión de semanas,
meses,
años,
a los sumo siglos,
aquí no haya pasado nada?

jueves, 9 de junio de 2011

LA GOTA

Aunque parezca lo contrario, nunca había estado tan convencido de que eso que sentía podía llamarse amor. Fernando era un tipo enamorado, inobjetablemente. Y tenía sus motivos: Paula era una belleza irreprochable, de gestos suaves, pensamientos abrazadores y una paciencia magistral. Sus piernas fueron la delicia del Liceo 2 durante cinco años y si bien Fernando no era ajeno a los torbellinos que generaba, su temporada de pubertad hacía base en el campo del fútbol. No es que no se daba espacio para sus emociones sexuales, tuvo un par de pinchaduras en el corazón y alguna que otra chica en carpeta, pero su lugar para el amor estaba reservado exclusivamente a nombre de Tigre. Sus aventuras más extremas de ánimo tenían siempre como acompañante a su club de fútbol, y a sus amigos de cancha, en el más numeroso de los ejemplos.
Empezaron a salir años después de su egreso. En el Secundario miraban para distintos lados. Paula soñaba con ser actriz, llegar a Hollywood y protagonizar una película con Al Pacino. Se había anotado en dos escuelas de teatro, pero por una u otra razón siempre abandonaba. Su futuro, tiempo después, la ubicó como administradora de una escuela de maquillaje y de algún modo la reivindicó con su adolescencia. En ese entonces, apenas se dedicaba a aprobar materias y a crecer.
Todavía hoy Fernando intenta acordarse del momento en que se decidió a pedirle casamiento. De lo que estaba seguro era que Paula le gustaba mucho más que Ana, su único antecedente de noviazgo. "Esto es el amor", se decía. Se rendía por su boca de caramelo (como la llamaba) y se entendían como grandes hermanos; aunque, en el plano más trascendental, lo que lo había conquistado de ella era su iluminado talento para no molestarlo con sus partidos de fútbol. En rondas de amigos, sacaba pecho de que no le recriminara ni hasta un San Telmo-Armenio (y eso que no le gustaba el fútbol). Ambas indiferencias a Fernando le cerraban como campera de flaco, prefería que fuera así a que coincidiera con su fanatismo. “Para compartir, hay un montón de otras cosas”, razonaba. Sin exactitud, creyó que después de tan buenas vacaciones por el Sur, podía ponerle llave a la tranquera y firmar contrato eterno con esa mujer.
-Parece que fue ayer que te fui a hablar en el bar -le recordó Fernando mientras se cambiaba para ir a trabajar, como queriendo reeditar un idilio. Se ajustó la corbata frente al espejo y reforzó la escena. Le gustaba arrancar el día con charla. Después, en el subte había que quedarse mudo y aguantar el aliento rodeado de aprietos y caras con lagañas.
-¿Tu hermana va a venir al final? -continuó.
-¿A dónde?
-¿Al casamiento? -preguntó al borde de la ironía.
-Ah… No sé, dijo que lo iba a decidir a último momento.
-Te juego a que no viene.
-¡Ey, qué mala onda! -retrucó Paula, todavía en la cama y con más sueños por venir.
Fernando se juramentó conservar el buen humor y pasó de tema, como si se tratara de un álbum de fotos viejas. Entre comentarios sobre el salón de fiestas que habían reservado, chequeó pelo y rostro en el espejo y eligió no afeitarse luego de acariciarse la barba mientras orinaba. Le dio dos mordiscos a una medialuna de manteca sobreviviente del domingo, bebió jugo de manzana y llevó su rutina a la calle.
En el trabajo tuvo una jornada tranquila, sin sobresaltos a excepción de una reunión que lo había aburrido por completo e ignoró como si se tratara de un programa de moda. Era 23 de septiembre -lo recuerda bien- y después de enseñar electrodomésticos a cuantas personas se lo demandaran, volvió a su casa con un ramo de flores.
La recepción de Paula a su llegada y a esa enjazmineada caricia que le quiso regalar como para descorchar la semana previa al casamiento, le pareció a Fernando sólo comparable con aquel recibimiento en el debut en la Copa Sudamericana contra San Lorenzo. Emocionado, regocijado de su suerte, se abrazó a su mujer. La deseó íntegra. La tuvo frente a frente, ojos a ojos, a primerísimo primer plano, con su respiración sonando como un ventilador, y la observó detenidamente buscando la extrañación de una obra de arte. Empezó por sus orejas -las saludó con simpatía-, se reconoció entre sus pestañas, aplaudió su boca y, después de una serenata a su nariz, recaló en sus ojos. Y se quedó ahí, quieto, paralizado… Al abrir la puerta de entrada de sus pupilas, sintió encontrar otros muebles, otras paredes, otras luces. Quitó intempestivamente sus manos de la cintura de Paula, se echó hacia atrás dos pasos y volvió a descubrir, aún a la distancia, las banderas que dibujaban sus ojos. Se dio vuelta, ya horrorizado, y corrió hacia al baño. Se encerró.
Mientras del otro lado de la puerta escuchaba a Paula preguntarle si le pasaba algo, si se sentía bien, trató de sospechar el padecimiento de un trastorno extraño en su vista, de creer que eso que había visto bien, de cerca y de lejos, e incluso -ahora que se daba cuenta- otras tantas anteriores veces, no era en realidad los colores de los ojos de su mujer. Pero no hubo caso: eran marrones, no negros como su inocencia le había mentido tan descaradamente durante años y años. Imaginó compartir con esos ojos toda la vida y le dio un calambre en el estómago. Cavando más, imaginó a un discípulo de su sangre heredando esa mirada con las insignias de Platense y tuvo que sujetarse de la pared y sentarse en cámara lenta para no desplomarse sobre el inodoro.
-Uff -suspiró al tiempo que se quitaba del dedo anular su alianza de compromiso y una gota de sudor le barnizaba la sien.

miércoles, 25 de mayo de 2011

BARCELONA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS

Por qué será que nos gusta tanto el Barcelona… Podría ser el slogan de una publicidad de dulce de leche, pero también de un equipo de fútbol de España. No creo ser el único que ha gritado goles del Barça incluso llegando a poner celoso al escudo con el que juramos amor eterno. “No es un equipo de fútbol: son extraterrestres”, me suena a justificación válida en los momentos de apuro.
En ese tipo de explicaciones encontré bastante del nudo que une a muchos futboleros de toda la tierra con Cataluña. La Pulga (Atómica) Messi encabeza un elenco digno de una serie fantástica. Hay clichés por todos lados: la pandilla apadrinada por el tipo sensible, protector e inteligente (Guardiola); una liga de muchachos con capacidades especiales destinada a salvar algo redondo; los sabios (Iniesta, Xavi); los guerreros (Puyol, Mascherano); los románticos (Piqué); los efectivos personajes que renuevan la trama (Villa, Afellay), o bien aquello de que “el bien siempre triunfa”.
Cristiano Ronaldo, el jodido y altanero rival, y José Mourinho, el maquiavélico e inteligentísimo villano, también forman parte de la historia, que rompe récord de simpatía de Ushuaia a La Quiaca, por razones artísticas y, principalmente, de suelo (Messi, el gran superhéroe, es argentino).
¿Y por qué más? Quizás porque su mística revolucionaria ya figura entre los grandes sucesos deportivos de los libros de historia, a pesar de y gracias a la globalización. Los goles del Barcelona son de manual. “Jugar y brillar”, debería llamarse el capítulo. No resulta extraño, entonces, que los infantes y adolescentes (en otras palabras, los que están aprendiendo a saber) sean de los más cautivados por la Barcelonamanía.
En 1883, justo 45 años antes de que Angelo Messi, abuelo de Leo, se embarcara desde Italia a Argentina para sembrar su esperanza y, sin saberlo, una leyenda, el ruso Vladimir Propp publicó su teoría sobre los cuentos maravillosos. Según él, existen 31 funciones (la lucha, la transgresiones, la victoria, la tarea difícil, entre otras) presentes aleatoria y recurrentemente en los argumentos de las narraciones del género, acciones representadas por los personajes que se repiten en todas las estructuras. Me atrevo a imaginar que sólo la distancia del tiempo impidió que las aplicara también a este Barcelona, siempre con una sorpresa por descubrir, como un libro de aventuras.

PATEAR LA PELOTA

Manuel Neuer, arquero alemán, lanzó una de esas invitaciones aventureras con valientes intenciones pero la tranquilidad de saberse al margen de riesgos: “Los futbolistas que son homosexuales deberían contarlo. Eso los aliviaría”. Su inquietud, además de poner sobre la mesa la materia más tabú del fútbol, tiene una historia escrita en su país y remontada al reciente Mundial de Sudáfrica: Michael Becker, representante de Michael Ballack, se ofuscó porque a su jugador estrella le habían quitado la capitanía de Alemania y estalló a modo de denuncia: “La Selección está controlada por una pandilla de gays”.
Bien lo sabrá Manuel: la homosexualidad en el mundo del fútbol está atada con candado oxidado en los armarios de los vestuarios, bien teñida pero con florecimiento de canas. Razones no les faltan a los amores con canilleras para mantener la persiana baja en pleno verano. ¿Acaso a alguien se le venga a la mente otro ambiente donde la palabra “puto” sea tan pretendida como puñal de humillación?
Con una ilusión más cercana a estos tiempos, allá por 1990, Justin Fashanu, jugador nigeriano con trayectoria por equipos ingleses, se animó a saltar la electrificada reja y se coronó como el primer futbolista en revelar su homosexualidad. Al escándalo en que derivó su verdad debió agregarle, años más tarde, una denuncia por abuso sexual a un joven de 17 años. Por falta de pruebas la causa fue archivada, pero él ya había echado a su suerte. “Me he dado cuenta de que ya he sido condenado como culpable”, escribió en su nota de suicidio, antes de ahorcarse en un garage.
”Un homosexual no puede ser futbolista”, sintetizó Luciano Moggi, ex director general de la Juventus, quien en una vista panorámica, y tan simplificadora como su regla, sirve como baqueano de esta historia. Pero no es el único que piensa igual. El técnico uruguayo Jorge Fossati postuló en una entrevista que “un jugador homosexual no debe estar en un plantel profesional”. La justificación, en su caso, fue menos matemática: “Sería un transgresor entre hombres”. El propio Daniel Passarella, en sus épocas de entrenador, también hizo una pariente observación al cerrarle la puerta de sus equipos a todo aquel que no fuera hétero.
Si de transgresiones se trata, el licenciado es el arquero inglés David James, quien reconoce que sus placeres por el yoga, la lectura y la pintura fueron interpretados como conductas homosexuales por sus compañeros de vestuario. “Si una de cada diez personas es homosexual, ¿dónde están los gays en el fútbol?", se pregunta.
El crack holandés Ruud Gullit tuvo que trepar el estrellato para animarse a plantar su bandera. Otros, como Yoann Lemaire, no contaron con honores suficientes donde pisar. Este defensor francés vistió durante 14 años la camiseta del modesto FC Chooz, hasta que se le ocurrió confesarles a sus compañeros que era gay. Recibió de respuesta insultos y la expulsión del club.
“Cuando el infierno son los otros, el paraíso no es uno mismo”, anotó Mario Benedetti, tras el remate de Jean Paul Sartre. ¿O no son los propios protagonistas del fútbol el tormentoso obstáculo para los encerrados en el placard? El vestuario desnuda a todos pero también le da bata a unos cuantos. Es el campo de juego de este tabú y, como las cofradías más herméticas, tiene sus propias reglas de convivencia. Así las cosas, la pelota quema como un mal de amores… Pareciera que, más que patriadas individuales, se trata de una revolución que reclama mucho juego en equipo. Y muchos huevos.

LAS MINAS NO SON TODAS IGUALES

Huele feo debajo de esta alfombra mediática pintada de hazañas, historias increíbles y heroísmo. Todavía nadie me mostró detenidamente la habitación desordenada de la casa o el sótano donde se guardan las macanas que posibilitaron -vaya paradoja- el milagroso rescate de los 33 mineros del yacimiento San José.
El vidrio todavía no está dentro de mi desbalanceada dieta: este desenlace, además de una gran producción, tiene matices épicos, dignos de cualquier final de película de Hollywood. Desde el minero que le propuso casamiento siete cuadras bajo tierra a su mujer hasta el que salió del pozo sin saber qué novia lo estaba esperando. Todo es parte de la trama del reality show con más audiencia del planeta, con sus hipérboles, su musiquita sensiblera, sus pochoclos. Pase por aquí, emociónese. ¿Pero qué hay si agarramos el camino más empedrado?
La señal de TV Chile (canal estatal) retransmitida en todas las emisoras argentinas brinda largos primeros planos de la sonrisa estilo Rodríguez Saá del presidente Sebastián Piñera mientras recibe y abraza a cada uno de los sobrevivientes, así como también al saludo y las felicitaciones de todos sus pares. Sin embargo, en el mejor de los casos quedan migajas debajo de la mesa para el trasfondo de la desgracia. Lógico: además de políticamente más rentable, la mejor película para estrenar en todas las salas del mundo es la de los abrazos entre mares de llantos y el final feliz.
Ninguno de los 33 mineros se internó 700 metros bajo tierra en el desierto para someterse a un tratamiento facial, hacer su nombre famoso, ser convocado al Bailando por un sueño o poner a prueba sus resistencias física y psicológica. La mina se vino abajo por su sobreexplotación y el debilitamiento de sus muros, además de otras fallas de mantenimiento severas de la empresa San Esteban. Y más aún: del 2004 hasta acá ya se había cargado siete muertes y otro tantos accidentes.
Parece clara la ausencia de una política pública de control al respecto: sólo en el 2009 se registraron 191.685 accidentes laborales en todo Chile y 443 muertos como consecuencia. En este trimestre del 2010 la apuesta pintaba para redoblarse: ya se contaron 155 víctimas fatales.
La ratificación del Convenio 176 de la Organización Internacional del Trabajo sobre seguridad y salud en las minas es un tema que todavía, en sus siete meses de gobierno, no figura en la agenda del presidente trasandino Piñera. Sí, en cambio, la creación de la Comisión para la Seguridad en el Trabajo, para analizar las normas de higiene y seguridad laboral, la Superintendencia de Minería y la revisión del Reglamento de Seguridad Minera, aunque con un detalle no menor: la protección sindical no tiene injerencia en ninguna de las comisiones. ¿Cuál es el riesgo de que no haya frazada sindical? El derecho a huelga o a cualquier tipo de protesta por mejora de las condiciones de trabajo equivale a un telegrama de despido.
Hay que atender a la hábil estrategia marketinera y televisiva, además de a su reacción operativa implacable, para encontrar respuesta a por qué una tragedia terminó convirtiendo en héroe a uno de sus responsables (directo o indirecto). Es el caso del ministro de Minería, Lawrence Golborne, un gerente empresarial devenido en especialista en la materia por obra y ocurrencia de su amigo Piñera. Según las encuestas, en julio sólo lo conocía el 16% de la población chilena. Después del derrumbe, y tras poner su carismática y risueña cara una y otra vez ante los medios y los familiares de las víctimas, hoy lo reconoce el 87% y sólo el 11% señala su responsabilidad en el derrumbe.
Pero el propio Piñera también quedó acostado con respaldo y panza para arriba en medio de la tormenta: en abril, con apenas un par de semanas de gobierno, sólo el 50% aprobaba su gestión. Las últimas encuestas ya lo ubican con el 57% de imagen positiva. Algo habrá hecho este buen hombre...

¿Será tan mimoso el Estado chileno dentro de varias décadas con los 33 protagonistas de su más exitoso reality? Qué importa eso ahora. Ya habrá tiempo para pilotear esas naves espaciales. Hoy el minuto a minuto pide emoción, lágrimas (mucha lágrima), epopeyas infrahumanas, casualidades milagrosas, miles y miles de periodistas, luz, cámara, acción… No, todavía la pausa no. Estirémoslo un poquito más. Mirá lo bien que andan los números…

ARDIENTE PACIENCIA

"Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades"
Arthur Rimbaud

Ella, tan corta y elegante como salida de un encendedor, empezó a revolotear por mi estómago. Convencida de haber llegado donde quería, entró. Se dijo "esto va para largo, así que más vale estar bien cómoda". Entonces eligió el mejor asiento y estiró las patas a más no poder. Así, sin vanidosas presentaciones, la llama mundialista hizo nido en mi cuerpo.

No hay como ese fuego inflamadito de expectativas que trepa en la previa de cada Mundial. Quema incluso más que los rayos de la pelotita rodando, cuando el nerviosismo y las cegueras pasionales tapan el sol con una mano.
Esa ardiente paciencia se nutre de listas de convocados, especulaciones y pronósticos siempre errados, bajas inesperadas, publicidades alusivas y abusivas, programas para desempacar ansiedades y esa comunión patriótica de la que no logro mantenerme ajeno. La suma confluye en un camino floreado que cada cuatro años remarca sus huellas.
Qué componente mágico tienen esas esperas exquisitas de la vida. Las horas previas a un viaje, ese ritual de prepararse un bolso y sembrar olvidos. La última inspección al espejo antes de una salida amorosa, ese trayecto donde hasta el boleto del colectivo tiene rico olor. La partida a la cancha, ese sol dorado de los sábados y domingos, ese llegar "un ratito antes" y reconocer las banderas, esos papelitos apilados en una mano.
El que espera desespera, dice un refrán que se la da de sabio. Pero a mí no me jodan: qué lindo es esperar a veces. Cuando se trata no de esa esperanza "que come panes desesperados" que elegiría Juan Gelman, sino de otra que tiene como plato de entrada el seguir teniendo hambre y el llenarse la panza con los aromas de la cocina, sin apuros.
No hay situación donde el deseo tenga su teatro tan lleno. Esa idealización le aplica el derecho de admisión al fracaso y a las desilusiones, por eso no tiene grietas y en muchos casos provoca más incendios que los propios momentos soñados.
A no confundirla con la acidez, la ardiente paciencia es otra cosa. Menos arisca y más dulce. Peor consejera pero mejor compañera. No le pongas la traba, sé buen anfitrión e invitala con una copa de vino. Me han dicho que hasta juega al truco como los dioses…

LA PASION SEGUN LA MUERTE

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París –y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

César Vallejo

A 727 kilómetros y unos pocos días de distancia entre sí, a dos jóvenes los cargó la guadaña de un saque. A uno, a los 28 años, en Rosario. Al otro, a los 17, en Mar del Plata. A uno, después hacer el amor con la modelo Liz Solari y desplomarse en sus brazos por un paro cardiorrespiratorio. Al otro, después de caminar por la calle y desplomarse ante el impacto de una ventana que le llovió desde un edificio sin siquiera un chiflido de aviso. Está a la vista: la suerte no es socialista tampoco cuando se trata de morir.
Es hora de aceptar que en poquísimas excepciones la vida tiene gusto a rico en su último bocado. Pero a su vez, y mucho más aún, es justo reconocer que el término “morir” no resiste una traducción de diccionario.
Posiblemente, de haber podido elegir entre todas las formas, Leonardo Jesús Verhagen habría elegido morir como murió: desparramado de placer, embadurnado de los olores de su mujer (debo decirlo: nada menos que Liz Solari), y felizmente rendido en sus sudorosos brazos, pañuelos de su desesperación y cómplices de su última ofrenda de amor.
Está claro que no debe ser lindo morirse. Pero si la muerte y la pasión se dan la mano en el silbatazo final, cómo no firmar el empate. A los que estamos de este lado de la línea de cal todavía nos queda la ilusión de bajar el telón ahogados en felicidad, de que los placeres sean copilotos y hoja de ruta en el barco que, tarde o temprano, tendremos que zarpar.
¿Quién no sueña con morir de un bobazo gritando un gol de su equipo, abrazado a los amigos y desconocidos de cada jornada? ¿Acaso existe una despedida más digna para un futbolero?
Hay quienes dicen que la del ex presidente de Boca Pedro Pompilio no fue más digna pero sí más excitante. A muchos les hizo acordar a la de Félix Faure, quien en 1899, ejerciendo su rol de presidente de Francia, murió al sufrir un accidente cerebro-vascular mientras una hermosa mujer lo deleitaba con sexo oral en su oficina. No por nada los franceses llaman al orgasmo “la petite mort”.
Una de las muertes más gloriosas que conozca la historia debe ser la del jockey Frank Hayes. En 1923, este buen hombre sufrió un ataque al corazón en plena carrera, pero su caballo, "Sweet Kiss", nunca detuvo su marcha y llegó primero. Fue campeón aún muerto. Magnífico.
Los amantes del buen comer tienen su exponente en el rey Adolfo Federico de Suecia. Irremediablemente glotón, murió a los 61 años de una panzada: langosta, caviar, chucrut, sopa de repollo, ciervo ahumado, champagne y catorce porciones de postre. Le hizo jaque mate a su hígado y se fue rodando a quién sabe dónde.
Sin embargo, como la de Charlie Parker no hay. El mítico saxofonista cumplió la promesa y el juramento de tantos: se murió de risa. A los 35 años, mientras miraba televisión, se tentó con un chiste y no paró hasta el cajón. Claro que para eso contó con el patrocinio de sus adicciones a la heroína, el alcohol, la comida y el sexo.
“Hay que morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo. La muerte, elegida libremente, realizada a tiempo, con lucidez y alegría, rodeado de hijos y de testigos, de forma que todavía sea posible un auténtico adiós, al que asista verdaderamente quien se despide y haga una tasación real de lo deseado y de lo conseguido a lo largo de toda su vida; la muerte, así, se opone totalmente a la horrible y lamentable comedia que el cristianismo ha dado de ella”.
La sugerencia de Nietzsche es tan audaz como polémica. Propone el suicidio como bar para que la muerte y la pasión se sienten a tomar un café para saldar sus viejas diferencias y planear una estafa a la casualidad. Algo de eso hicieron Edward y Joan, dos británicos que le cantaron a la huesuda falta envido con 23, y le ganaron de mano.
Después de 54 años de casados, a Joan le diagnosticaron un cáncer furibundo. A medida que se fue consumiendo el pucho de su vida, su marido se fue deteriorando al mismo ritmo: quedó ciego, sordo y desprovisto de todo tipo de voluntades. Cuando sólo quedaba esperar a quién le tocarían el hombro primero, Edward le propuso a su mujer un viaje a Suiza. Se internaron en una clínica y pagaron 45 mil pesos para que los ayudaran a suicidarse (allá la eutanasia no es legal pero el suicidio asistido sí). Sus corazones dejaron de latir en el mismo segundo, en un maridaje agridulce de pasión y muerte.

LA OTRA FIESTA DEL MONSTRUO

En noviembre de 1947, Borges y Bioy Casares deletrearon una burda radiografía del Peronismo, en un cuento titulado La fiesta del monstruo. Desnudados por sus miserias conservadoras, orquestaron a dúo, pero en boca del seudónimo Bustos Domecq, una patética versión aggiornada de El Matadero de Esteban Echeverría.
El argumento no presenta la lucidez a la que acostumbraban: en una movilización a la Plaza para escuchar un discurso de Perón (el monstruo) un militante del Sur termina asesinando junto a otros “compañeros” a un judío. Su lectura, cualquiera sean los colores, deja la sensación de que, como en el fútbol, en la literatura ningún partido se gana antes de jugarse.
Jamás sospeché que aquel retrato estéticamente incorrecto y políticamente desprolijo tuviera su remake en el Siglo XXI. No con Perón, sino con otro ícono argentino tan amado u odiado por igual: Maradona. La historia nos debía una analogía entre Juan Domingo y Diego Armando, y la reciente conferencia de prensa en el Centenario vino a bandejearla.
La desafortunada descarga del ex 10 y actual DT, resumida en la frase "que me la chupen", fue la que necesitaron algunos de los medios de prensa tristemente dominantes para escribir esta nueva versión del cuento, adaptada a la parafernalia mediática actual. Encolumnados en sus macabras susceptibilidades, periodistas de cualquier árbol -hasta de aquellos que nunca ofrecieron un fruto que no estuviera podrido- sacaron a relucir una de las zonceras más grandes de esta profesión: colgar la bandera de la victimización para alentar la crucifixión.
El monstruo los ofendió y ellos –nosotros-, lo empezamos a caricaturizar exacerbando sus facciones menos elegantes. No sólo machucándolo en el rol en el que, hasta el momento, nunca pudo dar dos pases seguidos, sino, además, como hiciera la dupla B y B, redactando la historia en primera persona, intentando darle la voz a la barbarie, reproduciendo una tras otra sus horrendas expresiones.
Es ahora cuando nos acordamos de que Diego dijo que "Pelé debutó con un pibe", o comparó la "vueltita" que le hizo dar Nicolás Repetto a Claudia Villafañe con "tocarle la concha a Florencia Raggi", su mujer. Aquello que ayer formaba parte del glosario maradoniano tan propio de los argentinos ("¡qué vivos que somos!", "¡es el Diego de la gente!"), hoy forma parte de la Real Academia de la Barbarie.
Hubo excepciones que salvaron la ropa, por suerte, pero el revanchismo con el que empezó a escribir su venganza una parte del periodismo fue todavía más grosero que las –indudablemente- desbocadas frases del técnico de la Selección. Y lo peor es que, a diferencia de aquella, esta obra promete llenar renglones hasta que el tren llegue a Sudáfrica.
Si Maradona fue insolente, algunos de sus detractores fueron poco caballeros, traicioneros, de esos jugadores que justifican la plancha con el "huevo".
Me sobran ganas de criticar a esta Selección y al monstruo. Pero cuando le tirás un caño a un rival y éste se calienta y te pega una patada de atrás, no es de noble levantarte e ir a pechearlo. Y menos que menos, haciendo alarde de que estás jugando el clásico inaugurado por Sarmiento y defendés la camiseta la Civilización.
No creas que vengo de la misa de la Iglesia Maradoniana. Pero lógicamente es difícil tomarse un colectivo y que el chancho te pida boleto después de haber viajado durante tantos años en un Rolls Royce para el que no funcionaban los semáforos y todos los autos cedían su paso. El dolor de ya no ser omnipotente debe ser duro de aceptar dócilmente, sin dar batalla, sin vender cara la derrota.
En La fiesta del monstruo de Borges y Bioy un peronista terminaba asesinando a un judío, para significar, en una posible lectura, que Perón mataba al país. En La fiesta del monstruo de los medios, Maradona destruye a una selección de fútbol y a los periodistas y, de esta manera, dicho por muchos, daña al país. "Maradona es la imagen argentina en el mundo y el mundo está horrorizado con sus dichos", se repitió a la marchanta.
Como El Matadero pretendió ilustrar la barbarie del régimen rosista y La fiesta del monstruo, la peronista, el revanchismo mediático de algunos es un documento de la barbarie maradoniana. O, en el reverso, de la barbarie periodística. El monstruo murió adentro de la cancha, basta de hacerle respiración boca a boca.